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La magia de las ceremonias eclesiásticas


El pagano «comerse a Dios», las particularidades de la aparentemente cristiana fiesta de la eucaristía

¿De dónde vienen las muchas ceremonias que imprimen su sello al carácter de la Iglesia, especialmente de la Iglesia católica?
¿De dónde viene, por ejemplo, el denominado día del Corpus, y qué significa «corpus»? La palabra «corpus» hace referencia al cuerpo de Cristo. El día del Corpus significa la adoración del cuerpo de Cristo, o de aquello que la Iglesia considera el cuerpo de Cristo, esto es, la hostia. Según la creencia católica, la hostia es el cuerpo de Jesucristo, pero no sólo simbólicamente sino de hecho. Esta enseñanza fue dogmatizada en el año 1215 en el concilio lateranense y no tiene nada que ver con el cristianismo de los orígenes. En el día del Corpus la hostia se saca a pasear en procesiones y es mostrada a todos como señal de los poderes supuestamente mágicos que partirían de ella.
Como sabemos, los primeros cristianos no tenían ninguna cena ritual. Comían juntos sencillamente, tomaban una comida festiva, la comida del amor, el ágape. Y de este ágape se desarrolló después la cena ritual de la Iglesia, que tiene un origen pagano. En los cultos paganos tales cenas existían de múltiples maneras, en parte cenas sangrientas donde se sacrificaban animales, como p. ej., en el culto de Mitra o en el de Atis. En parte había también comidas en las que se tomaba agua y pan, o vino y pan. Estos son los comienzos de la cena ritual que luego se asentó en la Iglesia. Tanto hoy como en aquel entonces la base era el concepto de que mediante el sacrificio –de un animal o justamente de un Dios que se sacrifica por los hombres, o es sacrificado– las personas estarían liberadas de la carga de sus pecados. Entonces ellas mismas ya no necesitan hacer nada, no necesitan volverse activas, no necesitan trabajar en sí mismas, no necesitan cambiar ellas mismas, sino que mediante ese sacrificio quedan ya supuestamente redimidas como de manera automática.

Las similitudes con el paganismo son notables y con toda seguridad no casuales. Hasta la famosa fórmula «Ite missa est», que dicen los sacerdotes católicos a los creyentes, habría sido sacada textualmente del culto a Isis, según describe el historiador francés Robert Kehl.1 Especialmente significativo es, no obstante, que esa comida –como en las religiones místicas paganas– era al mismo tiempo un comerse el cuerpo de «Dios» y un beber su sangre, una comunión que representa el «comer a Dios». Por ejemplo, también en el culto pagano a Osiris se creía realmente lo mismo que los católicos tienen que creer hoy en día, que en la «cena sagrada» se comen la carne del dios sacrificado. Según Robert Kehl, incluso la fórmula de transformación que se utiliza en las misas católicas actuales se encuentra esencialmente en aquellos cultos paganos, de donde se ha transmitido textualmente: «Di siete veces: Tú eres vino» –entonces viene la transformación–, «No eres vino, sino la sangre de Atena.» «Tú eres vino» – entonces tiene de nuevo lugar la transformación – «No eres vino, sino la sangre de Osiris, las entrañas de Jao» – y con ello estamos ya con la carne.

