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 El culto a María y el culto de las reliquias: Quien no cree en ello es condenado eternamente por la Iglesia católica. ¿Una dictadura está intentando con ello dominar una democracia?

En nuestra última transmisión explicamos cómo en el transcurso de los siglos surgió y se transformó el cristianismo originario, partiendo de la enseñanza pacífica de Jesús de Nazaret, hasta convertirse en una agresiva religión pagana de culto, que tomó el nombre de católica. En este proceso se hizo palpable cómo cada vez más ideas romanas y otras paganas se impusieron contra las enseñanzas cristianas, en parte con violencia. El hecho de que la silla de San Pedro está casi exclusivamente fundamentada en esas bases paganas, es lo que queremos analizar esta vez en detalle. Queremos hacer un análisis de la tradición católica, de los usos, ritos, cultos, dogmas, las insiginias, las festividades religiosas, etc.
Veremos cómo se trata de una mezcolanza de ideas de culto paganas, en una medida que resulta difícil de creer.
Las enseñanzas y estructuras de la Iglesia católica proceden por tanto en casi todos sus aspectos directamente del culto idólatra pagano. En vista de este hecho, es fácil también asociar a éste el culto a María, que constituye una parte esencial de la fe católica: el culto a la «Madre de Dios», que según un dogma que anunció Pío XII, habría sido acogida incluso físicamente en el Cielo. Ocupémonos entonces de la pregunta de cómo surgió este culto y cuáles fueron sus antecedentes, puesto que Jesús de Nazaret no habló de su madre como de la «Madre de Dios», sino que Él habló de María, una mujer sencilla, humilde, entregada a Dios, que era una mujer del pueblo. Por tanto, primero sería interesante saber: ¿Cómo se produjo este curioso desarrollo, y sobre todo: ¿Cuáles son los antecedentes de este culto? Si se mira hacia el pasado, se puede constatar que el culto a una Madre de Dios está profundamente arraigado en el paganismo precristiano.
Por ejemplo, se sabe que a la diosa egipcia Isis y a la diosa griega Artemisa se las veneraba de la misma forma que se adora a María en la Iglesia católica hasta en la actualidad. En parte se les ponían palabra por palabra los mismos títulos, como «Reina de los Cielos», «Estrella de los mares», tal vez algunos conozcan la canción alemana «Salve, estrella de los mares…», etc., que se canta hasta en nuestros días en los lugares de peregrinaciones marianas. No obstante, ¿se dirigó acaso Jesús de Nazaret alguna vez a María, su madre, llamándola «estrella de los mares»? «Estrella de los mares» era un título de estas grandes Madres de Dios en Grecia y Egipto. También es significativo el hecho de que el dogma de que María es la madre de Dios, es decir, no sólo la madre de Jesús, sino incluso la «Madre de Dios», fue acordado en el concilio de Éfeso, en el año 431. Éfeso era un centro del culto a Diana, es decir, un lugar en el que se había adorado especialmente a la diosa-madre Diana. Por tanto, aquí está totalmente claro que un pensamiento, una doctrina de fe proveniente del paganismo fluyó introduciéndose en la Iglesia católica.
Tal vez resulte también interesante saber que Diana era la diosa de la caza, diosa de la caza y al mismo tiempo «Madre de Dios».
Por tanto, la madre de Jesús se convirtió en un objeto de culto, un objeto de culto pagano. Esto llegó hasta el punto de que en Altötting, un lugar de peregrinación en la Baviera alemana, se vendieran hasta adentrado el siglo XX vírgenes para raspar. Como se dijo en otra oportunidad, sobre esto se puede leer en un escrito lo siguiente: «Una posibilidad evidente de ingerir en caso de necesidad una sustancia de gran poder curativo, igual que un medicamento, era el raspar la arcilla de una virgen para raspar. Copias más pequeñas de estas imágenes milagrosas se podían comprar en tiempos pasados en diferentes lugares de peregrinación. Muy conocidas hasta el siglo XX eran las vírgenes para raspar ennegrecidas de la ciudad bávara de Altötting y las copias milagrosas de la localidad de Einsiedeln, que el pueblo llamaba “Laicheibli”. Las últimas de las mencionadas tenían fama de ser especialmente milagrosas y sanadoras, porque se decía que a la arcilla se le había mezclado tierra y argamasa de una capilla milagrosa, así como trocitos de reliquias. Esto valía, no obstante, sólo para vírgenes para raspar que vendía el mismo monasterio…»
De forma que a estas vírgenes se les mezclaba trozos de reliquias, en determinadas circunstancias trozos de cadáveres. Quien compraba estos «medios curativos cristianos», raspaba algunos trocitos de la mezcla de arcilla, los añadía a la comida y con ello se comía tal vez en última instancia a sus antepasados. En realidad podría decirse que eso es canibalismo. Es una costumbre tan pagana que casi resulta imposible de creer. El monasterio mismo vendía estas figuras hasta entrado el siglo XX. Esto constituye un ejemplo de cuán lejos puede llegar un culto, un culto pagano. Esto es algo que desconocen la mayoría de los católicos. Quien no diría al escuchar tales relatos: «¡Esto es un paganismo de lo más repulsivo!». Y habrá a quien se le revuelva el estómago al pensar sobre ello. Una costumbre semejante no tiene que ver en lo más mínimo con religión, ni mucho menos con la religión cristiana o incluso con las enseñanzas del Nazareno.
