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 Una obra para que usted pueda consultarla y coleccionarla

La serie de programas de radio «Para personas con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» ha tenido un eco arrollador. Hemos recibido muchísimas cartas expresando la aprobación con lo escuchado, pero también hay muchos oyentes que a raíz de nuestros programas nos han enviado algunas otras preguntas. De la gran cantidad que hemos recibido, nos ocuparemos de una que nos pide aclaración sobre hechos y conceptos básicos.
Pregunta: «Ustedes utilizan una y otra vez términos como “Iglesia”, “Papa”, o “Santo padre”. Normalmente no se piensa sobre el significado de estos términos. ¿Podrían explicarme algo sobre la etimología de estas palabras y qué significado se encuentra tras ellas?».
Comencemos con el término «iglesia». ¿Qué significa el término «iglesia» y de dónde viene? Según el diccionario universal alemán Duden este concepto existía ya en la lengua del alto alemán medio; proviene del griego «kyrikón» = casa de Dios; otra palabra griega más antigua es «kyriakón», que en realidad significaba «(casa) perteneciente al señor», de «kýrios» = señor. Ahora podría añadirse otra pregunta: ¿a qué señor se refiere aquí?
Se refiere a Dios, así lo presenta la Iglesia. Es decir que el término «iglesia» significa casa de Dios. ¡Pero lo que se ve es una casa de piedra! ¿No dijo Jesús, al cual se remite la Iglesia, algo totalmente diferente? Jesús lo dijo de otra manera, de igual modo los profetas. En la Biblia se dice p. ej.: «Aunque el Altísimo no habita en casas fabricadas por manos humanas». (Hch 7,48). Por consiguiente, Dios, el Altísimo, no puede vivir en la iglesia, que es definida como «casa de Dios». A una persona atenta y con buena capacidad analítica no se le pasa por alto la contradicción: la Biblia de la Iglesia ha sido declarada por ésta como la verdadera palabra de Dios. Pero si esto está escrito en su Biblia, ¿por qué afirma entonces que una casa de piedra es la casa de Dios? La respuesta a esta pregunta la encontramos echando una mirada a la historia: el establecimiento de casas de piedra está muy unida a la formación de una institución, de una religión externa en el tiempo del emperador Constantino; pues las iglesias de piedra que fueron construidas en aquel tiempo bajo Constantino, eran imitaciones de los palacios imperiales romanos. Por tanto, se tomó algo de lo mundano, también de lo pagano, se transmitió a la denominada «iglesia» y se habló de la «casa perteneciente al Señor». Puesto que en nuestras emisiones anteriores hemos mostrado todo lo que sucedió y sucede en esta Iglesia y lo que sale de ella, habría que preguntar de nuevo: ¿de qué Señor se trata aquí? ¿Es Dios, el Eterno, o más bien el dios de las tinieblas, de los mundos inferiores, al que pertenece todo esto? Viendo todo con detención, el surgimiento de la Iglesia institucional pasa entonces por Constantino, y Constantino fue toda su vida pagano, se hizo adorar como «dios sol», consultó oráculos y muchas más cosas por el estilo. Sólo al final de su vida se hizo bautizar y al parece pensó que con ello podría limpiarse los muchos crímenes que había cometido. Ya sabemos que esto no es posible, sino que la culpa no expiada se queda en el alma después de que ésta abandona el cuerpo físico. Volviendo otra vez a la Biblia, también los profetas del Antiguo Testamento hablaron contra las llamadas casas de Dios hechas de piedra. Por ejemplo, Dios dijo a través del profeta Isaías: «Los cielos son mi trono y la tierra la alfombra de mis pies. Pues ¿qué casa me vais a edificar?» (Is 66,1). Y en Lucas leemos la palabra de Dios: «El reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17, 21). Y Jesús no dijo: encontraréis el Reino de Dios en una casa de piedra o en una institución determinada, sino que dijo: el hombre mismo es el templo del Espíritu Santo y por consiguiente puede encontrar a Dios en su propio interior. Uno de los cristianos originarios de la mesa redonda, como buen católico fue monaguillo en su infancia, y recuerda que se le inculcaba: «Cuando pases por una iglesia, saluda a Dios, puesto que Dios vive en esa iglesia». Se ha hecho creer a las personas que Dios vive en la iglesia –más exactamente en el tabernáculo–. La contradicción con lo que el Eterno proclamó a través de Sus profetas y a través de Jesús, el Cristo, salta a la vista. De aquí se desprende la pregunta: ¿Viene de Dios lo que está en la Biblia? ¿O viene de Dios aquello que la Iglesia dice? Pues las Iglesias, con sus afirmaciones, y en definitiva con su comportamiento, están en contra de la Biblia que ellos mismos citan.