Las fiestas paganas de la eucaristía tienen muchas cosas en común con las actuales misas católicas. Tanto en unas como en otras el sacerdote se lavaba antes las manos, era asistido por monaguillos, había vestiduras especiales para la misa; además se utilizaban hostias con crucifijos tallados. En los momentos culminantes de la festividad –por ejemplo, cuando se muestra la hostia o el cáliz o el «dios», es decir, mientras el sacerdote de Isis mostraba su dios al pueblo, de modo parecido a como se hace en la transformación católica– se dice que los dos monaguillos que tenía a su lado agitaban el sonante sistro egipcio, que corresponde a la actual campanilla católica de los monaguillos.2
Una conocida obra sobre el catolicismo3 resume de la siguiente manera el mecanismo realizado por el sacerdote en la misa católica:
«El sacerdote hace seis veces la señal de la cruz, se da vuelta seis veces hacia los feligreses, eleva once veces sus ojos al cielo, besa el altar ocho veces, dobla cuatro veces sus manos, se golpea el pecho diez veces, inclina veintiún veces vez su cabeza, se arrodilla ocho veces, inclina siete veces sus hombros, bendice treinta veces el altar con la señal de la cruz, pone veintinueve veces las palmas de las manos sobre el altar, reza once veces en voz baja, reza trece veces en voz alta, toma el pan y el vino y lo transforma en el cuerpo y la sangre de Cristo. Tapa y destapa diez veces el cáliz, y va 20 veces de un lado para otro.»
Puede que alguien encuentre esto gracioso, ¡pero de veras que va en serio!: Si el responsable de una comunidad cristiano originaria hubiera organizado un circo tal durante la celebración de una cena con el Señor, lo hubieran llevado seguramente a un manicomio o lo hubieran echado de la comunidad. Y, ¿puede alguien imaginarse que Jesús, el Cristo, habría puesto en escena un culto o un espectáculo semejante durante Su última cena? Seguro que no.
¡Esto no es lo que enseñó Jesús de Nazaret! El pan y el vino deberían servir únicamente como símbolo de la entrega de Su cuerpo y de Su sangre. Hacer de ello una ceremonia va en contra de lo que Jesús, el Cristo, quería y quiere. Toda persona debería simplemente recordarle a Él en sensaciones, pensamientos, palabras y actos. Esto significa entonces que todo esto había que entenderlo como símbolo, pero la Iglesia hizo de ello un ritual, apoyándose para hacerlo en los cultos paganos. Además, ha añadido todavía algunos ornamentos más para presentar la ceremonia de modo especialmente misterioso e impresionante.
Cuando en el día del Corpus es llevada la hostia por las calles en una procesión festiva, visto desde un punto de vista neutral esto resulta bastante impresionante. También este rito procede del paganismo, pues p. ej., en el antiguo Egipto era costumbre realizar procesiones en que las divinidades eran transportadas en relicarios por las calles. Esto puede leerse todavía en la piedra de Rosetta.
La Iglesia católica lo ha estipulado férreamente, por ejemplo, en el libro de Neuner-Roos que lleva por título «La fe de la Iglesia en la proclamación de la enseñanza» (ver nota en la pág.17 del primer tomo de esta serie), bajo el No. 582: «Quien diga que en el sagrado sacramento de la eucaristía, Cristo, el único Hijo nacido de Dios, no pueda ser adorado con el homenaje externo que requiere la veneración a Dios y que por ello Él tampoco debería ser homenajeado con una fiesta especial ni menos se le debería llevar solemnemente de un lado a otro en procesiones, de acuerdo con los loables y ampliamente extendidos usos y costumbres de la Santa Iglesia, o que no se debería mostrarlo públicamente al pueblo para que lo adore y que los que lo adoran son idólatras, quien diga esto ha de ser excluido.» Sabemos que «excluido» significa en última instancia tanto como «condenado».
Lo que sabemos de la procesión del Corpus y de otras muchas cosas ya existía efectivamente en los tiempos del paganismo. Aquí se llega hasta los detalles más mínimos. También en el paganismo existían los lugares donde había que detenerse, los altares, que los creyentes podían erigir ante sus casas y donde después la procesión se detenía brevemente. Había procesiones nocturnas con antorchas y velas, en las que se cantaban diversas melodías. También había nuevos iniciados vestidos de blanco –pensemos en los niños durante la primera comunión–, etc. Y estos rituales paganos los encontramos hasta en los más ínfimos detalles en los de la Iglesia católica.

Por otro lado, existe desde el punto de vista católico la denominada «profanación de la hostia». Todo aquel que no trate la hostia como debería hacerlo de acuerdo con la fe católica es considerado un sacrílego. En tiempos pasados tales personas eran ajusticiadas por la Inquisición. Sobre todo se culpaba a los judíos de profanar las hostias. Hace pocos años, en Indonesia se condenó a un hombre a varios años de prisión por haberse llevado a casa una hostia que había sido bendecida antes por un sacerdote.
Un profanador de hostias desde el punto de vista católico debería ser también el escritor alemán Arno Holz, que vivió a principios del siglo XX y escribió el siguiente poema:
«Sí pues, yo digo, más útil que toda Biblia y breviario
son por el momento nuestros silabarios.
Pues sólo un tonto hoy su pescuezo inclina
ante dioses amasados del trigo su harina.»
Que los «dioses» católicos son amasados de harina de trigo, como lo describe Arno Holz en su poesía, es algo que por lo demás la Iglesia vaticana lo ha prescrito. En el Código del derecho canónico, es decir, del derecho eclesial católico, se puede leer en el canon 924, § 2, lo siguiente:
«El pan tiene que estar todavía fresco y se debe amasar con harina de trigo pura.» O sea que probablemente la transformación de una hostia funciona sólo con harina de trigo. Aquí se tiene la impresión de que los ingredientes «correctos» son lo más importante, así como en la magia o en la brujería.

En el paganismo se creía que mediante los rituales, la fuerza de la deidad se traspasaba a los hombres. Una semejante transmisión de fuerzas mágicas la encontramos todavía hoy en la Iglesia católica. Los católicos están convencidos de que cuando van a comulgar experimentan un fortalecimiento especial de su alma.
En su libro «Los secretos de la Iglesia» (Die Geheimnisse der Kirche), el autor alemán Robert Kehl escribe lo siguiente:
«Los creyentes –aquí él se refiere entre otras cosas al culto a Osiris– ya en los misterios paganos se imaginaban en todo lo que comían o bebían, por ejemplo, pan y vino, que el cuerpo y la sangre de la divinidad estaban realmente presentes.»4
Este dogma de que la divinidad está presente de forma real en la hostia y en el vino era ya en la antigüedad objeto de discusiones. Doctores de la Iglesia y también Papas se opusieron a ello, hasta que en el año 1215 esta tesis fue declarada definitivamente como dogma.
Una persona moderna que piensa, puede que en este caso se quede perpleja y se pregunte: ¿No es una forma de canibalismo, cuando un Cristo real –en forma de hostia– es comido por los fieles? Seguro que es así. En las culturas de la edad de piedra se partía de la base de que la fuerza del enemigo muerto se traspasaba al que se lo comía. En este caso esto es similar.
Hay que decir a este respecto que los sacrificios de toros en el culto a Atis fueron realizados bajo la actual basílica de san Pedro. Bajo ella hay un altar pagano de sacrificio donde se llevaron a cabo tales sacrificios sangrientos a aquel dios.