Tal vez más de uno de los altos cargos eclesiásticos intente ahora buscar la excusa de que en este caso se trata de una creencia popular que habría llegado a rayar casi en la superstición. Pero al respecto habría que responderle que los fundamentos de este culto a María están dogmatizados por la Iglesia, llegando incluso a presentar a María como «Madre de Dios». En la Iglesia católica se la venera como a la virgen coronada de estrellas que está sobre la media luna. Se trata de una imagen que se asemeja a la diosa egipcia Isis, que también fue presentada de esa manera.
María, tal como fue adoptada por la Iglesia católica romana, siendo luego estilizada e idealizada para convertirla en Madre de Dios, en su presentación es la sucesora directa de las diosas egipcias, como Isis y otras figuras del culto de misterios pagano. Como ya se ha dicho, ella es una sucesora de Diana o de Artemisa o de Astarté, en la última se trata de la divinidad fenicia de la fertilidad. A este dogma, el de la entronización de María como un misteriosa diosa de culto, se llegó en Éfeso, una ciudad en la que este culto a la madre de Dios era ya una costumbre desde hacía siglos. Es significativo que durante el concilio, una masa de gente fanática recorriera la ciudad de Éfeso y pidiera que el antiguo culto a Diana, como el culto a la Gran Madre, a la Madre de Dios, ahora se convirtiese en dogma de la floreciente Iglesia católica romana.
De esto se deduce que María, mujer y madre, está por encima de todas las mujeres y madres. Pensemos ahora en que precisamente los sacerdotes católicos no se pueden casar, porque entonces se casarían, por ejemplo, con una mujer sencilla, de modo que se podría sacar la conclusión de que, por decirlo así, se tendrían que «casar» con la mujer de todas la mujeres y con la madre de todas las madres.
De hecho, así se puede explicar en su raíz sicológica más profunda el celibato de la Iglesia. La «Gran Madre» era una figura que dominaba a la humanidad en su subconsciente ya en los milenios anteriores al surgimiento del cristianismo. Existían sacerdotes de la «Gran Madre», que tampoco se podían casar, vestían túnicas femeninas y se veían a sí mismos como hijos de esta Gran Madre. Apoyándose en esto, los sacerdotes que no se pueden casar con ninguna mujer, están en el fondo al servicio de esta «Gran Madre», una figura arquetípica de origen pagano.
La siguiente pregunta sería: ¿Por qué necesitaba la Iglesia el tener que adoptar el culto pagano a la Diosa-Madre? Tal vez porque por otro lado presentaba a Dios como el Dios cruel, castigador y arbitrario, que presuntamente podía enviar a Sus hijos a la condenación eterna. Como compensación, se tomó entonces a la «Madre de Dios», que precisamente era la que consolaba para que la gente no quedase apresada por el miedo al Dios «castigador».
¿Cómo es esto? Quien no crea en este culto a María y no venere a la llamada «Madre de Dios», sino que sencillamente la respete y aprecie por ser la madre de Jesús, la madre carnal de Jesús,¿está ya condenado por toda la eternidad de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia?
La respuesta es sí, está condenado. Esto lo podemos leer, en alemán, en el libro «La fe de la Iglesia», de los autores Neuner y Roos, en el número al margen 195. Ahí se dice:
«Quien en el sentido auténtico y verdadero no reconozca con los Santos Padres a la siempre virgen e inmaculada María como a la que dio a luz a Dios, dado que ella, hablando con propiedad verdaderamente concibió al verbo divino, engendrado por el Padre antes de todos los tiempos, concibió sin semen en los últimos tiempos por obra del Espíritu Santo y dio a luz sin ser herida, quedando su cuerpo virginal incólume también después del alumbramiento, que sea condenado».
De ello se deriva otra pregunta: Ya que de acuerdo con esto, todos los que se denominan protestantes o luteranos están rechazados, esto es, condenados por toda la eternidad, ¿por qué rinden entonces pleitesía hipócritamente a la silla de san Pedro?
Esta es una pregunta que vuelve una y otra vez cuando por un lado se habla del tema ecuménico, cuando los protestantes peregrinan hacia el trono de san Pedro o se reúnen con él de alguna otra forma, y cuando, por ejemplo, recientemente, un cardenal de alto rango como es el cardenal Meisner de Colonia, se expresó de forma expresamente reservada en este sentido. En una noticia de la Agencia de prensa evangélica protestante, epd, del 5.6.2005, se dijo: «El arzobispo de Colonia espera progresos ecuménicos unicamente entre la Iglesia católica romana y la ortodoxa, pero no entre católicos y protestantes. "Con las Iglesias de la reforma aún queda un largo y arduo camino”, dijo Meisner. “No nos hemos de engañar con cosas que no se pueden resolver”».
A veces simplemtente uno duda de las facultades intelectuales de estos protestantes, que en realidad se dejan absorber una y otra vez por la miel de la Iglesia católica como si fuesen perturbados mentales.
Estimados oyentes, estimados lectores, si ustedes no creen en el culto a María, según las enseñanzas de la Iglesia están ustedes repudiados, lo que en su sentido más amplio significa condenados por toda la eternidad. ¿Quién se quiere quedar todavía en la Iglesia católica para seguir pagando impuestos? ¿Pagan ustedes a la Iglesia católica sus impuestos, los impuestos a la Iglesia, porque esta ya los ha condenado por toda la eternidad?
Esto no lo debería hacer ninguna persona sensata. Muchas personas jóvenes ya no lo hacen. Es de esperar que también muchas personas mayores con el tiempo se dictancien de ello.
