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El culto de sacrificio pagano


Índice de esta página:

Prólogo

Las raíces de la casta sacerdotal actual

Durante su cautiverio en Egipto el pueblo de Israel acogió muchas de las costumbres de aquel lugar, por ejemplo, las pomposas vestimentas de los sacerdotes

Los libros de Moisés fueron concebidos en su mayor parte unos 1000 años después de Moisés por sacerdotes que querían infiltrar en el Antiguo Testamento las ideas y deseos que convenían a sus fines

Los sacerdotes se pusieron conscientemente entre Dios y los hombres para dominar a estos con amenazas

«Y, ¿realmente dijo Dios eso a Moisés?» Relatos del Antiguo Testamento. Quien no cumpla las prescripciones «tendrá que morir»

Detalladas disposiciones sobre las vestiduras de los sacerdotes y actos rituales (unciones) en el Antiguo Testamento como modelos para la Iglesia de hoy.  ¿Qué dijo Jesús, el Cristo, sobre los escribas y fariseos? El profeta Jeremías anuncia la falsificación de las escrituras

Los sacrificios de animales en el Antiguo Testamento: «ofrendas de olor grato para el Señor». Jesús siempre intervino en favor de los animales

Sólo pocos lo saben: La silla de san Pedro determina que el Antiguo y el Nuevo Testamento «son ambos la verdadera palabra de Dios».  En los relatos del Antiguo Testamento impera un cruel Dios pagano

La extrema contradicción de las enseñanzas de la Iglesia con las verdaderas enseñanzas de Jesús. ¿Ha de resurgir el Antiguo Testamento utilizándose como pretexto a «Jesús» y a «Cristo»?

Prólogo

A continuación reproducimos el contenido de la segunda parte de esta serie que lleva por título: «Para personas con buena capacidad análítica – ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?»

La campaña de los medios de información que la silla de San Pedro en Roma desplegó a nivel mundial a comienzos del año 2005, es el motivo por el que los cristianos originarios nos reunimos para dialogar en una mesa redonda, realizando al mismo tiempo estos programas. En ellos queremos ocupamos de las siguientes preguntas: ¿Qué se esconde realmente detrás de la silla de san Pedro? ¿Cómo se ha presentado la silla de san Pedro en el pasado? ¿Cuáles son sus intenciones y qué hemos de esperar que todavía venga de ella?

Las raíces de la casta sacerdotal actual

A continuación vamos a ocuparnos nuevamente de las raíces de la casta sacerdotal actual de Roma con sus ritos y ceremonias, con su lujo, con sus espléndidas vestimentas y con su riqueza, llegando retrospectivamente hasta los tiempos del Antiguo Testamento. De nuevo planteamos la siguiente pregunta: ¿Existía una casta sacerdotal semejante ya en tiempos de Abrahán?

 Abrahám era originario de la ciudad de Ur en Caldea, actualmente Iraq. La gente de aquel entonces creía en muchos dioses. Había muchos sacerdotes y diferentes cultos. La familia en la que Abrahán nació y creció, como todas las demás familias en aquel tiempo vivía el politeísmo, el paganismo. Y el paganismo tenía sus correspondientes sacerdotes.

La época en la que vivió Abrahán –aproximadamente en la segunda mitad del segundo milenio antes de Cristo– era en Mesopotamia la época de los sumerios. Fue en Babilonia donde se desarrolló el mundo de los dioses de los sumerios. Había un dios del sol, existían diferentes dioses de la ciudad, había una diosa del amor llamada Ishtar, y había una casta sacerdotal jerárquicamente organizada que se tenía por intermediaria entre Dios y los seres humanos.

La casta sacerdotal también tenía en sus manos el poder estatal. El rey era al mismo tiempo rey de los sacerdotes y tenía que aplacar y apaciguar a su dios, o a los dioses, para establecer una comunicación entre los seres humanos y sus divinidades.

Según las ideas de ese tiempo, aquel «dios» exigía sacrificios como algo natural, sacrificios de animales y también sacrificios humanos. En el caso de los sacrificios humanos no era extraño que el primogénito de una familia fuera sacrificado a la divinidad para satisfacer al dios en el que creían las personas de aquel entonces.

 Isaac era el primogénito de Abrahán y Abrahán lo amaba por encima de todo. Tener un hijo constituía para él una sensación de alegría muy íntima y por ello lo declaró su heredero dándole preferencia ante todos sus otros hijos. Y Dios le dijo a Abrahán: «Sacrifícame a tu primogénito, a tu hijo Isaac». Con ello Dios se refería a la atadura que Abrahán tenía con su hijo y no a sacrificar al hijo mismo.

Abrahán luchó con Dios por lo que le pedía: «Sacrifícame a tu hijo, Isaac, a tu hijo predilecto». Pero él tenía tan inculcada la palabra «sacrificio», que se dijo: «sacrificios humanos, sacrificios de animales – es algo totalmente normal tener que sacrificar un hijo a Dios», y con ello estaba pensando en un dios del paganismo, del politeísmo, ya que había crecido en esa creencia. Para Abrahán estaba claro que entonces tenía que ofrecer un sacrificio humano, esto es, a su amado hijo.