Obeliscos, símbolos de cruel despotismo, posibilitaron el tomar contacto con «deidades», con fuerzas demoníacas

A propósito de la basílica de san Pedro. Ante ésta hay una piedra enorme, un obelisco. Los obeliscos vienen de Egipto. Allí eran adorados en el culto al sol. Un obelisco representa una pirámide: los rayos petrificados del dios sol; ellos posibilitan la comunicación desde los ámbitos terrenales hacia los de los dioses, y a la inversa.
En total fueron trece los obeliscos llevados de Egipto a Roma. En su mayor parte están frente a una iglesia, entre otras, ante la basílica de san Pedro, también ante el Palacio Laterano. En última instancia no simbolizan otra cosa que idolatría. También aquí se ha cubierto esto con el manto de cristiano, tal vez se le agregó una cruz y se dijo entonces que era cristiano. Pero todo esto no es más que una adoración pagana a los dioses.

Entonces hay que preguntarse: ¿Se puede tomar contacto con fuerzas astrales a través de un semejante obelisco?
En el antiguo Egipto así se creía, puesto que, como se describe en Wikipedia, la enciclopedia libre, un obelisco «representaba la unión entre el mundo terrenal y el de los dioses». Preguntemos entonces: ¿Qué cosas se mueven en realidad en el Vaticano? ¿Qué pretende el Papa con los obeliscos? Los Papas siempre tomaron parte en el establecimiento de tales obeliscos y tal vez ellos saben de qué manera se pueden establecer contactos a través de tales piedras.
En vista de que el mundo de los dioses es el mundo astral, y éste es satánico, se podría deducir y sacar la conclusión de quién es el que realmente ejerce influencia sobre la silla de san Pedro.

El Papa más importante que hizo erigir un obelisco, directamente frente a la basílica de san Pedro, fue el Papa Sixto V. Éste rigió sólo 5 años –del 1585 al 1590–, sin embargo, tenía la suficiente ambición como para querer establecer una nueva Roma. En su reino, en el llamado Estado de la Iglesia, provocó miedo y terror con su despiadado proceder en contra de la población. Proclamó la pena de muerte, por ejemplo, en el caso de aborto, de alcahuetería y robo. Con el gran número de personas culpables, actuó a su manera con procesos breves, bajo el lema: «En tanto yo viva, debe morir todo criminal.» Y en la realidad «hizo decapitar a numerosas personas exponiendo públicamente las cabezas cortadas en puntas de lanzas, a modo de intimidación. En Roma se decía entonces que poco después en el castillo de san Ángel se veían más cabezas cortadas que melones en el mercado».6 Pensemos ahora una vez más en los obeliscos y veamos que no es una casualidad que este hombre, que hizo decapitar y exponer cabezas en lanzas o picas, ordenara también erigir un obelisco, que entre paréntesis en griego significa «pica» pequeña.
El obelisco que está ante la basílica de san Pedro, los romanos lo trajeron originalmente desde Egipto, erigiéndolo al comienzo en el circo de Nerón, donde tuvieron lugar muchas ejecuciones, también de cristianos. También aquí se muestra de nuevo que el obelisco es un símbolo de extrema violencia y crueldad.
Interesante resulta también saber que este obelisco estaba justamente en el centro del paganismo egipcio, en el templo de Bet-Shemesch o también llamado Heliópolis. Probablemente hay aquí un profundo simbolismo en el hecho de que el mismo obelisco esté ahora ante la basílica de san Pedro.