Por cierto, uno puede ser condenado con mucha facilidad. Cuando yo era pequeño y tenía que ir a la iglesia a la fuerza, a la izquierda y a la derecha del altar había a cada lado un féretro de cristal. Dentro había un esqueleto vestido con ropajes lujosos, y yo pensaba: «¡Qué cosa más horrible es esa!». Eso siempre me daba miedo. Pero sólo ahora, siendo adulto, me he enterado de que cuando un católico no cree que de este esqueleto se desprende la salvación, también está condenado.
El concilio de Trento ordenó la adoración de los cadáveres de los mártires y además condenó a todos aquellos que no creían en las reliquias. Cita textual: «Los cuerpos sagrados de los santos mártires (…) han se ser adorados por los fieles, pues a través de estos cuerpos, Dios proporciona a las personas muchas muestras de gracia, de forma que los que declaren que las reliquias de los santos no merecen veneración ni honra, (…) han de ser completamente condenados. Y así los condena también la Iglesia ahora»[1]. Esta explicación no se puede considerar directamente como un dogma, pero no por ello deja de tener carácter obligatorio. Esto quiere decir que: El adepto de la Iglesia tiene que creer tales cosas, que en realidad son un profundo paganismo.
En el antiguo Egipto existían muchos lugares de culto, en los que se adoraban los restos mortales de los llamados «dioses», y de los que se decía que se desprendía un efecto mágico. Si escuchamos lo que se ha dicho antes sobre las reliquias, partiendo desde allí hasta las vírgenes para raspar, de las que ya se ha hablado, esto conduce al camino directo a la magia todavía hoy imperante en la Iglesia católica romana, que no tiene nada que ver con el cristianismo.
Un aspecto sobre estas cuestiones es que habría en realidad que preguntar a un médico, qué opina respecto a las vírgenes para raspar. ¿Qué elementos pueden encontrarse en estas figuras desgastables, que puedan hacerle a uno enfermar? Otro aspecto es la pregunta de si por la adoración de reliquias de este tipo, no se estará actuando en contra de la legislación en materia de salud. Porque sin más, hubo católicos que peregrinaron a la localidad de Altötting esperando encontrar allí la sanación de su suerpo, y por ello posiblemente hayan rechazado y evitado visitar a un médico. Normalmente esto está prohibido en Alemania. Si una comunidad religiosa fuera de la Iglesia ofreciera algo parecido, presumiblemente se recurriría a la Oficina de inspección del trabajo, especialmente si además los objetos de culto se pusieran a la venta al público. Se diría que eso constituye un peligro para la salud pública y que tendría que ser prohibido.
Sobre todo, no puede decirse que todo esto sea una creencia popular. El asunto de las reliquias lo tomó en sus manos desde un principio la misma silla de san Pedro: «En el año 750 se dirigían continuamente largas caravanas de carros hacia Roma, transportando grandes cantidades de esqueletos y de cráneos, que luego eran clasificados y etiquetados por los Papas, y después vendidos. De noche se saqueban tumbas, y en las iglesias, guardias armados vigilaban los sepulcros. “Roma”, dijo Gregorovius, “era como un cementerio podrido (…) ”»[2]. En la iglesia de san Prassede existe todavía hoy una placa de mármol en la que se lee que en el año 817 el papa Pascal hizo llevar desde cementerios a esa iglesia los cadáveres de 2300 mártires. Cuando el papa Bonifacio VI, en el año 609, convirtió el panteón en una iglesia cristiana, «debieron de extraerse 28 carros llenos de osamentas de santos de las catacumbas, y debieron de ser colocados en una cavidad bajo el altar mayor»[3]. El fundamento de esta iglesia son cientos y miles de esqueletos, y sobre ellos se erigió el altar mayor.
Por tanto se podría decir que la fe y la práctica de la Iglesia católica están realmente basadas en osamentas; eso es un culto a los muertos. Y en este sentido se justifica el decir que esta veneración de reliquias supera al culto pagano. En general, se puede comprobar que muchas cosas de la Iglesia católica, casi todo lo que corresponde a sus prácticas, procede del paganismo. En este caso no sólo tenemos raíces provenientes del paganismo, lo que ya hemos mencionado, sino que la Iglesia católica ha intensificado el paganismo de un modo mucho más extremo. Semejantes costumbres relacionadas con las reliquias, es algo que en el paganismo no se conocía en tal magnitud.
Cuando se explican estos hechos, tal vez de vez en cuando habría que hacerse consciente una y otra vez, de si en las enseñanzas de Jesús de Nazaret se encuentra algo acerca de estos cultos y ritos. La verdad es que no se encontrará ni un solo indicio sobre ello. También puede ser útil una comparación repetida: ¿Qué enseñó Jesús, el Cristo, y que enseña ahora la Iglesia católica?
Jesús dijo: «Deja que los muertos entierren a sus muertos. Pero tú, ven y sígueme» (Mt 8,22). Y en Mateo 22, 35-40 hay otro pasaje que dice: «Un maestro de la ley quería ponerle a prueba» –esto es, a Jesús–, «y le preguntó: "Maestro, qué mandamiento de la ley es el más importante? Y Él le respondió: "Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente" Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas». Por tanto hay que preguntarse: ¿De dónde viene todo el resto y qué objeto tiene?
También sobre eso se sabe algo. Ya de los profetas del Antiguo Testamento escuchamos que todo esto procede del paganismo. Por ejemplo, Jeremías, dijo:
«Porque las costumbres de los gentiles son vanidad: un madero del bosque, obra de manos del maestro que con el hacha lo cortó, con plata y oro lo embellece. Son como espantajos de espinar, que no hablan. Tienen que ser transportados, porque no andan. No les tengáis miedo, que no hacen ni bien ni mal». (Jr 10, 3-5)
Es decir que ya los profetas dijeron que todo aquello que era habitual era un espectáculo exagerado e innecesario. El pueblo de Dios no debería rodearse de estatuas semejantes ni procurarse tales objetos de madera, plata y oro, todo eso es algo que sólo hacían los paganos. Pero como hemos dicho, la Iglesia católica se enlazó a esos cultos paganos, y no a los profetas.