Una vez más resulta evidente que la Iglesia está en contra de Jesús, el Cristo, a pesar de que hipócritamente se denomina «cristiana». La Iglesia entonces no es cristiana, sino pagana.
Ocupémonos del siguiente término, del cual se nos ha pedido una aclaración. ¿Qué significa «Papa» y de dónde viene este término? ¿Procede del mismo entorno? El término «Papa», se dice en italiano «papa», que significa «Pater patrum», el «padre de los padres». Este título era la denominación del sumo sacerdote pagano del culto a Mitra, que –¿a quién podría ya sorprenderle?– encontró después una aplicación en la Iglesia que se estaba formando. Este título sirvió no sólo –como hoy en día– para denominar al jerarca de la institución católica, sino que también para muchos otros obispos, hasta que el obispo de Roma exigió para él solo esta denominación de Papa (Pater patrum), el título de un sumo sacerdote pagano. El titular de la silla de san Pedro se apoderó del título de otro sumo sacerdote, a saber del sumo sacerdote pagano del imperio romano, y de modo correspondiente se denomina entonces «Pontifex Maximus», cuya traducción es la de «constructor superior de puentes». O sea que también en este caso se puede constatar la toma de posesión de aspectos del paganismo. No obstante, con Jesús esto no tiene nada que ver. Él dijo: «Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar ´Rabí´, porque uno sólo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie ´Padre´ vuestro en la Tierra, porque uno sólo es vuestro Padre, el del cielo». Esto se puede leer en Mateo 23, versículo 8-9, es decir, de nuevo en la Biblia de las Iglesias católica y luterana.
El gran diccionario alemán Duden señala otra raíz de la palabra «papa». Allí se lee: «del latín papa = padre, palabra de balbuceo del lenguaje infantil». La persona con buena capacidad analítica se pregunta con motivo de ello: ¿Ven los funcionarios eclesiásticos al pueblo como «niños que balbucean», igual a subordinados, que deben dejar su entendimiento y su responsabilidad por ellos mismos ante las puertas de la iglesia? ¿Entontecen conscientemente los sacerdotes a los denominados creyentes? ¿Por qué se pueden permitir las Iglesias estas evidentes contradicciones entre la parte de verdad que hay en la Biblia y lo que ellos hacen y disponen en sus ritos, dogmas y ceremonias? Hubo un tiempo en el que se prohibía leer la Biblia. ¿Cuál era el motivo para ello? ¿Se trataba de una maniobra de engaño? ¿Se quería evitar de esta manera por parte de la Iglesia que la gente reconociera los restos de verdad que aún están contenidos en la Biblia, a pesar de todas las falsificaciones, y descubriera a raíz de ello que los mismos superiores de sus instituciones no se atienen a ella? Más tarde, bajo la presión de la Reforma, se levantó esta prohibición. Fuera de eso, en la época de la letra impresa ya no se podía evitar que se difundieran escritos. Antiguamente los únicos que podían escribir eran los monjes en los monasterios, y también ellos eran los únicos que reproducían libros. Hasta entonces ellos tenían todo bajo control. Pero al parecer, y con ayuda de la pereza de las masas, las instituciones lograron seguir manteniendo ocultas sus contradicciones y sustituir con sus propios cultos sacerdotales, con sus propias enseñanzas paganas, la palabra de Dios que aún en parte se encuentra en la Biblia, y transformarla de esta manera monstruosa en lo contrario.
¿A que se debe que el pueblo acepte absurdidades durante un tiempo tan prolongado? ¿Por qué se ha podido y se puede seguir engañando así al pueblo? Esto radica sin duda principalmente en ideas muy asentadas y arraigadas. La mayoría de las personas aún cree que alguien que tiene un título especial, que lleva una vestimenta especial, que hace uso de gestos y rituales especiales, es «algo mejor». Además, se piensa que alguien que supuestamente ha «estudiado a Dios», entiende más de Dios que el resto de los mortales y se parte naturalmente de la base de que tal hombre –el sacerdote– tiene acceso a Dios. Jesús ya dijo a los sacerdotes de aquel tiempo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los Cielos. Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar» (Mt 23, 13). Así es también hoy en día.