Considerando sólo los aspectos externos del obelisco, éste pesa 320 toneladas, mide 40 metros de largo y es de granito rojo, además de ser sumamente pesado para haber sido transportado en aquella época. No obstante, el Papa Sixto quería trasladarlo a toda costa para ponerlo frente a la basílica de san Pedro. Y en caso de que el obelisco durante el difícil transporte sufriera algún daño, el Papa amenazó con la pena de muerte al ingeniero constructor encargado para el caso. Al final lograron erigir el obelisco el 10 de septiembre de 1585 empleando 45 cabrias, 160 caballos y 800 obreros, aunque la empresa estuvo a punto de fracasar.7
Fue un enorme esfuerzo el que hizo falta para mover un monolito tan grande. Se tardaron varios meses hasta que la piedra estuvo al fin en el lugar adecuado. Debemos recordar que este monolito es un símbolo del dios sol egipcio Amón-Ra, que está emparentado con Baal, de la mitología cananita y babilónica. Esta piedra imponentemente simbólica recordaba también que la diosas Istar (o Astarté) había sido ejecutada, porque se había apartado de este dios Amón-Ra o Baal, habiendo sido empalada sobre una pica. La pica –así como también el obelisco– es por tanto un instrumento de ejecución y una señal de advertencia a todos los adversarios de aquella deidad, para que no se apartaran del culto a ese «dios».8
Puesto que este obelisco es un símbolo de un despotismo violento y cruel, hay que preguntarse: ¿Por qué fueron los romanos los que trajeron precisamente este obelisco desde Egipto, y por qué mil años más tarde un Papa hizo erigir este obelisco, haciendo para ello un despliegue de energía tan grande? Este Papa hizo instalar un segundo obelisco ante el Palacio Laterano, el domicilio papal de aquel tiempo. Más tarde, otros déspotas, como Napoleón, erigieron tales obeliscos en sus ciudades. Uno está en París, otro en Londres, y otro igualmente en Nueva York. Vemos cuán grande acogida ha tenido este símbolo mágico en el llamado «occidente cristiano», como símbolo de tiranía, de dominio violento y como símbolo de unión mágica con el demoníaco «mundo de los dioses», al fin y al cabo con el dios de los infiernos.

El carácter mágico de las ceremonias eclesiásticas, tomado del culto vudú

Con elementos de lo mágico uno se encuentra una y otra vez en el catolicismo. Los obispos deben llevar una cruz que contiene una reliquia. En un libro católico9 se explica al respecto que esto sirve para defenderse de fuerzas adversas. Pero también otros ritos católicos tienen caracteres mágicos.
Para personas que viven en occidente, resulta algo normal que una iglesia tenga una campana que se hace repicar. ¿Pero por qué se hace esto? ¿Y por qué se bendicen las campanas? Cuando alguien lee sobre ello, se encontrará una y otra vez con aspectos rituales mágicos. Por ejemplo, sobre las campanas leemos lo siguiente: «Ella sirve para defenderse contra toda fuerza demoníaca. Dado que una campana no bendecida está bajo el poder del demonio, la Iglesia practica la bendición de las campanas. Y a las campanas bendecidas se les adscriben fuerzas maravillosas, por una parte a su sonido, pero también al brillo del metal, al metal pulido o a la cuerda de la campana. Estas cosas se utilizaban antiguamente como remedios curativos en la medicina popular.»10
Todo esto se encuentra también en el culto vudú, con el que existen muchos paralelismos. También en el culto vudú se utilizan la campanas. Los que lo practican, saben qué sonidos atraen a qué espíritus, cuán a menudo tienen que tocar las campanas y con qué ritmo. Otros paralelismos: en los cultos paganos se conocen las botellas-fetiches, al contenido de las cuales se le atribuye una fuerza milagrosa. En la edad media podía adquirirse en las iglesias católicas –y todavía hoy, p. ej., en Lourdes– agua bendita embotellada. También el agua bendita, el incienso, todas estas cosas existen en el culto vudú y tienen mucho que ver con la magia. En definitiva, todo esto sirve como invocación de los llamados «dioses», es decir, como «conjuración» del mundo infernal, de los demonios.

Muy significativo es también el besar el suelo, un antiguo ritual del culto vudú que el Papa Juan Pablo II practicó en sus numerosos viajes. Cada vez que descendía del avión, lo primero que hacía era besar el suelo. Muy pocas personas saben que esto tan sólo lo hacen los sacerdotes del vudú. Uno se pregunta con curiosidad si el nuevo Papa seguirá practicando este rito. En cualquier caso, ni de Jesús ni de sus apóstoles se sabe que practicaran estos rituales.
Lo que en parte practica la religión católica, o lo que ha practicado durante siglos, sobrepasa en mucho las prácticas del culto africano del vudú. Aquí cabe mencionar sólo un ejemplo: el del despedazamiento de los cadáveres de los obispos de la ciudad bávara de Würzburg.
Desde 1150 hasta comienzos del siglo XIX, los cuerpos de los obispos de Würzburg eran abiertos después de su muerte, y sus entrañas se sepultaban en la iglesia de la fortaleza de la ciudad. El corazón iba de viaje la mayoría de las veces como reliquia, e iba a parar casi siempre a un monasterio. ¿Por qué? «Con ello los obispos querían asegurarse las oraciones de los monjes», se afirma textualmente. Como justificación se tomaba la frase de Jesús de Nazaret del Sermón de la Montaña: «Donde esté vuestro tesoro, estará también vuestro corazón.»11
El cuerpo del fallecido se revestía con la ornamentas obispales, con la mitra y el anillo, y como objetos de enterramiento se utilizaban casi siempre el báculo obispal, un cáliz o incluso una espada. Este ritual de los objetos de enterramiento no tiene un trasfondo cristiano, sino que es una costumbre pagana. Son conocidos los objetos que se incluían en los sepulcros de los faraones egipcios y de otros pueblos paganos.
Tampoco el ritual del despedazamiento de los cadáveres tiene un trasfondo cristiano, sino pagano. En leyendas antiguas se dice que cuando murió el rey Nimrud de Babilonia, déspota y cazador, le fueron arrancados cada uno de los miembros de su cuerpo. Una parte fue enterrada en un lugar, otra parte en otro lugar12. Este ritual mágico de Babilonia pudo servir de inspiración a los obispos de Würzburg.
Si alguien piensa que todo esto ya no existe en la actualidad, tal vez pase por alto los titulares del periódico de mayor tirada de Alemania, que anunciaba que los polacos católicos querían el corazón del Papa muerto, para conservarlo en Polonia separado de cuerpo.