Más de algún ciudadano ingenuo quiera remitir con gusto estos vestigios de una oscura superstición a una época pasada ya muy lejana. Pero lo que es verdaderamente chocante es el hecho de que todo esto está más cerca de nosotros de lo que se cree en general. Un cristiano originario visitó recientemente el museo del tesoro de la catedral de Würzburg. Allí vio las insignias de los obispos actuales y tuvo que comprobar que todo esto continúa de la misma manera también en la actualidad.
Tomemos como ejemplo la «cruz pectoral». Desde el siglo XII todos los obispos han de llevar una cierta cruz pectoral. Ya en el siglo IV había un amuleto, un recipiente con una reliquia dentro. Y hasta el día de hoy tiene que haber igualmente una reliquia en esa cruz pectoral del obispo, pues así está prescrito. De este modo, y de otros parecidos, estos ritos e insignias siguen llevándose y transmitiéndose hasta el presente. Por tanto, y aunque muchos lo piensen, hoy no es diferente, sino que se trata del presente, nada más que del presente.
También en cada altar se pone una reliquia. Un altar católico tiene el valor de estar completamente consagrado sólo cuando contiene una reliquia. ¿Que dirá un creyente católico que hasta ahora no sabía que en el altar de la iglesia que él posiblemente visita domingo tras domingo, se pudren plácida y silenciosamente algunas osamentas o partes «muy sagradas» de un cadáver? Una persona de hoy que sabe pensar se preguntará: ¿Es preciso creer de verdad en este culto a las reliquias? Y en caso de que no sea aceptado por los creyentes, es decir, si las personas no creen en él, ¿qué pasa entonces?
Ya se ha dicho que también es preciso creer especialmente en el poder de las reliquias. De forma general se puede decir que existe un dogma que pone de manifiesto de forma amplia: «Quien no acepte la enseñanza de la Iglesia en su totalidad, la escrita y la no escrita, que sea excluido»[4]. Por tanto, esto significa que el que no conozca en absoluto esta enseñanza, que no acepte ni siquiera un pequeño elemento de esta enseñanza, y no crea en ella, ya está condenado, incluso aunque no lo sepa. Según la enseñanza de la Iglesia católica se encuentra ya practicamente en el infierno, sin ser consciente de ello.
Aquí se plantea la pregunta de si esta situación no es la de prácticamente todos los católicos. Pues es poco probable que todos los católicos conozcan todos los dogmas y lo transmitido por la tradición. En consecuencia esto significa que ellos están pagando a una Iglesia que hace tiempo que ya les ha condenado.
Tal vez habría que hacerse consciente por una vez lo que significa estar condenado eternamente. La mayoría de las veces se dice así, se considera un escándalo, pero uno toma consciencia de la envergadura de este escándalo sólo cuando se hace presente claramente lo que significa en realidad: Eternamente, eternamente tener que sufrir tormentos indecibles en el fuego, sin poder ser liberado jamás de ello. Este tormento no acaba nunca, así lo enseña la Iglesia. Y todo esto sólo porque uno no creyó en este u otro dogma. Por cierto, esto sucede también desde hace poco en el caso de que se viva en pareja, sin casarse. Tan sólo hace unos pocos días Benedicto XVI anunció que una vida en pareja sin haberse casado no está de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, es decir, que es un pecado grave. Y quien muera en este estado pecaminoso, bajo el dogma de la condenación eterna cae al fuego eterno en el infierno.
No obstante, la Iglesia no se avergüenza de seguir embolsándose el cuantioso dinero de los muchos que no creen en todos sus dogmas, aunque les explica claramente: Estáis condenados para siempre porque no creéis todo lo que proclamamos (según Neuner-Roos, número al margen 85).
Esto es entonces lo que predica la Iglesia. ¿Quién cree que Dios ordenó esto a la Iglesia? ¿Quién cree en eso? Ninguna persona que piense de manera normal creerá que Jesus, el Cristo, o Dios, nuestro Padre, ha dado a la Iglesia semejante pensamiento, delegando en ella un igual mandato. Si Dios es el amor, entonces Él es el amor. El amor perdona, el amor exculpa, el amor soporta. Pero la Iglesia condena. ¿Quién está sentado aquí en la silla de san Pedro?
¿Es preciso decirlo o toda persona que escucha o lee puede hacerse ella misma una idea de esto?
Un gran escritor ruso, León Tolstoi, lo expresó claramente en su relato «La restauración del infierno»[5]. Este relato fue publicado sólo después de su muerte, y su hijo, que lo publicó, fue denunciado por blasfemia contra Dios, siendo después declarado inocente. En este relato se trata aproximadamente de que después del acontecimiento del Gólgota, cuando Jesús había muerto en la cruz, el demonio fue relegado a los abismos más profundos del infierno. Por tanto, fue «encadenado». ¿Por qué? Porque a partir de ese tiempo los seres humanos procuraron poner en práctica las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Había menos peleas, la gente se reconciliaba entre sí, y el demonio ya no tenía nada que hacer. El infierno estaba vacío. Pero después de algún tiempo, de pronto nuevamente se produjo una gran algarabía en el infierno. Algunos demonios portando antorchas entraron en él muy alegres, y Belcebú preguntó: «Gente, ¿qué pasa?» Y los demonios contestaron: «Lo que siempre pasa». Ellos habían vuelto a poner el infierno en funcionamiento. - «Y, ¿cómo lo habéis hecho?» A lo que el demonio que ocupaba el segundo rango le dijo: «Me he inventado la Iglesia».