Seguramente que al estado de minoría de edad del pueblo de Iglesia también ha contribuido la persecución de herejes tanto en pequeña como en gran escala, pues especialmente la institución católica se ha ocupado desde siempre de quitar de en medio, en lo posible con mucha rapidez, a todos aquellos que han querido abrir los ojos a las otras personas. En nuestros programas anteriores ya hemos expuesto que aún en la actualidad siguen siendo válido los dogmas de la Iglesia católica, en los que ella, por ejemplo, habla de que es su «deber» el «quitar» y «eliminar», «con meticuloso cuidado», «todo lo que esté en contra de la fe»*, y eso no es otra cosa que lo que está en contra de la doctrina de la Iglesia católica. Este «eliminar», que en el diccionario alemán Duden se define como «quitar de forma radical», puede haber sido un motivo más para la ignorancia de los creyentes de Iglesia, pues a aquellas personas que hacían notar los hechos ocultos hasta entonces y querían hacer despertar a la gente, se les eliminó sin más ni más. A una persona con buena capacidad analítica se le plantea ahora la pregunta: ¿Es la Biblia acaso la verdad? ¿O poseen las instituciones llamadas Iglesia la verdad? Pues la Iglesia habla y actúa en contra de la Biblia. ¿Dónde está entonces la verdad?
La Iglesia también se atreve a afirmar que en su cúspide se encuentra un «Santo padre» ¿Qué significa «santo»? El diccionario alemán Duden da al respecto la siguiente información: De «santo» se dice: «a diferencia de todo lo terrenal, divinamente perfecto, y por tanto digno de veneración». Según declaración de la Iglesia misma, ella está representada entonces por un hombre divinamente perfecto y digno de veneración –y ha de ser siempre un hombre, pues «padre» es evidentemente masculino. En la Biblia, sin embargo, se encuentra el mandamiento de Jesús, el Cristo: «Ni llaméis a nadie ‘Padre’ vuestro en la Tierra» (Mt 23,9). Esto es por tanto una clara contradicción. Fuera de esta crasa contradicción, habría que preguntar aquí: ¿fueron acaso perfectos los denominados «Santos padres», de los que ya hemos informado? ¿Se puede calificar su proceder de «perfecto»? Hemos necesitado varios programas para dar una pequeña impresión sobre la amplitud de los muchos crímenes de los Papas. Apenas existe un crimen que no haya sido cometido por los llamados «Santos padres»: robo y asesinato, usurpación de poder, envenenamiento de sus predecesores, fornicación y toda clase de desviaciones morales, guerras en las que murieron millares de personas, persecución y asesinato de personas de otra fe, opresión y esclavitud de pueblos enteros, engaño, por nombrar brevemente sólo los peores. La vida de los llamados «Santos padres» no fue en absoluto perfecta, sino todo lo contrario. ¿Y hoy en día?
También en la actualidad la Iglesia es un aparato de poder que continúa siendo guiado por el llamado «Papa infalible». Y también hoy en día hay muchos ejemplos de cuán poco santo se comporta muchas veces el llamado «Santo padre». Recordemos algunos hechos. En una de las últimas transmisiones informamos exhaustivamente de que en Argentina, en la década de los 70, a personas que eran contrarias al régimen, narcotizadas pero aún vivas, se las arrojaba desde aviones al mar abierto. La sugerencia de hacerlo vino al parecer de sacerdotes y obispos católicos en Argentina, los que apoyaban allí al régimen. Pero hasta el presente no se han abierto los archivos del Vaticano sobre estos sucesos. O pensemos en el genocidio en Ruanda. Allí fueron asesinadas brutalmente más de 800.000 personas en el transcurso de 100 días. La Iglesia católica, a la cual pertenecen el 70% de los ruandeses, hubiera sido la única que tenía la autoridad para haber detenido tal baño de sangre. El semanario alemán «Der Spiegel», n° 1/2000 escribió: «La mayor parte de sus sacerdotes y monjas se limitó a ser testigo de la matanza, sin hacer nada en contra, e incluso en algunos casos colaboró en