El bautismo de los recién nacidos: forzada afiliación de menores de edad, menosprecio masivo del libre albedrío

También rituales como, por ejemplo, el bautismo, están llenos de magia, y este rito mágico procede del paganismo. En el libro de Robert Kehl «Los secretos de la Iglesia» encontramos interesantes detalles acerca del bautismo, sobre cómo era practicado en los cultos paganos. Allí se hace alusión al «sumergimiento o inmersión en agua..., al regar con agua, al soplar, al ungir con saliva, al vestir de blanco a la persona que iba a ser bautizada, a la idea de que el bautismo expulsaba a los demonios». Además se menciona «la fiesta que se hace a continuación y el regalo al recién bautizado». Había «velas... padrinos, horas de enseñanza de bautismo, a las que tenían que someterse obligatoriamente los alumnos de los catequistas, y también el bautizo de emergencia, el bautismo de los niños y la festiva promesa de bautismo».13
Vemos que muchas cosas que eran totalmente normales en el paganismo fueron adoptadas por la Iglesia y ahora son también totalmente normales en ésta, lo que constituya una enorme abundancia de influencias paganas. Los primeros cristianos por su parte sólo conocían una acogida festiva en la comunidad. Y aquí se trataba naturalmente de personas adultas, que daban este paso de forma totalmente consciente y libres.
El bautismo de los niños se introdujo sólo en los siglos V y VI. Y ¿qué significa el bautismo de los niños, es decir, de los recién nacidos? Es la afiliación forzada de niños pequeños que no pueden decidir por sí mismos. Se les «incorpora» sin miramientos en una institución, y con ello ya desde pequeños se encuentran prácticamente apresados en ella, en una institución mágica que en última instancia trabaja con las fuerzas de los infiernos.
La institución llamada Iglesia conoce esos procesos mágicos. Existe un libro al respecto de Egon Petersdorf (Demonología I), que era tesorero secreto papal cuando lo escribió, y que se ocupó intensamente del aspecto de la aplicación de las facultades demoníacas. La Iglesia católica sabe muy bien –como, por ejemplo, fue y es en el caso del obelisco– que existen lugares en los que principalmente se practican cultos a los ídolos y a los demonios, y que los demonios –como dice la misma Iglesia católica–, tienen preferencia por estos lugares. La silla de san Pedro y sus «iniciados» creen en estos lugares y en estos símbolos manifiestos que dan al demonio la posibilidad de actuar.

A la acción de los demonios pertenece también el no respetar el libre albedrío, así como, p. ej., el bautismo de los recién nacidos es una trasgresión flagrante del libre albedrío. En relación a esto existe un suceso interesante del que nos informa la revista alemana FOCUS n°. 20/2005, pág. 44. Allí se lee que dos niños de 8 y 10 años tenían ellos mismos el deseo de recibir clases de religión y de ser bautizados. Con esto se podría pensar que la Iglesia habría de alegrarse por ello, pero nada más equivocado. A la Iglesia esto le resultó incluso algo bochornoso. Y así se pudo leer después en la declaración del arzobispado de Munich al respecto: «Aún y cuando muchos padres se pregunten si en un asunto tan importante pueden tomar la decisión por sus hijos, sin el consentimiento de estos», es sin duda «obvio» que ha de favorecerse un bautismo «lo más tempranamente posible».
Que los sacerdotes no encuentren bien el bautizar a los niños con 8 o 10 años, no es de extrañar, pues eso va en contra del bautismo de los recién nacidos y limita por ello el poder de la Iglesia. Los padres que rechazaban el bautismo de los recién nacidos y no bautizaban en seguida a sus hijos, fueron ya en tiempos de la Reforma perseguidos y ejecutados como «anabaptistas», tanto por la Iglesia católica como por la luterana.
En el siglo III la Iglesia afirmó, tal como escribe el historiador Karlheinz Deschner en su libro «Y una vez más cantó el gallo»: «...el primer grito del recién nacido al venir al mundo, que no sea un grito de queja..., sino el grito del niño reclamando el bautismo.»14
Es así que hoy en día mediante el bautismo uno se hace miembro de la Iglesia con todas las consecuencias y efectos legales que esto conlleva. O sea que un recién nacido bautizado que recibe una herencia, en seguida tiene que pagar impuestos a la Iglesia. Ya una semana después de su bautismo tiene validez el que: si recibe una herencia, tiene que pagar los impuestos a la Iglesia. El demonio es un buen negociante.
Esto existe también en la Iglesia evangélica luterana. Hace algunos años, los padres de un recién nacido, que eran muy acaudalados, tuvieron que requerir los servicios de un abogado. Su hijo había sido bautizado por una enfermera en el hospital justo después de nacer, sin que sus padres fueran informados de ello. Cuando este bebé recibió pocos meses después una herencia muy cuantiosa, le llegó en seguida una notificación sobre la recaudación a favor de la Iglesia. Entonces se tuvo que iniciar primero un proceso, en el que hubo que ir a través de dos instancias para demostrar que este bautismo había sido un acto «forzado», porque los padres no tenían conocimiento de ello. La verdad es que el bautismo es siempre un acto forzado. Sin embargo, normalmente se dice que si los padres consienten este acto de imposición, es entonces algo permitido. Pero en el caso mencionado, ni siquiera los padres tenían conocimiento de ello, y la Iglesia no se avergonzó de reclamar impuestos a raíz de un bautismo hecho a la fuerza por una enfermera.