Se trató así de una interpretación errónea por parte de Abrahán. Dios quería que Abrahán –como diríamos hoy en día– no endiosara  a su hijo, o sea, que no amara a su hijo más que a Dios, sino que pusiera a Dios en primer lugar. Pero Abrahán pensó que este «sacrificio» significaba tener que matar a su hijo. Por tanto, no es que Dios hubiera querido tentar a Abrahán, puesto que como sabemos intervino el ángel, sino que Abrahán estaba aún muy marcado por la fe y las creencias del entorno del que procedía y por ello actuó así.

Que el ángel se interpusiera deteniendo a Abrahán diciéndole: «¡No sacrifiques a tu hijo, Dios no lo quiere!», era un símbolo. Dios no quería otra cosa que Abrahán tomase a su hijo de la mano y ambos se dirigieran a Él, al único Dios del amor, quería que Abrahán no prefiriera a Isaac sino en todo momento a Dios, lo que Abrahán en un primer momento había malentendido; él sólo quiso mostrar obediencia y matar a Isaac para realizar así el «sacrificio». Se sabe que en su lugar Abrahán sacrificó finalmente a un cordero. Pero lo que sí es seguro es que todos los profetas que fueron enviados por Dios también estuvieron en contra de estos sacrificios.

En la situación descrita se infiltró de todos modos la antigua forma de pensar pagana: «Ya que no presento a mi hijo como un sacrificio, por lo menos presento a un animal». En esto se puede constatar que en el ser humano, en el modo de ser de la persona, tuvo lugar una lucha, en este caso en Abrahán, y que el Espíritu de Dios, el Dios único, fue ganando terreno muy poco a poco contra los antiguos cultos de los sacerdotes. Para ello fue necesario el paso de varios siglos en los que aparecieron los verdaderos profetas y lucharon contra los cultos paganos de los sacerdotes en favor del verdadero sacrificio, que no consiste en sacrificar animales o personas, sino en la entrega a Dios.

 En el politeísmo existía también el miedo a los dioses, de que éstos irrumpieran súbitamente ante las personas quitándoles los animales, las tierras, o para matarlas, torturarlas o para hacer cosas por el estilo. Pues en el Antiguo Testamento una y otra vez se habla de que es preciso apaciguar a Dios. Por tanto, con el sacrificio del cordero Abrahán intentó apaciguar a Dios, esperando: «Dios, no te enojes conmigo si no te sacrifico a mi hijo. Por favor, no me hagas nada, y sobre todo, no le hagas nada a Isaac, por eso te ofrezco el cordero, para apaciguarte». A pesar de que Abrahán sabía ya de Dios, del Uno universal, en realidad con ello estaba pensando en el cruel  dios del paganismo, ya que este modo de pensar todavía tenía efecto en él.

 

Durante su cautiverio en Egipto el pueblo de Israel acogió muchas de las costumbres de aquel lugar, por ejemplo, las pomposas vestimentas de los sacerdotes

La idea pagana que fue cultivada por la casta sacerdotal de que Dios es un Dios cruel, se vuelve a encontrar también en los otros libros de Moisés, por ejemplo, si pensamos en los informes sobre le época en la que Moisés condujo a su pueblo sacándolo de Egipto. Moisés, el gran profeta, recibió de Dios los Mandamientos en el monte Sinaí, y cuando descendió del Sinaí, los israelitas habían construido un altar de sacrificio con un becerro de oro, al que de nuevo le estaban haciendo ofrendas de sacrificios. Aquí de nuevo ejercía su influencia el sacerdocio pagano, puesto que los israelitas venían de regreso de Egipto, y también en Egipto existía la casta sacerdotal pagana con sus sacrificios. Allí conocieron los israelitas todo aquello, acogiendo como algo propio muchas cosas del pueblo egipcio. Es decir, que aún no tenían confianza en el Dios misericordioso y bondadoso.

 La influencia que tenían las religiones sacerdotales paganas en los tiempos de Moisés sobre el pueblo de Israel es comprensible, puesto que el pueblo judío había estado en cautiverio en Egipto durante algunos cientos de años y había visto allí como iba vestida la casta sacerdotal, lo que ésta hacía y el poder que tenía. Evidentemente los israelitas adoptaron muchas de estas cosas, empezando por las vestimentas pomposas. De la historia se conocen las vestimentas lujosas del faraón y de su casta sacerdotal, por lo que es fácil de imaginar que los israelitas observaran todo esto y lo imitaran.

Los libros de Moisés fueron concebidos en su mayor parte unos 1000 años después de Moisés por sacerdotes que querían infiltrar en el Antiguo Testamento las ideas y deseos que convenían a sus fines

¿Quién llama a los libros de Moisés la «Fuente sacerdotal», y por qué lo hace?