León Tolstoi explica entonces cómo tuvo lugar el desarrollo de aquello: que al haberse fundado la Iglesia volvió a haber peleas entre los hombres, que de nuevo se creó una «élite» que sojuzgaba y explotaba a los demás, que también el Estado explotaba a las personas, y de que de esta manera se había vuelto a destruir el comienzo del cristianismo originario y que en consecuencia los crímenes eran mayores y más numerosos que nunca antes.
A continuación reproducimos un breve extracto de este relato de Tolstoi. Cuando el demonio escuchó «me he inventado la Iglesia», preguntó: «Bueno, pero ¿qué es en realidad una Iglesia?», porque no lo sabía. Y entonces, su representante le explicó lo siguiente:
«La Iglesia te la puedes imaginar de la siguiente manera, que cuando la gente miente y nota que nadie les cree, entonces hacen referencia a Dios y dicen: "Puesto que yo amo a Dios, lo que digo es cierto". Eso es en realidad la Iglesia, sólo que con la particularidad de que las personas que reconocen ser creyentes de esa Iglesia, están firmemente convencidas de que son infalibles, y de que más tarde nunca podrán retractarse de nada, aunque sea el mayor disparate, y aunque lo hayan dicho una sola vez.
Una iglesia surge de la siguiente manera: las personas se convencen a sí mismas y a los demás, de que su maestro, es decir, Dios, eligió a determinadas personas para que la Ley manifestada por Él a la humanidad no pueda ser entendidad de manera equivocada, y que aquellas personas a las que se les confió ese poder, son las únicas que pueden interpretar y explicar Su enseñanza con veracidad». Eso es Iglesia.
O sea que también Tolstoi era de la opinión de que fue el demonio el que fundó la Iglesia. Y que las explicaciones de Tolstoi no eran una invención sacada de la nada, lo muestran los siguientes dogmas de la Iglesia católica, algo que se puede leer en el libro de Neuner-Roos, número al margen 44, editado en alemán: «Por eso siempre se ha de conservar aquel sentido que la santa Madre Iglesia ha dado una vez a las verdades de la fe; jamás se puede desviar uno de este sentido a causa del parecer y nombre de un conocimiento más elevado». Y como ya se ha citado con anterioridad: «Quien no acepte la enseñanza de la iglesia en su totalidad, la escrita y la no escrita, que sea excluido» (Neuner-Roos, Número al margen 85).
En Neuner-Roos, número al margen 234, leemos: «De acuerdo con la fe hay que constatar que, fuera de la Iglesia apostólica romana, nadie puede obtener la salvación. Ella constituye la única arca de la salvación, y todo aquel que no ingrese en ella tendrá que perecer bajo las aguas».
También aquí la consecuencia es que, según las enseñanzas de la Iglesia católica, todas las demás religiones ya están entregadas a la condenación eterna. Grandes religiones como el hinduísmo, el budismo, el islamismo, el jainismo, el confucionismo, el judaísmo, el taoismo. A esto pertenecen también los protestantes luteranos, así como los de todas las demás confesiones que no sean católicas. Siempre se afirma que en el concilio vaticano se debilitó esta postura; pero eso es una mentira, puesto que no se debilitó y en el concilio vaticano se acordó lo siguiente: «Por eso, no pueden obtener la salvación aquellas personas que conocen la Iglesia católica y saben de su imprescindibilidad para obtener la salvación, así como lo estableció Dios a través de Cristo, y en cambio no ingresan en ella, o no quieren permanecer en su seno» (Neuner-Roos, número al margen 417, en alemán).
Ahora hay que preguntarse: ¿qué protestante de cualquier parte del mundo, no conoce la Iglesia católica? Todos la conocen. Es decir que esta frase sólo excluye a algún pueblo indígena que viva alejado de la civilización, en Papúa-Nueva Guinea o en rincones recónditos del Amazonas, y que efectivamente todavía no saben que existe una Iglesia católica. Para todos los demás vale el que según el criterio de la Iglesia están condenados.
Esta serie de coloquios lleva por título: ¿Quién está sentado en la silla de San Pedro? Sobre esto el fundador de la Iglesia protestante, Martín Lutero, dijo algunas cosas. En «El sermón al ejército contra los turcos», en 1529, expresó: «Creo que el Papa es un demonio en persona camuflado, porque es el Anticristo». O: «Contra el papado, fundado por el demonio". En este mismo documento leemos las siguientes palabras de Lutero: «Pues el demonio, que fundó el papado, habla y lleva todo a cabo a través del Papa y de la silla de Roma. Ahí tienes al Papa, lo que es y de dónde viene, es decir, una atrocidad de toda impiedad engendrada por todos los demonios desde las profundidades del infierno».
Esto dice el fundador de la Iglesia luterana acerca del Papa. Y aunque esto no ha sido revocado, la Iglesia protestante procura congraciarse hipócritamente con la católica e intenta así regresar de nuevo a su seno. ¿Por qué? ¿Para escapar del fuego eterno? Hablando claro, esto significa que la Iglesia protestante se congracia de manera hipócrita con el demonio. ¿Por qué?