En el siglo XIX hubo incluso un Papa, Pío IX, que fue beatificado sólo hace algunos años, que hizo quitar a sus padres a un niño judío que también había sido bautizado de urgencia por una niñera, y al que después lo hizo educar para ser sacerdote católico.
Por tales ejemplos se debería estar al fin y al cabo agradecido, pues abren los ojos a todo ciudadano ingenuo y de buena fe. Quien se quita de los ojos la venda del adoctrinamiento y observa sin prejuicios las tradiciones de la Iglesia, no podrá dejar de sacudir la cabeza lleno de asombro ante tal cantidad de absurdidades. En el último ejemplo vemos claramente de qué se trata: se trata de dinero, de dinero y otra vez sólo de dinero. De absolutamente nada más.

El encubierto sentido del acompañamiento sacerdotal en la hora de la muerte

Incluso en el último sacramento, el de la extremaunción, justo antes de morir, se trata a menudo de dinero.
La «extremaunción» tiene sus raíces más profundas en primer lugar en la medicina popular de los primeros tiempos. Ciertas clases de aceite tienen un efecto desinfectante. Ya en la antigüedad se sabía que las aplicaciones de aceite podían curar. Luego se pensó que el aceite podía sanar tanto el cuerpo como el alma. Se pensaba que el aceite podía incluso expulsar a los demonios. Por eso ya los sacerdotes de los tiempos paganos se apropiaron de esta unción con aceite haciendo de ello un ritual. Ungían, por ejemplo, a reyes, ungían a sacerdotes. En cualquier caso, mediante el ritual de la unción, el lazo –obligado– entre la casta sacerdotal y los correspondientes poseedores de cargos oficiales fue estrechado más firmemente.
Los primeros cristianos conocían el efecto curativo de los aceites, los apreciaban como sustancias que reconstituyen y sanan el cuerpo y los aplicaban de manera correspondiente. Pero entre ellos cualquiera podía utilizar el aceite o llevar a cabo la unción. Del Nuevo Testamento sabemos que una pecadora ungió con aceite los pies de Jesús de Nazaret.
Los jesuitas Matthew y Dennis Lynn escribieron sobre este tema lo siguiente: «Hasta el siglo VIII la unción llevada a cabo por laicos no sólo era tolerada, sino que se propiciaba. Más tarde, sin embargo, la unción sólo quedó reservada a los sacerdotes.»15
También aquí los sacerdotes se apropiaron de algo, lo monopolizaron y convirtieron en un ritual; con ello se hicieron indispensables porque sólo ellos podían llevarlo a cabo. Y así empezaron a acompañar a las personas en su último viaje, transmitiéndoles de manera mágica la impresión de que sólo ellos estaban en condiciones de ayudarlas en el momento de morir. Esto sucedió posiblemente también con la idea de que lo último que debería ver esta persona era un sacerdote y un ritual eclesiástico, una imagen con que la persona se va al Más allá, y a la que queda también atada como alma.
En muchos cultos paganos también se le da algo al fallecido, pensando que donándoselo en esta vida se puede influir sobre su alma en el Más allá.
En la práctica se trata hoy en día de un sacramento muy influenciado por el miedo, porque de esta manera el sacerdote se convierte en algo así como el mensajero de la muerte. Cuando aparece en la puerta con la botella de aceite para ungir, para el enfermo o el moribundo eso significa más o menos que: ahora ha llegado el de la guadaña.
Precisamente en casos de defunción es también recomendable estar bastante alerta por otros motivos, pues en sus últimas horas muchas personas donan a la Iglesia una gran parte de su fortuna. Se conocen casos en que los herederos reaccionaron con suma indignación al enterarse de que poco antes del fallecimiento, en presencia del sacerdote había tenido lugar la transferencia de una fortuna a favor de la Iglesia.
En la «extremaunción» se trata entonces de una mezcla de rituales de unción externos procedentes del paganismo, unidos a consideraciones y propósitos muy prácticos: aquí lo que se hace es ungir a alguien ingresándolo definitivamente en el cuerpo de la Iglesia, con lo que esta persona tal vez puede hacer después en lo terrenal algo a favor de la Iglesia.
Un pensamiento «herético» al respecto: la persona en el lecho de muerte de cara al frasco de aceite cree ver al «de la guadaña». Esto es cierto en muchos casos, pues esta figura de la guadaña siega al mismo tiempo al moribundo sus últimas pertenencias.
La caza de herencias fue realmente algo terrible. Ya en la antigüedad, la Iglesia predicaba en parte que era pecado dejar herencia a los hijos. Con ello se le decía prácticamente a la gente: si queréis ser buenos cristianos, donad vuestra fortuna a la Iglesia y no se la deis a vuestros hijos.
Éste es también posiblemente el verdadero motivo del celibato, pues así se evitaba que los sacerdotes pudieran dejar en herencia legalmente algo de las propiedades de la Iglesia a posibles sucesores. Los descendientes ilícitos desde ya no tenían que ser tenidos en cuenta en la herencia.
Ya en el Siglo IV la captación o caza de herencias por parte del Papa Dámaso de entonces adquirió tan grande dimensiones que tuvo que intervenir el emperador. Para no caer en la sospecha de ser herejes, a la hora de la muerte muchos terratenientes donaban a la Iglesia una parte de sus tierras o de su fortuna. Pues también un muerto podía ser acusado de herejía, para poder robar así toda la herencia a sus descendientes. El Papa Alejandro III ya en 1170 dispuso que ningún testamento que no estuviese hecho en presencia de un sacerdote era válido. Cualquier notario laico que redactase un testamento sin tener en cuenta esta disposición papal, era condenado con la excomunión. Además, la Iglesia reclamó para sí el derecho exclusivo de confirmar legalmente un testamento. Las herencias testamentarias a favor de la Iglesia, según ésta eran un remedio seguro para acortar el tiempo de sufrimiento en el purgatorio. Así, el miedo al infierno no sólo hacía enfermar a los creyentes, sino que también aportaba y sigue aportando a la Iglesia grandes sumas de dinero.16 Por desgracia, hoy en día existe en este sentido un ámbito oscuro e impenetrable de obtener informaciones, y pocas veces llega un escándalo tal a la opinión pública. Pero cuando alguien agudiza los oídos y pregunta por aquí y por allá, se entera de que esto aún se sigue practicando a menudo.