En las universidades se enseña a los sacerdotes, a los teólogos, que los libros de Moisés fueron escritos en su mayor parte por sacerdotes. En los Libros de Moisés se trata de una compilación de diversos escritos, algunos de los cuales constituyen lo que los teólogos llaman la Fuente sacerdotal. Esta Fuente sacerdotal procede del siglo VI antes de Cristo y fue escrita por los sacerdotes israelitas que estaban en el exilio en Babilonia. Ellos proyectaron su fe sacerdotal y su culto situándolos prácticamente de forma retrospectiva en los tiempos de Moisés.

Se puede suponer facilmente que en estos textos haya también influencias de la antigua Babilonia, donde igualmente regía la fe politeísta y una clase sacerdotal con túnicas especiales y que llevaba a cabo sacrificios.

Los libros de Moisés no fueron por tanto recopilados en la época en la que vivió Moisés, sino que casi mil años más tarde. Hasta entonces existían textos aislados provenientes de la tradición: por ejemplo, las primeras anotaciones sobre Moisés datan de los tiempos del rey David y de Salomón. Los detalles sobre el culto sacerdotal se incluyeron más tarde, justamente en el siglo VI.

Así que en realidad los sacerdotes utilizaron a Moisés para infiltrar sus ideas, sus deseos y su posición en el llamado Antiguo Testamento. Al fin y al cabo se trata del Testamento de los sacerdotes, y no de Moisés.

Esto también lo ven así los teólogos de la Iglesia, aún cuando al respecto dicen naturalmente que en las antiguas escrituras lo sacerdotal no había sido tan importante y que sólo más tarde se reconoció su importancia.

Los sacerdotes se pusieron conscientemente entre Dios y los hombres para dominar a estos con amenazas

Una persona con buena capacidad analítica intentará averiguar por qué precisamente lo «sacerdotal» es tan importante. El sacerdocio es importante para los sacerdotes porque por medio de «lo sacerdotal» ellos se pueden situar entre Dios y lo hombres, pudiendo entonces decir a las personas: «Necesitáis a los sacerdotes para alcanzar la salvación. Necesitáis a los sacerdotes para apaciguar a Dios. Necesitáis a los sacerdotes para llevar a cabo todo aquello que está prescrito para que seáis buenos seguidores del culto». Y los sacerdotes se hacen pagar por todo ello.

Hoy en día es muy parecido. El sacerdote es importante porque se coloca entre Dios y los hombres. ¿Y cómo fue todo esto en el caso de Jesús? Jesús no habló en absoluto de sacerdotes, sino que enseñó: «El reino de Dios está en vuestro interior». (Lc 17, 21) En concordancia con esta enseñanza todo sacerdote, toda casta sacerdotal y cualquier institución sacerdotal son completamente innecesarios.

Renombrados teólogos católicos como Rupert Lay y Herbert Haag dicen que Jesús no instauró sacerdotes. (Rupert Lay, “Nachkirchliches Christentum – der lebende Jesus und die sterbende Kirche”, Düsseldorf 1995 {«El cristianismo posteclesial – el Jesús vivo y la Iglesia moribunda»}; Herbert Haag, “Worauf es ankommt –wollte Jesus eine Zwei-Stände-Kirche?”, Freiburg 1997 {«De lo que se trata - ¿quería Jesús una Iglesia de dos clases?”}. Él ni fundó una iglesia ni instauró sacerdotes. Pero si los profetas no querían sacertotes y Jesús, el Cristo, aún menos, ¿por qué el pueblo quiere entonces sacerdotes? Simplemente porque es más cómodo acudir a un sacerdote para confesarse y así él le absuelva de todos los pecados, que tener que acudir a su hermano para hacer las paces con él. El sacerdote le quita practicamente el trabajo que le corresponde a él, a la persona que se está confesando, y ésta, por así decirlo, se va al cielo gratis. Esto es una superstición que aún en la actualidad se sigue enseñando por parte de la Iglesia.

El pueblo necesita por lo visto a personalidades de alto rango. El ego tan humano quiere tener ante sí una imagen que represente a Dios. ¿Pero existía ya esta idea en el pueblo desde el principio o le fue más bien inculcada antes? ¿Y por quién? Naturalmente que por aquellos que sacan provecho de ello, es decir, la casta sacerdotal.

Cuando Jesús de Nazaret enseñó «Dios está en vuestro interior», fue éste en realidad un mensaje que conmovió mucho a la gente. ¿Cómo es que al pueblo se le ocurrió que necesitaba confesionarios, que tenía que pagar indulgencias y llevar a cabo sacrificios? Pues sólo porque existía una casta de sacerdotes que ejercía presión en este sentido, unido a amenazas de castigos espirituales: «Si no nos obedecéis, os iréis al infierno. Si no hacéis lo que ordenamos, no llegaréis a Dios». Aquí se repite lo que ya se encuentra en los escritos de la llamada Fuente sacerdotal, es decir, una cierta legislación que contiene normas muy concretas para el comportamiento de las personas y la amenaza de forma masiva en el caso de que no cumplan esa normativa.