Tal vez porque ella misma lleva también muchos elementos paganos en sí. Los luteranos no hicieron suyo ni el culto a María ni las reliquias, pero asumieron muchísimas otras cosas que también son paganas. Por ejemplo, los altares de las iglesias son patrimonio pagano, son prácticas paganas. El púlpito existía ya en el culto a Isis. Tampoco la cena del Señor, en su forma ritualizada de los católicos y protestantes, la tenían los cristianos originarios. Ellos celebraban juntos un ágape, comían juntos y también daban de comer a los pobres. Más tarde eso fue convertido en un rito, pasó a celebrarse por la mañana, surgió la figura de un sacerdote con túnicas especiales, se instaló un altar, y de ello se hizo un sacrificio de la misa, una comida de sacrificio, como las que había en los cultos paganos.
Todo esto lo asumió también Lutero, así como muchas otras cosas. Entre otras el componente principal de la vida de la Iglesia, el «sacerdote». Él afirmó por tanto la arrogancia de una persona, de colocarse como intermediario entre cada persona y Dios. El principio más importante de la enseñanza católica es que cada persona en particular sólo puede entrar en el Cielo cuando cree en aquello que otra persona le indica. También esta superstición la hizo suya la Iglesia luterana: sólo el sacerdote puede transmitir la salvación. Aunque habría que decir que con ello las Iglesias contradicen su propia Biblia, pues en ella se puede leer: «Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres,» –y ahora viene lo esencial–, no es el sacerdote sino que en la Biblia se establece: «Cristo Jesús, hombre también» (1 Tm 2, 5).
Tampoco aquí se dice nada de los sacerdotes.
Aunque a los protestantes, esto de haber tomado tantos aspectos de la Iglesia católica, que a su vez son tomados del paganismo, no les sirve de nada. Pues como se ha dicho: mientras ellos no acepten todos los credos principales de la fe católica, también los protestantes están condenados. Esto lo determina la enseñanza católica. Es decir, los luteranos pueden procurar congraciarse todo lo que quieran, según la fe católica esto no les sirve de nada. Pero el que lo hagan también tiene un motivo, y es que la Iglesia católica siempre sabe encubrir con extremado acierto sus enseñanzas.
Hemos escuchado mucho de la condenación eterna, del infierno eterno, de todas esas crueldades. Pero si pregunta con más detalle, muchos católicos le quitan importancia, o incluso lo niegan. Por ejemplo, en la publicación católica alemana «Weltbild» (Imagen del mundo) hay una «hora de consulta» para católicos. Allí se planteó la pregunta: «¿Cómo hay que hablar actualmente del infierno?» Y la respuesta fue: «Existe la tesis según la cual el infierno para toda persona significa que ella simplemente deja de existir de modo total. Ella ya no existe» (Weltbild 20/96, artículo «Eternamente solo»),
De pronto surgen nuevos significados. Y la pregunta que se plantea como por sí sola es: ¿Qué se vuelve a encontrar detrás de esto? ¿Que la persona en particular no debería existir más?
Sobre esto se puede decir que en el fondo aquí se trata de una blasfemia. Por una parte incluso la Iglesia reconoce que el ser humano porta en sí un alma inmortal, por otra parte ahora al parecer quiere anunciar que aquel que no crea en sus dogmas, será aniquilado. O sea que la vida creada por Dios debe ser aniquilada si no se cree en los dogmas de esta organización. La verdad es que no es posible imaginarse nada más satánico.
En la respuesta citada no se trata sólo de la disolución en el nirvana, pues en este caso aún se conservaría la energía. Aquí se trata de que la persona se disuelve en la nada. ¿Qué es en realidad la «nada»? ¿Existe acaso la nada si todo es energía? La Ley de Dios no conoce destrucción, disolución, tampoco el desaparecer o perecer, sino únicamente el transformarse, es decir, la evolución, el madurar hacia formas de existencia o de vida más elevadas. Detrás de una declaración como esa, de que un ser deja de existir, se esconde una profunda ignorancia espiritual, o bien el deseo de destruir la Creación de Dios.
El infierno en sí es ya una idea de la que hay que decir: si tan sólo una persona fuese a parar a la condenación eterna, y permanaciese allí, esto sería una victoria sobre Dios, pues Dios creó esa vida. Dios es un Dios del amor, y si tan sólo una persona quedase condenada eternamente, con eso se vencería a Dios. Por tanto la enseñanza del infierno y de la condenación es una blasfemia.
La Iglesia católica afirma que Dios le habría otorgado el privilegio de lo que ella denomina «ser necesaria para la salvación». ¿Qué significa «ser necesaria para la salvación»?
Esto significa que para la salvación de una persona, es necesario que ella esté en esa Iglesia. Si ella no está en esa Iglesia, entonces no alcanzará la salvación, lo que significa que entonces está condenada.
Esto está recogido en un dogma que se puede leer en el libro de Neuner-Roos, número al margen 381, en alemán: «La santa Iglesia romana, fundada por la palabra de nuestro Señor y Redentor, cree firmemente, declara y proclama que “nadie fuera de la Iglesia católica, ni pagano” ni judío, ni no creyente o una persona que se ha apartado de la unidad, puede participar de la vida eterna, sino que caerá en el fuego eterno, que está preparado para el demonio y sus ángeles, si antes de morir no se adhiere a ella ( la Iglesia)».