Interesante es ahora la pregunta: si un moribundo no recibe este último sacramento, ¿puede su alma a pesar de ello entrar en el Cielo, o la Iglesia lo ha vuelto a condenar una vez más?
Según la teología católica es así que si el moribundo en el lecho de muerte no ha creído en uno de los dogmas católicos o, por ejemplo –como recientemente ha apuntado apasionadamente el Papa actual–, ha vivido en pareja sin «certificado matrimonial», se encuentra en un grave estado de pecado. Y si además no se lleva a cabo el acto mágico de la confesión, según el punto de vista de la Iglesia el alma de este moribundo va a parar irremediablemente al infierno eterno. La extremaunción se intenta combinarla con una especie de absolución. Si el moribundo aún está en condiciones de arrepentirse de sus pecados, puede ser que la unción sacada del frasquito de aceite le traiga la salvación en el último segundo, por lo demás, un concepto algo extraño de lo que es la justicia.
Pero si el moribundo ya no está en condiciones de recibir la unción proveniente del frasquito de aceite y muere en estado de «pecado grave», queda condenado –según la Iglesia– para toda la eternidad. En vista de estos hechos, parece ser que son más los condenados que los que regresan al hogar eterno. Y los hechos lo corroboran. De acuerdo con el dictamen eclesial, la mayor parte de la humanidad está ya asándose en el infierno, y la mayor parte de los que ahora están vivos se encontraría también allí, en caso de que la enseñanza católica fuera verdad.

Se dice que el Papa es el «conductor del orbe terrestre». ¿Hacía dónde conduce él a la humanidad? ¿Al Cielo, hacia Dios, o a la condenación eterna, al infierno? La respuesta a esta pregunta sólo puede ser: según su propia opinión, la mayor parte de la humanidad va al infierno, porque la mayoría de las personas no cree en los dogmas que él anuncia, y mucho menos los sigue. Por tanto, según la opinión del Papa, van a parar al infierno...

 

¿Hacia dónde conduce el Papa a la juventud?