Si los escritos de la Fuente sacerdotal fueron escritos unos mil años después de la época en la que vivió Moisés, uno se puede imaginar con facilidad –teniendo también en cuenta quién los escribió– que lo que se encuentra hoy en día en los libros tuvo y tiene muy poco que ver con la realidad. Por el contrario, se le desfiguró y se le dió el carácter que mil años más tarde se quería que tuviese.

«Y, ¿realmente dijo Dios eso a Moisés?» Relatos del Antiguo Testamento. Quien no cumpla las prescripciones «tendrá que morir»

Estos libros han de ser leídos por tanto con máxima cautela, teniendo siempre en cuenta que sobre el profeta Moisés escribe aquí la casta sacerdotal, el enemigo natural del profeta, como lo expresó una vez el teólogo Walter Nigg en su libro “Prophetische Denker, Löschet den Geist nicht aus” (Pensadores proféticos. No extingáis al Espíritu), pág. 124 y siguientes, en alemán. Preguntémonos siempre: ¿realmente dijo Dios eso a través de Moisés?, y nos daremos cuenta cuan poco probable es que Dios dijera a través de Moisés, por ejemplo, lo siguiente:

Leemos del Éxodo 28, 1-4: «Harás llegar delante de ti a Aarón con tu hermano, y a sus hijos consigo, de entre los hijos de Israel, para que sean mis sacerdotes; a Aarón y a Nadab, Abihú, Eleazar e Itamar, hijos de Aarón. Y harás vestiduras sagradas a Aarón tu hermano, para honra y hermosura. Y tú hablarás a todos los sabios de corazón, a quienes yo he llenado de espíritu de sabiduría, para que hagan las vestiduras de Aarón, para consagrarle, para que sea mi sacerdote. Las vestiduras que harán son estas: un pectoral, el efod, el manto, la túnica bordada, la mitra y el cinturón. Hagan pues las vestiduras sagradas para Aarón tu hermano, y para sus hijos, para que sean mis sacerdotes».

Continúa en el Éxodo 28, 6-14: «Tomarán oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido y harán el efod de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido, de obra primorosa. Tendrá dos hombreras que se junten a sus dos extremos, y así se juntará. Y su cinto de obra primorosa que estará sobre él, será de la misma obra, parte del mismo; de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido. Y tomarás dos piedras de ónice y grabarás en ellas los nombres de los hijos de Israel; seis de sus nombres en una piedra y los otros seis nombres en la otra piedra, conforme al nacimiento de ellos. De obra de grabador en piedra, como grabaduras de sello, harás grabar las dos piedras con los nombres de los hijos de Israel; les harás alrededor engastes de oro. Y pondrás las dos piedras sobre las hombreras del efod, para piedras memoriales a los hijos de Israel; y Aarón llevará los nombres de ellos delante de Jehová sobre sus dos hombros por memorial. Harás, pues, los engastes de oro, y dos cordones de oro fino, los cuales harás en forma de trenza; y fijarás los cordones de forma de trenza en los engastes».

 Nos saltamos algunos versículos y continuamos leyendo en el Éxodo 28, 31:

«Harás el manto del efod todo de azul; y en medio de él por arriba habrá una abertura, la cual tendrá un borde alrededor de obra tejida, como el cuello de un coselete, para que no se rompa. Y en sus orlas harás granadas de azul, púrpura y carmesí alrededor, y entre ellas campanillas de oro alrededor. Una campanilla de oro y una granada, otra campanilla de oro y granada, en toda la orla del manto alrededor. Y estará sobre Aarón cuando ministre; y se oirá su sonido cuando él entre en el santuario delante de Jehová y cuando salga; si no tendrá que morir».

 A una persona con buena capacidad analítica le surgirán serias dudas de si Dios dijo esto realmente. Uno no se puede imaginar que Dios haya tenido necesidad de esta lujosa adoración. Sobre todo, cuesta imaginarse que una persona tenga que morir sólo porque no se atiene a semejantes prescripciones.

«Si no tendrá que morir» se lee en los Libros de Moisés; o sea que tiene que ser matado. Y Dios, el Eterno, dijo claramente a través de Moisés en los Diez Mandamientos: «No matarás». Estas contradicciones se encuentran en muchos pasajes del Antiguo Testamento, en los que supuestamente Dios llama una y otra vez a matar a las personas que no cumplen determinadas disposiciones. Esto se encuentra a lo largo de todos los escritos de la Fuente sacerdotal. Sin embargo, lo que es seguro es que estas prescripciones no fueron establecidas por Dios.

Detalladas disposiciones sobre las vestiduras de los sacerdotes y actos rituales (unciones) en el Antiguo Testamento como modelos para la Iglesia de hoy. ¿Qué dijo Jesús, el Cristo, sobre los escribas y fariseos?

El profeta Jeremías anuncia la falsificación de las escrituras.

Las vestiduras de la casta sacerdotal actual son muy parecidas a las del Antiguo Testamento, proceden por tanto también del paganismo. En el Éxodo 28, 36-38 podemos leer:

«Harás además una lámina de oro fino, y grabarás en ello como grabadura de sello, “Santidad al Señor”. Y la pondrás con un cordón de azul, y estará sobre la mitra; por la parte delantera de la mitra estará. Y estará sobre la frente de Aarón y llevará Aarón las faltas cometidas en todas las cosas santas que los hijos de Israel hubiesen consagrado en todas sus santas ofrendas; y sobre su frente estará continuamente para que obtengan gracia delante del Señor».