los asesinatos. El 14 de Abril comenzó la masacre de Kibeho, primero contra 15.000 refugiados que habían buscado cobijo en el recinto de la iglesia. Se tardó dos días hasta que todos fueran despedazados, mutilados, golpeados, matados a tiros o en parte quemados vivos. Testigos oculares culpabilizan actualmente a curas y monjas de la Iglesia católica por haber apoyado el genocidio contra los tutsis». Otras citas: «Entre el 7 de Abril y el 4 de Julio se asesinó a tutsis en 160 iglesias, quienes habían buscado refugio en santuarios supuestamente seguros». «Los culpables viven actualmente tras los muros de monasterios en Bélgica, dirigen casas de alguna orden en Francia, estudian teología en universidades papales o predican el amor al prójimo y el perdón en iglesias italianas». Así comenta el semanario «Der Spiegel» n° 1/2000. Recordemos que todos estos hechos comenzaron en el año 1994 y que las personas implicadas directa o indirectamente en las masacres viven actualmente sin ser molestadas detrás de los muros de un monasterio. Por eso cabe preguntarse de nuevo: ¿quién dispuso estas cosas? ¿Tal vez Jesús, el Cristo, que nos trajo la paz y el amor del Padre eterno, habiendo Él mismo personificado el amor? En relación a esto se plantea también la pregunta: ¿por qué la Iglesia continúa justificando –y esto es algo que apenas se puede creer– el poseer armas de destrucción masiva, o sea bombas atómicas? Tan sólo hace unos pocos años se determinó expresamente en un llamado documento de paz de la Conferencia católica de obispos alemanes, que la estrategia de disuasión continuaba siendo adecuada con medios de exterminación masiva. Los obispos comprobaron que las grandes potencias continúan teniendo amplios arsenales de armas atómicas, y que mientras no exista una alternativa ante la amenaza con armamento de exterminación masiva, esto hay que permitirlo. Todo esto sucedió durante el pontificado de Juan Pablo II, el llamado «Papa de la paz», quien por cierto también consideró correcta la actuación de las tropas de la OTAN en el Kosovo, y que entonces dijo: «Al fin y al cabo no somos pacifistas». Así se pone claramente de manifiesto que el comportamiento de esta Iglesia no es compatible con Jesús de Nazaret ni con Su enseñanza, incluso ni siquiera en la actualidad más reciente. Y también este Papa, Juan Pablo II, ha de ser beatificado y posiblemente después canonizado. Éste es de nuevo un ejemplo de cómo aún en la actualidad la casta sacerdotal consigue adormecer el cerebro no sólo de la gran masa de la población, sino también el de los políticos y el de los representantes de los medios de comunicación. Una persona con una clara capacidad analítica comentará: si todos son «niños que balbucean», ¿qué otra cosa se puede esperar de ellos?
Esta postura de la Iglesia con respecto a la aplicación de la violencia en contra del prójimo es antiquísima. Como sabemos, por el contrario Jesús de Nazaret dijo: «Al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra» (Mt 5, 39). O a uno de Sus discípulos que quería defenderle con un arma: «Envaina tu espada» (Mt 26, 52). Y no hay que olvidar que en los Diez Mandamientos se dice claramente: «No matarás» (Ex 20, 13; Dt 5, 17). Ya en los programas anteriores se indicó que «antepasados» muy estimados, como el doctor de la Iglesia, san Agustín, enseñaron, por ejemplo: «¿Pero qué se tiene en contra de la guerra? ¿Acaso que en ellas mueran personas que de todas maneras tienen que morir?»*. Y en el apéndice de la Iglesia vaticana, la Iglesia luterana, Martín Lutero marca la pauta diciendo: «La mano que guía y maneja la espada no es ya la mano del hombre, sino la mano de Dios. Y no es el hombre, sino Dios quien ahorca, impone el suplicio de la rueda, decapita, mata y conduce la guerra»*. Esta postura se ha conservado hasta nuestros días. Que tantas personas participen una y otra vez de esta terrible difamación de Dios, es el gran «milagro» de la historia de la Iglesia.