En agosto de 2005 tuvo lugar en la ciudad alemana de Colonia el encuentro mundial de la juventud con el Papa. En un periódico aparecía una foto con muchos jóvenes, bajo el titular: «Papa Benedicto XVI, ¡condúcenos a Jesús!» Por tanto, estos jóvenes creen y esperan ser conducidos a Jesús, el Cristo. ¿Pero hacia dónde son conducidos en realidad?
Son conducidos de tal modo que tengan que colgar su entendimiento en el guardarropa. El Papa actual, cuando todavía era el cardenal Ratzinger y prefecto de la Congregación de la Fe, envió una carta al teólogo Tissa Balasuriya, de Sri Lanka, pidiéndole que se subordinase. Este teólogo tenía en algunos casos una opinión diferente. En esta carta estaba escrito lo que este teólogo tenía que firmar, entre otras cosas la frase siguiente: «Además, acepto con subordinación religiosa del intelecto y de la voluntad, todas las enseñanzas que imparten tanto el Papa como el colegio episcopal, cuando ejercen el magisterio regular, también en el caso de que expongan estas enseñanzas en una forma todavía no definitiva.»
Es decir, que no sólo los teólogos, sino que todos los fieles tienen que subordinar su voluntad y sus enseñanzas, y creer también todo aquello con lo que haciendo uso de su entendimiento no pueden estar de ningún modo de acuerdo, incluyendo lo que no se anuncia de la manera solemne como en el caso de un dogma, sino todo lo que el Papa anuncia incidentalmente de por sí.
El Papa Benedicto XVI conduce a la juventud – ¿hacia dónde? El Papa Benedicto XVI conduce a la humanidad – ¿hacia dónde?
Si de cara a los antecedentes y hechos expuestos consideramos toda la dimensión de los cultos, ritos, dogmas y ceremonias de esta religión, puede decirse que el catolicismo no es otra cosa que una mera religión de momias y reliquias, y hacia allí conduce también lógicamente el Papa a los fieles, porque todo este aparato de mentiras está basado en ello.
¿Y quién está sentado en la silla de San Pedro? La pregunta se la puede responder todo aquel que observa los hechos atentamente. Los representantes de esta Iglesia llevan supuestamente el cuerpo de Cristo por las calles. Se comen este «cuerpo de Cristo». Los representantes de la Iglesia católica llevan huesos como amuletos colgados del cuello, celebran los llamados sacrificios de la misa sobre altares que contienen huesos. Ordenan a sus fieles que adoren huesos de muertos. Y creen que al final todos los huesos volverán a juntarse el día del Juicio final.
Si se toma todo esto en cuenta, uno se imagina que se encuentra en el Egipto pagano o en un círculo mágico, en un culto satánico, en un culto que eleva la materia a la existencia absoluta y que ha eliminado al Espíritu. Por eso, a la pregunta de quién está sentado en la silla de San Pedro, sólo puede haber una respuesta: alguien que es conducido por influencias demoníacas y que anuncia una enseñanza cuyo contenido es demoníaco y que no tiene nada, absolutamente nada que ver con la enseñanza de Jesús, el Cristo.

Los cristianos originarios se alzan en contra de la profanación del nombre de «Cristo»

Esta es la razón por la que nosotros cristianos originarios nos ocupamos después de todo con esta religión pagana de culto, precisamente porque este clan pagano se arroga el derecho de ser cristiano.
Si se llamara según lo que es, esto es, pagano, nadie tendría algo en contra. Pero que el nombre de Jesús, el Cristo, se utilice para conducir de esta manera a los seres humanos al engaño y a la confusión, es el motivo por el que los cristianos originarios se alzan y explican a la humanidad el verdadero trasfondo de las cosas. Por eso nos dirigimos también a nuestros semejantes a nivel mundial con nuestra serie «Para personas con buena capacidad analítica ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?»

Los cristianos originarios nos alzamos para rehabilitar el nombre de Jesús, el Cristo. Después de todo lo que sabemos ahora sobre las creencias paganas de culto de la Iglesia católica, de su culto idólatra, todo aquel que tiene una buena capacidad analítica puede reconocer que todo eso no tiene nada que ver con la enseñanza práctica y genial de Jesús de Nazaret. Y así como fue en todos los tiempos, también es hoy: el mundo divino no calla frente a todo aquello que se hace en su nombre, pero en sentido contrario a su sentido.
En abril de 2005, después de que un Gran Inquisidor alemán tomara posesión de la silla de san Pedro, habló Dios, el Eterno, a través de Gabriele, Su profeta y mensajera para nuestro tiempo, a nosotros los hombres:
«Yo Soy el Dios omnipresente que vive en cada persona y en todas las formas de vida de la Tierra, de todo el infinito. Yo no Soy el Dios de las tradiciones anquilosadas, no Soy el Dios de los dogmas ni de los ritos, no Soy el Dios que hace dependientes a los hombres y los ata a una religión artificial de culto pagano.
Los cabecillas coronados de la Iglesia toman en sus labios Mi nombre y el nombre de Mi Hijo. Astutamente, con una intelectual retórica teológica, adhieren al pueblo a su enseñanza de la condenación, y hacen creer a las personas que Yo estoy con la enseñanza de los seductores eclesiásticos, con sus tradiciones y sus ritos. Pero su corazón está frío y lleno de ansias de poder. Quien escenifica semejante juego de dogmas, no tiene idea alguna del Uno Universal, que Yo Soy, ni de Mi Hijo.»17

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En el Tomo 2 de la serie
«Sólo para personas despiertas y con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» están contenidas las emisiones de radio desde la sexta a la undécima.

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