 Muy interesante es también el uso de ungüentos que recuerdan a las unciones actuales. Sobre esto podemos leer, por ejemplo: «Del aceite para la unción vertió una parte sobre la cabeza de Aarón, y lo ungió, para consagrarlo» (Lv 8, 12). O bien: «Con el aceite hizo siete unciones hacia el altar, lo ungió a él a y todos sus instrumentos, para inaugurar la pila y su soporte» (Lv 8, 12).

Uno se acuerda con esto inmediatamente de los rituales actuales: cuando se consagra una iglesia, cuando es consagrado un obistpo, un sacerdote, un diácono. Siempre hay determinadas disposiciones de cómo tiene que hacerse todo. En el fondo es algo tan complejo y su sentido tan incomprensible como se describe en la cita.

¿Y qué dijo Jesús, el Cristo, sobre todo este culto? Él dijo a las personas aproximadamente lo siguiente: «Tú eres el templo del Espíritu Santo. Engalana tu alma con el adorno de la virtud, con pensamientos buenos, del agrado de Dios. Vive según los Diez Mandamientos de Dios y según las palabras de vida, que Yo, Jesús, traje a las personas, por ejemplo, en el Sermón de la Montaña». Jesús nunca habló de ceremonias de culto, ni mucho menos de tener que instaurar a un sacerdote.

De que en esto algo no era correcto, ya lo advirtió el profeta Jeremías, puesto que en el Antiguo Testamento, capítulo 8, versículo 8, leemos: «Cómo decís, somos sabios y poseemos la ley de Yahvé, cuando es más cierto que la falsea el cálamo mendaz de los escribas». O sea que un gran profeta como fue Jeremías dice que hay algo en todo esto que no está en orden. Las escrituras, la palabra, ya fueron falsificadas aquí por los sacerdotes.

Las disposiciones sobre las vestiduras harán que más de alguien recuerde lo que dijo Jesús sobre las personas vestidas de esa manera, y que se puede leer en el evangelio de san Mateo: «Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen rabí (maestro)» (Mt 23, 5-7). Después viene la conocida frase: «Pero vosotros no os debéis hacer llamar rabí, pues sólo uno es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos y hermanas» (Mt 23, 8). Esto vale de acuerdo con el sentido naturalmente para hermanos y hermanas. En todo caso Jesús enseñó la igualdad y no la jerarquía de sacerdotes y cargos de funcionarios.

Y Jesús enseñó también que se le siguiera a Él, cuando expresó: «Seguidme» (Mt 4, 19), lo que significa: Haced lo que Yo os he enseñado, y en definitiva también lo que está en los Mandamientos de Dios, pues las indicaciones de Jesús están en consonancia con los Mandamientos de Dios.

Los sacrificios de animales en el Antiguo Testamento: «ofrendas de olor grato para el Señor». Jesús siempre intervino en favor de los animales

¿Qué dijo Jesús respecto al sacrificio de animales?

Hay una cita de Jesús procedente de un escrito apócrifo del que sólo se conservan algunos pliegos, habiéndose conservado curiosamente sólo esa parte: «He venido para eliminar los sacrificios de animales» para que cese el sufrimiento de los animales entonces. (Evangelio de los ebionitas N° 6, citado en Epiphanius contra Haereses 30, 4 s.). También se puede leer en el nuevo Testamento que Jesús estuvo en el desierto y vivió en paz con los animales salvajes; o como Él en el templo liberó a los animales que iban a ser vendidos por los mercaderes para ser scarificados. Hay muchos ejemplos en los que Jesús intervino a favor de los animales. Algunos de ellos se encuentran en la Biblia, pero la mayor parte se encuentra en escritos ajenos a la Biblia.

Una declaración muy significativa se encuentra también en el evangelio de san Marcos, en el capítulo 11, versículo 17. Allí se dice: «¿No está acaso escrito, mi casa será una casa de oración para todos los pueblos? Pero vosotros habéis hecho de ella una cueva de asesinos». Jesús habla de una «cueva de asesinos». ¿Quiénes eran asesinados? Los animales.

¿Qué dicen por el contrario los escritos de la Fuente sacerdotal del Antiguo Testamento? Dicen que el Señor llamó a Moisés, le habló delante de la tienda de la revelación y dijo: El holocauso son sacrificios de animales, en los que se quema el animal entero sobre el altar, a diferencia de otros sacrificios en los que sólo se quema una parte del animal, pero la otra parte es cedida a los sacerdotes, o bien es consumida en el banquete del sacrificio por la comunidad que dona la víctima (extracto resumido del Levítico).