Hemos dejado claro que según las enseñanzas católicas, por ejemplo, los protestantes, también caen en el fuego eterno o en la condenación eterna. A un miembro de la Iglesia de Lutero se le podría ocurrir pensar: «Yo no creo en ese dogma. No creo lo que se dice en ese libro de Neuner-Roos, puesto que soy protestante. Por ello no estoy involucrado en este asunto» Tal vez aplicando anológicamente la frase «Sal de ella, pueblo Mío» –como se establece en la Biblia– «no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas» (Ap 18, 4). Pero lo que el protestante tampoco sabe es que a él le llueve sobre mojado. Porque aunque en la actualidad ya no se diga abiertamente, las enseñanzas de la Iglesia protestante establecen que las personas están predestinadas; a una parte de la humanidad se le promete la salvación, en base a la arbitrariedad de la volundad de Dios, y la otra parte de la humanidad sucumbirá a la condenación eterna, sin que ella pueda hacer nada en contra. Esta es una enseñanza que en realidad es aún más perversa que la de la Iglesia católica romana. Con seguridad que el protestantismo no es la solución para salir del dilema.
Lo repetimos otra vez con claridad: Lutero enseñó que Dios ya antes del nacimiento de una persona ha determinado que ésta vaya al Cielo o al infierno eterno, es decir, que caiga en las manos del demonio. No obstante, la Iglesia protestante entretanto ha atenuado esto un poco, diciendo ahora que Dios no lo ha predestinado, sino que sólo lo ha «previsto» (…)[6]
Aunque la verdad es que entonces no se necesita de ninguna iglesia. Pues si ya todo está previsto, y si de todas formas pasará de una forma prefijada, entonces uno ya no está en sus cabales si sigue dando su dinero a los representantes de esa institución.
La absurdidad de estas enseñanzas se hace especialmente clara si aplicamos lo dicho a un caso concreto: ¿Qué pasa en un proceso judicial? Cuando alguien comete un delito, siempre podrá decir: «Pues bien, Dios ya antes de mi nacimiento determinó que yo me convirtiera en una persona malvada, o que cometiera un delito terrible. Ahora no se me puede condenar entonces por ello». ¿Qué dice ahora el juez al respecto?
En este caso al juez le pasará como a casi todos los protestanes, esto es, que él no sabrá nada de esto. Pues los protestantes «creen», pero en la mayoría de los casos no saben en lo que creen. El juez probablemente no tomará en cuenta este argumento.
Según la Iglesia, este juez es igualmente un candidato para el demonio, ya que está condenando a quien Dios ya antes de su nacimiento había destinado al infierno. ¿Va entonces también el juez al infierno eterno?
Vemos que aquí se produce una paradoja, que está preprogramada en la enseñanza de la Iglesia evangélica luterana, y que tira por tierra todo ordenamiento jurídico. Una Iglesia que en cuestiones éticas niega la libertad de decisión de la persona, y que le dice: «En base a tu libertad, tú no te puedes decidir entre el bien y el mal, sino que estás predestinado», está negando en el fondo los fundamentos de nuestro orden jurídico, y también nuestra Constitución, que parte de la base de que toda persona tiene la libertad de desarrollarse de acuerdo con sus decisiones, de dar forma a su vida según unas normas éticas. Todo eso no tiene validez si se toman en serio las enseñanzas de Lutero.
Todo el orden jurídico, toda la legislación dejaría de funcionar si se tomasen como base las enseñanzas eclesiales de Lutero. A nadie se le podría condenar por sus delitos porque ya de entrada le faltaría la culpabilidad, y el juez, que a pesar de todo le condenara, se haría culpable por su parte.
Al fin y al cabo, el juez va a para también al infierno porque ha cometido una injusticia. Pero tal vez Lutero salvase al juez diciendo: «También tú estás completamente libre de culpa, porque tampoco tú puedes actuar de otra manera». En este sentido se trata de un círculo vicioso y absurdo de «marionetas de Dios». Aunque Dios es el Dios de la libertad, el Dios del amor, aquí se construye una imagen del ser humano que convierte a las criaturas de Dios en marionetas, que Dios jamás ha creado en esa forma.
¿Necesitamos acaso una legislación, un ordenamiento jurídico, si todos somos marionetas? Unos ya están condenados al mal, otros al bien, unos para ir al Cielo, otros para ir al infierno. Según Lutero no tenemos otra alternativa. ¿Necesitamos entonces acaso una legislación?
Según el principio luterano, nuestro Estado no podría funcionar en absoluto, y por eso simplemente es ignorado. No debemos olvidar una cosa: Suponiendo que el juez negase la libertad de decisión del acusado, tal como hacen Lutero y los suyos, entonces él mismo tendría que declararse irresponsable de sus acciones. Y con eso se aboliría todo el sistema. Habría que poner en internamiento de seguridad tanto al acusado como al juez.
Pensando de manera lógica, habría que plantearse por consiguiente la siguiente pregunta: ¿Necesitamos entonces jueces? ¿Necesitamos una legislación estatal, considerando que según las enseñanzas luteranas toda persona está predestinada, y la enseñanza de la Iglesia católica por su parte determina: Si no crees, estás condenado eternamente? Si la persona ya está condenada por toda la eternidad, ¿para qué se necesita entonces el veredicto de un juez?
Los teólogos católicos se opondrán a esto diciendo que el ordenamiento jurídico del mundo se ha de ocupar de que haya un cierto orden. Entre paréntesis habría que agregar que de un orden también entre los que ya están condenados.
Si se observa detalladamente la enseñanza católica, especialmente las frases que se leen en los libros de Moisés, que según las enseñanzas católicas son la «verdadera palabra de Dios» y que se «iluminan» en el Nuevo Testamento, resulta que en realidad no se necesitaría el ordenamiento jurídico del mundo, pues la última palabra la tiene siempre el sacerdote. De manera que se podría decir que el ordenamiento jurídico sólo está previsto como una tapadera con que cubrirse. En realidad, la que dice lo que ha de hacerse es la Iglesia católica, y el orden estatal del mundo ha de hacer lo que quiere la Iglesia católica. Así aparece el derecho nacional o estatal legitimado en la enseñanza de la Iglesia. También se podría decir: La democracia, en la que el poder parte del pueblo, ha de ser conservada como apariencia. Pero en verdad la casta sacerdotal de la religión predominante quiere determinar lo que hay que hacer.