Que esto sea así tiene naturalmente que ver con el hecho de que los creyentes de la Iglesia deben colaborar, pues en la obra actual de enseñanza de la Iglesia católica, el libro de los autores Neuner y Roos, «La fe de la Iglesia en los documentos de la proclamación de la enseñanza», está escrito que se debe aceptar la enseñanza católica en su totalidad, en caso contrario se quedará «excluido», es decir, excomulgado (n° 85). Y esto significa entonces amenazar con la condenación eterna. Es decir que las Iglesias, especialmente la católica, han establecido que el pueblo llano, el «pueblo que balbucea», debe aprobar lo que la Iglesia anuncia, y que en caso contrario las personas quedan condenadas eternamente. Una amenaza más terrible apenas existe. ¿Se puede entonces educar a un «pueblo de Iglesia que balbucea» para que se convierta en un pueblo que analice bien las cosas? Mientras sólo «balbucee» y se someta incondicionalmente, no. Pensemos, por ejemplo, en el aparatoso espectáculo de la «Jornada Mundial de la Juventud» de 2005. Innumerables seguidores de la Iglesia vaticana vitorearon a un Papa, celebrando palabras de éste que visto sólo desde el aspecto lingüístico comprendían sólo en parte, pues el orador cambiaba una y otra vez de un idioma a otro. Es para poner en duda si aún se puede alcanzar a todas estas personas con argumentos razonables. Sin embargo, todavía habría para ellas una posibilidad de liberarse, y es que se apartaran de esa contagiosa atmósfera de demencia. Como esto puede suceder, para ello hay una buena indicación en la Biblia institucional, que quien quiera puede hacerla suya. En ella se dice: «Sal de ella, pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas» (Ap 18, 4).
¿Qué consejo se le podría dar a nuestro lector que se quiere convertir en una persona que sabe analizar bien las cosas, que las cuestiona en su totalidad? ¿Ha de leer la Biblia? ¿O ha de observar las instituciones llamadas Iglesia con ojos despiertos? Él puede hacer las dos cosas. Puede leer la Biblia, en la que aún se encuentran partes de la verdad original de Dios, y comparar las declaraciones que hay allí con la enseñanza y la vida de las Iglesias. Y además puede también observar con ojos atentos el proceder y los comunicados de las Iglesias. Otra indicación para él sería preguntarse qué transmitió Jesús en Sus enseñanzas, por ejemplo, en el Sermón de la Montaña. O bien, por ejemplo, podría comparar el texto y el contenido de los Diez Mandamientos dados a través de Moisés con aquello que mostraron y muestran hoy en día las Iglesias. Un párrafo del libro «Y otra vez cantó el gallo. Una historia crítica de la Iglesia», de Karlheinz Deschner, subraya lo dicho anteriormente: «Para Jesús, religión y derecho, fe y ley eran términos opuestos. Pues Él estaba claramente en contra de regular por medio de la ley la relación de las personas para con Dios. Durante todo el tiempo de Su actividad pública, luchó contra la Tora, contra el clericalismo, contra los preceptos de los cultos y las complicaciones jurídicas en la relación de las personas con Dios, y pagó esta lucha con Su muerte. La Iglesia de la ley judía lo crucificó sólo para que posteriormente pudiera levantarse la Iglesia de la ley católica. Pues todo lo que condenó Jesús de la Iglesia de la Tora, lo ha vuelto a traer la Iglesia católica» (pág. 246). Una remedio probado sería, además, usar el sentido común y preguntarse si los medios «mágicos», con los que la Iglesia católica quiere guiar a las personas a Dios, son plausibles. ¿Puede ser una ayuda adorar huesos? ¿Tiene sentido prometerse la salvación a través de los sacramentos? Ocuparse de la fe es sin duda algo que también se puede hacer con la lógica y el sentido común.
Todavía se podría añadir un aspecto más: quien sabe que la Iglesia vaticana y la Iglesia luterana se remiten a las llamadas inspiraciones, influencias, profecías y palabras divinas, podría preguntarse, ¿por qué habrían de manifestarse Dios y por qué Cristo precisamente en estas instituciones tan impregnadas de crímenes y perversiones? ¿No es acaso más creíble que Dios se manifieste allí donde siempre se ha manifestado, es decir, a través de los grandes profetas? ¿Y no resulta acaso lógico que Dios, que ha hablado en todos los tiempos, hable también en el tiempo actual? Si usted, querida lectora, querido lector, ha llegado a estas conclusiones, entonces es oportuno llamar la atención sobre la palabra de Dios para la época actual, la palabra de la verdad. Ésta está al acceso de toda persona a través de Su profeta Gabriele, en una profundidad y una plenitud que no se habían conocido hasta ahora. Por ello se le podría aconsejar con plena confianza que lea, p. ej., el libro «Ésta es Mi palabra. Alfa y Omega. El evangelio de Jesús. La manifestación de Cristo que los verdaderos cristianos han llegado a conocer en todo el mundo»*.