En el Levítico 1, 3-9 podemos leer instrucciones muy detalladas: «Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá; de su voluntad lo ofrecerá a la puerta del tabernáculo de reunión ante el Señor. Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya. Entonces degollará el becerro en la presencia del Señor; y los sacerdotes hijos de Aarón ofrecerán la sangre, y la rociarán alrededor sobre el altar, el cual está a la puerta del tabernáculo de reunión. Y desollará el holocausto, y lo dividirá en sus piezas. Y los hijos del sacerdote Aarón pondrán fuego sobre el altar, y compondrán la leña sobre el fuego. Luego los sacerdotes hijos de Aarón acomodarán las piezas, la cabeza y la grosura de los intestinos sobre la leña que está en el fuego que habrá encima del altar; y lavará con agua los intestinos y las piernas, y el sacerdote hará arder todo sobre el altar; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para el Señor».

Estas palabras «de olor grato para el Señor» suenan completamente a paganismo: hacer sacrificios para aplacar a los muchos dioses». El Levítico está lleno de prescripciones para los sacrificios, es decir, de disposiciones sobre cómo hay que matar a los animales. Y allí incluso se afirma –en  el capítulo 8, versículos 13 al 18– que Moisés consagró a los sacerdotes de la siguiente manera:

«Después Moisés hizo acercarse los hijos de Aarón, y les vistió las túnicas, les ciñó con cintos, y les ajustó las tiaras, como el Señor lo había mandado a Moisés. Luego hizo traer el becerro de la expiación, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del becerro de expiación, y lo degolló; y Moisés tomó la sangre, y puso con su dedo sobre los cuernos del altar alrededor, y purificó el altar; y echó la demás sangre al pie del altar, y lo santificó para reconciliar sobre él. Después tomó toda la grosura que estaba sobre los intestinos, y la grosura del hígado, y los dos riñones, y la grosura de ellos, y lo hizo arder Moisés sobre el altar. Mas el becerro, su piel, su carne y su estiércol, lo quemó al fuego fuera del campamento, como el Señor lo había mandado a Moisés. Después hizo que trajeran el carnero del holocausto...»

Esto sigue así, con indicaciones increiblemente repulsivas. Y el «informe» siempre acaba con la frase: «Se hizo un holocausto para crear un aroma apaciguador, una víctima de fuego para el Señor, tal como se lo indicó el Señor a Moisés». (Lv 8,21)

En otro pasaje se describe cómo se ha de sacrificar a una paloma: «El sacerdote ha de llevarla al altar, cortarle la cabeza, y consumirla en humo. Su sangre ha de ser exprimida contra la pared del altar. (Lev 1, 15)

Estos crueles actos rituales están descritos en el libro del Levítico. Y es parte de aquellos libros de Moisés que por lo menos en su mayor parte fueron escritos posteriormente por los sacerdotes, contradiciendo completamente al primer libro de Moisés, el Génesis, en el que Dios expresó: «Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os será para comer. Y a toda bestia de la tierra, y todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así. Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera». (Gn 1, 29-31)

Esto contradice también a muchos pasajes de la Biblia que ya hemos citado. Contradice ya sólo al hecho de que Moisés recibiera poco antes los Diez Mandamientos, en los que Dios expresamente ordenó: «No matarás».

Para completar la imagen, a continuación mostramos una cita más de cómo tiene que comportarse presuntamente el sacerdote en honor a Dios ante el altar. Hemos escuchado cómo han de ser tratadas las palomas. Las instrucciones para el sacerdote terminan así: «Y le quitará el buche y las plumas, lo cual echará junto al altar, en el oriente, en el lugar de las cenizas. Y la henderá por sus alas, pero no la dividirá en dos; y el sacerdote la hará arder sobre el altar, sobre la leña que estará en el fuego; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para el Señor. (Lv 1, 16-17)

Vemos como aquí se describe a un Dios cruel: «de olor grato para el Señor». Sin embargo, Jesús, el Cristo, nos enseñó el Dios del amor, el Dios de la paz, el Dios de la unidad que está con la naturaleza, a favor de la Madre Tierra.

San Jerónimo, que fue quien seleccionó de la multitud de escritos aún existentes en aquel entonces los escritos que habían de conformar la primera Biblia (la Vulgata), introdujo, modificó y «mejoró» algunas cosas en los textos que utilizó. Una clara afirmación de s. Jerónimo, quien aún tenía ante sí los escritos originales, dice que: «La degustación de la carne de animal era desconocida hasta el diluvio. Pero a partir del diluvio, nos han sido embutidos en la boca los tejidos y los jugos pestilentes de la carne animal». Él no dice: «Dios lo mandó», sino que dice «nos han sido». Y continúa diciendo: «Jesús, el Cristo, que apareció cuando se había cumplido el tiempo, volvió a unir el final con el principio, de forma que ya no nos es permitido el comer carne de animales». San Jerónimo, Adversus Jovinianum, Lib. 1.30, citado en la obra de Robert Springer, ENKARPA, Culturgeschichte der Menschheit im Lichte der phytagorischen Lehre (Historia de la cultura de la humanidad a la luz de la enseñanza de Pitágoras), Editorial Schmorl & Seefeld, Hannover 1884, pág. 307-308 en alemán, y en el Adversus Jovinianum, 18; Carl Anders Skriver: Die vergessenen Anfänge der Schöpfung und des Christentums (Los comienzos olvidados de la creación y del cristianismo), 1977, pág. 123 en lengua alemana.