Pensemos ahora en lo siguiente: ¿Qué pasó con Jesús de Nazaret? ¿Quién lo mató? No fue el poder de la ocupación romana, el poder estatal de aquel tiempo, sino que fue la casta sacerdotal. Puede que ahora la pregunta suene un poco rara, pero: ¿Necesitamos jueces del mundo? La respuesta podría ser que: según la Biblia y las enseñanzas de la Iglesia, sí que se les necesita, para que la casta sacerdotal pueda tener una tapadera con que encubrir sus violentas y despóticas operaciones.
Tanto para la Iglesia protestante como para la católica, el gobierno del Estado ha de ser en todo caso la prolongación de su brazo. El gobierno es el que lleva a cabo las cosas mientras el pueblo lo permita.
Así se dice desvergonzadamente en el libro de Neuner-Roos (número al margen 434): «Nosotros determinamos que la Santa Sede apostólica y el obispo de Roma tengan la pimacía sobre todo el orbe».
¿No habría que decir entonces que al pueblo se le hace creer que existe la democracia, pero que en realidad detrás de la democracia está la dictadura de la Iglesia? Si se tiene en cuenta que la Iglesia exige de sus creyentes que en toda situación, ya sea privada o profesional, procuren que se imponga[7] la enseñanza cristiana, entendida desde el punto de vista de la dogmática eclesiástica, se ve que aquí la ideología de una organización está siendo puesta por encima del ordenamiento jurídico del Estado. Dado que se trata de una ideología totalitaria, que no quiere tener nada que ver con la democracia, se podría decir sin duda alguna que en este caso una dictadura está intentando dominar a una democracia.
Naturalmente que siempre hay que establecer una diferencia entre los axiomas programáticos y la pregunta de si estos pueden ser puestos en práctica en la realidad. Los axiomas programáticos totalitarios que conocemos de la Iglesia católica pagana de culto, de hecho y como axiomas programáticos son sumamente peligrosos.
Más de uno dirá: «Bueno, pero en la realidad no se llegan a poner en práctica».
Al respecto resulta interesante el hecho de que el ya mencionado cardenal Meissner, últimamente exigió, entre otras cosas, que el partido alemán CDU (Unión Democrática Cristiana) quitara la C de las siglas de su partido, no porque ni el CDU ni la Iglesia católica tengan algo que ver con las enseñanzas de Cristo, sino que él ha dicho aproximadamente: «¡Nosotros determinamos lo que es cristiano!». Meissner ha dejado en claro que el partido no actúa conforme con sus ideas estrictamente reaccionarias (Información de la agencia de prensa protestante alemana epd del 5.6.2005). Es decir que por lo visto estos axiomas programáticos de la Iglesia no están sólo sobre el papel, sino que se llevan a la práctica. Y a quien aún dude de ello, se le recomienda que lea el libro de Gabriele «Para pensadores analíticos experimentados. Descubra usted la verdad. El poder de la Iglesia y del Estado y la justicia de Dios» (que se encuentra en traducción al español).
En este libro se explica con una claridad y una precisión increíbles cómo funcionan estos mecanismos. Los hilos del Estado democrático son movidos en realidad con frecuencia por la casta sacerdotal. Y si usted no lo cree, le invitamos a leer este libro.
Después de haber escuchar tantas cosas sobre la absurda fe eclesiástica pagana, queremos reproducir un breve fragmento de este libro. En la página 75 (en alemán) se lee:
«Cada vez más personas se vuelven críticas con respecto a la fe de la Iglesia. Originalemente eran de la opinión de que Dios era la Iglesia. Dado que ya no están de acuerdo con la Iglesia, dudan ahora de la existencia de Dios. ¿De qué Dios? ¿Del «Dios» que enseñó y enseña la Iglesia? ¡Dios no es el Dios de la Iglesia! ¡Cristo no es el «Cristo» de la enseñanza eclesiástica!
Si en el tiempo actual no hubiese venido el Espíritu de la Verdad eterna en Su Palabra, muchos verdaderamente no sabrían quién es Cristo y lo que hay que pensar de Él. No sabrían que se pueden acercar a Él y que Le pueden captar si se dirigen a Él, que vive en su interior. Jesús predicó el Reino de Dios en nosotros. Él nos enseñó a retirarnos a un aposento tranquilo: «… Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6, 6).
Estimados oyentes, estimadas oyentes, estimados lectores, si ustedes también pertenecen a esas personas que ya no pueden creer en el Dios ni en el Cristo de la Iglesias, intenten poner en práctica lo que nos enseñó Jesús de Nazaret. Nosotros cristianos originarios lo hacemos así, preparamos un lugar tranquilo en nuestra casa, puede ser un pequeño rincón bien decorado de nuestra habitación, en el que nos podemos retirar para rezar. Pero también pueden salir a la naturaleza, escuchar los sonidos de la naturaleza, quedándose en silencio, y rezar así a Dios, su Padre. Experimentarán que ese es el camino más rápido para acercarse a Dios en su interior.
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En el Tomo 1 de la serie «Sólo para personas despiertas y con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» están contenidas las emisiones de radio desde la primera a la quinta.
Este libro lo puede adquirir si lo desea en la Editorial La Palabra.
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