Sólo pocos lo saben: La silla de san Pedro determina que el Antiguo y el Nuevo Testamento «son ambos la verdadera palabra de Dios». En los relatos del Antiguo Testamento impera un cruel Dios pagano

Uno se puede imaginar ahora por qué Dios, nuestro Padre eterno, nos envió a Su hijo Jesús, el Cristo: para poner término a todos estos cultos, a todo el paganismo. Y Jesús, el Cristo, enseñó también esto. Él estuvo en contra y en la actualidad continúa estando en contra de la casta sacerdotal, que toma a Dios sólo como medio para conseguir sus fines.

Habrá quien diga: «Esto antes fue así. Pero todo eso sucedió hace ya muchísimo tiempo». La casta sacerdotal actual dice por el contrario: «El antiguo Testamento ha de iluminarse en el Nuevo». ¿No significa esto tal vez que en algún momento esos horribles escenarios del Antiguo Testamento fluirán hacia el Nuevo? La Iglesia católica misma ha establecido por último esto efectivamente en su catecismo cuando en el comentario N° 140 leemos: «El Antiguo Testamento prepara al Nuevo, mientras que éste completa al Antiguo. Ambos se iluminan mutuamente», y continúa diciendo «ambos son la verdadera palabra de Dios».

Por tanto, lo que leemos en los libros de Moisés presuntamente ha de ser ¡la verdadera Palabra de Dios. Por ejemplo, en el Levítico uno se entera de que «quien maldijere a su padre o a su madre, ha de ser castigado con la muerte» (Lv 20, 9). O, que «si un hombre cometiere adulterio, el adúltero y la adúltera serán castigados con la muerte» (Lv 20, 10). También se puede leer: «Si un hombre se acuesta con un hombre como con una mujer, ambos han cometido un hecho abominable. Ambos serán castigados con la muerte» (Lv 20, 13). O también: «Un hombre que cohabita con un animal, será castigado con la muerte. También el animal deberá ser matado» (Lv 20, 15). Esto a pesar de que el animal no tiene la culpa. Allí se dice también que «una mujer que se acerca a un animal para aparearse con él, ha cometido una abominación y su destino es la muerte» (Lv 20, 16).

Interesante es también una afirmación en el Deuteronomio, que dice:

«Si un hombre tuviere un hijo contumaz y rebelde, y que no obedeciere a la voz de su padre ni a la voz de su madre, y habiéndole castigado, no les obedeciere; entonces lo tomarán su padre y su madre, y lo sacarán ante los ancianos de su ciudad, y a la puerta del lugar donde viva, y dirán a los ancianos de la ciudad: Este nuestro hijo es contumaz y rebelde, no obedece a nuestra voz, es glotón y borracho. Entonces, todos los hombres de su ciudad lo apedrearán y morirá» (Dt 21, 18-21).

Estos son solamente algunos ejemplos de la gran cantidad de crueles instrucciones que están contenidas en este libro. Entre otras cosas, en él también figura lo siguiente: «Y si un hombre peocede insolentemente, no escuchando al sacerdote que se encuentra allí al servicio de Yahvé tu Dios, o al juez, ese hombre morirá y tú harás desaparecer el mal de Israel» (Dt 17, 12).

Igualmente se puede leer que Dios supuestamente animó a aniquilar a todos los enemigos y a  destruir todo lo que esté en contra de las ideas de uno.

Algunos intentan minimizar los pasajes sangrientos de este libro diciendo que tan sólo se trata de mitos o de relatos de tiempos muy remotos. Pero esto, si nos atenemos a la enseñanza de fe de la Iglesia, es una equivocación garrafal. Todavía en el año 1965, en el famoso Concilio Vaticano II, con el que la Iglesia supuestamente dio un giro hacia los tiempos modernos, se decidió lo siguiente: «Lo manifestado por Dios, y que está contenido en la escritura sagrada, está escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo. Pues debido a la fe apostólica, en nuestra Santa Madre Iglesia, valen los libros del Antiguo como del Nuevo Testamento en toda su totalidad, y con todas sus partes, como sagrados y canónicos» (citado en Neuner-Roos, nº 150).

 A decir verdad resulta increible que la Iglesia enseñe cosas semejantes, pues con ello el contenido de esa enseñanza dice que todas las crueldades contenidas en el llamado Antiguo Testamento son un producto del Espíritu Santo.

Jesús nos enseñó algo muy diferente.

La extrema contradicción de las enseñanzas de la Iglesia con las verdaderas enseñanzas de Jesús. ¿Ha de resurgir el Antiguo Testamento utilizando como pretexto a «Jesús» y a «Cristo»?

¿Por qué tenemos aún en nuestros días una casta sacerdotal que actúa de modo semejante a como en los tiempos del Antiguo Testamento?

¿Es que Dios, nuestro Padre eterno, envió en vano a Jesús, Su hijo, quien se convirtió en nuestro Redentor? Pues la casta sacerdotal actual actúa de nuevo en contra de Jesús, en contra de Su enseñanza, y hace alarde de las palabras «Jesús» y «Cristo» de modo similar a como sucedió en los escritos de la Fuente sacerdotal. Allí tomaron el nombre de «Moisés» y citaron y siguen citando una y otra vez a Moisés. Fueron los sacerdotes los que escribieron semejante «disparate». Dios quiere otra cosa, y así lo anunció a través de los profetas del Antiguo Testamento, y muy especialmente a través de Jesús, Su hijo. Jesús también enseñó cosas muy diferentes a lo que enseñan los sacerdotes de la época actual. Hay una enorme diferencia entre el llamado «Dios» del Antiguo Testamento así como la casta sacerdotal actual, y Jesús, quien enseñó a la humanidad la existencia de un Padre amoroso.

Lo que Jesús enseñó a la humanidad lo podemos leer en el Sermón de la Montaña, en  el evangelio de san Mateo, cap. 5, donde leemos:

«Bienaventurados los pobres en espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los que sufren, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la Tierra.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los de corazón puro, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacificadores, pues ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por su amor a la justicia, porque suyo es el Reino de Dios» (Mt 5, 3-9).

 

Sobre la oración Jesús dijo: «Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Más tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará» (Mt 6, 5-6). Esto tiene que ver con lo que Jesús también dijo en otro pasaje: «Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Mt 23, 12).

¿Y qué dijo Jesús sobre la casta sacerdotal? En el envangelio de san Mateo, en el capítulo 23, versículo 8 y 9 leemos: «Pero vosotros no os hagáis llamar rabí, pues sólo uno es vuestro maestro. Pero todos vosotros sois hermanos y hermanas. Tampoco debéis llamar padre a nadie en la tierra, pues sólo uno es vuestro Padre, el de los cielos».

Y continúa diciendo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, vosotros hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros. ¡Ay de vosotros guías ciegos!» (Mt 23, 15-16).

Y en Mateo 23, 13 Jesús dice: «Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos. Vosotros mismos no entráis en él, pero tampoco dejáis que entren los que quieren entrar en él».

Sin lugar a dudas que aquí se pone de manifiesto una extrema contradicción entre lo que enseñó Jesús de Nazaret y lo que contienen los escritos de la Fuente sacerdotal del Antiguo Testamento. Una persona con buena capacidad analítica tiene que hacerse consciente de que esta enorme contradicción es agravada más aún por el hecho de que una Iglesia que dice que su modelo y ejemplo es Jesús de Nazaret, se arroga el derecho a enseñar que este Antiguo Testamento, con todos los textos que contiene la Fuente sacerdotal  y que son tan opuestos a las leyes de Dios, –contra los que Jesús de Nazaret también se pronunció expresamente–, es una manifestación de Dios que tiene vigencia en la actualidad e ilumina presuntamente al Nuevo Testamento, en el que están contenidas las enseñanzas de Jesús de Nazaret.

 A decir verdad, ¿cómo se puede iluminar el Antiguo Testamento en el Nuevo, en la maravillosa enseñanza del amor, de la paz y de la unidad? En realidad esto puede suceder sólo cuando uno se califica a sí mismo de «Nuevo Testamento». Pues lo que hemos leído de los escritos de la Fuente sacerdotal se ha iluminado en verdad en la casta sacerdotal actual, pero no en el Nuevo Testamento. Si examinamos detenidamente esta afirmación, ésta no dice otra cosa que: el Antiguo Testamento debe resurgir de nuevo. Y para ello se utiliza a Jesús, el Cristo, el nombre de «Jesús», que estaba a favor del amor, de la paz, de la unidad, de la naturaleza, de la Madre Tierra, a favor de cada animal.

 ¿Quién era en realidad Jesús? ¿De dónde venía?

Jesús nació de María y era el hijo de María y José. Creció en un entorno humilde. Se sabe que Jesús procedía de la estirpe de David y que pertenecía a la tribu de Judá. Esto es un hecho interesante pues de aquí ya se puede deducir que Jesús no era ningún sacerdote, y que tampoco nunca podría haber llegado a serlo, ya que todos los sacerdotes procedían de la tribu de Leví, y además tenían que tener como antecesor a Aarón, el hermano de Moisés. Pero en Jesús no se cumplía ninguna de estas circunstancias, y con ello nunca podría haber sido sacerdote. Jesús fue por tanto un hombre del pueblo.

Como hombre del pueblo, Él enseñó también la maravillosa y grandiosa Ley de la vida, que está en Dios y que es dada para todas las personas que aman a Jesús, el Cristo, y le siguen a Él.

 Por tanto, nosotros los cristianos originarios consideramos como nuestra tarea el hacer esto presente a todas las personas, para que no se crea de forma equivocada que las instituciones que no tienen nada que ver con lo que enseñó Jesús de Nazaret son las que representan Su enseñanza bajo el pretexto de llamarse «cristianas».

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