No sólo Dios, no sólo Jesús, el Cristo, deberían ser rehabilitados, sino también el gran profeta Moisés. Dios dio a través de Moisés los maravillosos Diez Mandamientos. Éstos fueron pronunciados desde la ley eterna del amor de Dios. Lo que la casta sacerdotal atribuyó a Moisés, falsificando las palabras del Antiguo Testamento, no corresponde en absoluto a los Diez Mandamientos, así como tampoco a otras declaraciones contenidas en el Antiguo Testamento. Precisamente si se comparan los terribles detalles en los libros de Moisés, las palabras e indicaciones que supuestamente Dios habría dado a los hombres a través de Moisés, con los Diez Mandamientos originarios, uno pensaría que Dios es variable. No obstante, algo sí que es seguro: Dios es invariable. La descripción que en cambio se adjudica a Dios en el llamado Antiguo Testamento, en los libros de Moisés, es como un mosaico compuesto al arbitrio del «artista» del momento. La Palabra de Dios a través de Sus profetas está mezclada aquí con fragmentos de textos de procedencia totalmente distinta, que fueron concebidos sobre todo por la casta sacerdotal. ¿Puede uno imaginarse seriamente que Moisés haya bajado del Sinaí, tirara al suelo las tablas de la Ley y después haya hecho asesinar a tres mil personas como castigo por haber construido en su ausencia un becerro de oro alrededor del cual bailaban?¿Puede uno imaginarse las llamadas a ir a la guerra contra los pueblos vecinos? ¿Puede uno imaginarse que Dios quiera que a un hijo obcecado y rebelde se le arrastre ante los ancianos y haga que todos los hombres de la ciudad lo maten a pedradas? (Nm 18-21). Todo esto y mucho más se encuentra en este libro embebido de sangre, que la Iglesia católica romana califica como la verdadera palabra de Dios. ¡Ése no es en absoluto el Dios invariable, verdadero y eterno! Se trata sencillamente de una transformación del culto sacerdotal pagano incorporada a estos libros, pues es sabido que los libros de Moisés no se escribieron en el tiempo de este gran profeta, sino mucho más tarde. A los escritos de entonces se les denomina en la teología «escritos de los sacerdotes»; la Iglesia sabe entonces muy bien de la procedencia y las correlaciones de estos escritos. Las crueldades que se pueden leer en ellos y las palabras que presentan a Dios como a un monstruo terrible y sediento de sangre, no son otra cosa que el resultado de una toma de posesión de los contenidos de los cultos sacerdotales paganos dominantes en aquel tiempo.
Lo infame es naturalmente que también los grandiosos Diez Mandamientos de Dios fueran falsificados. Existen por un lado los Diez Mandamientos originarios que todos conocemos: «Honrarás a Dios sobre todas las cosas. No matarás. No levantarás falso testimonio». Pero por otra parte, poco después hay en la Biblia una segunda versión de estos Diez Mandamientos en el segundo libro de Moisés, el Éxodo. Dos de estos supuestos mandamientos de Dios dicen, por ejemplo: «No ofrecerás la sangre de mi sacrificio junto con pan fermentado» (Ex 23, 18), y: «No cocerás el cabrito en la leche de su madre» (Ex 23, 19). Aquí se encuentran las ideas y conceptos que dan base a crueles sacrificios de animales, y esto se atribuye a Dios y a Su profeta Moisés. También de esta adaptación falsificada está escrito que son los Diez Mandamientos de Dios. ¿Pero de qué Dios?
Los profetas de Israel dijeron que Dios no cambia. Por ejemplo, en el profeta Malaquías se lee: «Yo, el Señor, no cambio» (Ml 3,6). Si partimos de la base de que Dios no cambia, pero constatamos en el Antiguo Testamento cambios y divergencias, éstos deben haber sido introducidos lógicamente por alguna otra persona. ¿Por quién? Por nadie más que la casta sacerdotal, que falsificó tanto el Antiguo como posteriormente el Nuevo Testamento. De ello resulta que se debería pensar en rehabilitar también a los profetas del Antiguo Testamento, pues ellos hablaron siempre en contra de la casta sacerdotal, contra el obrar de los sacerdotes. Básicamente hay que considerar que en la antigüedad, aproximadamente hasta el Siglo XV, sólo la casta sacerdotal tenía la posibilidad de escribir la historia, aquello que había sucedido, y de transmitirlo en gran escala a las generaciones posteriores. Y esta casta sacerdotal siempre falsificó la historia y la verdad en el sentido que mejor le convenía, en el del culto idólatra pagano. De este modo se llegó a calumniar a los grandes profetas de la manera más vil, poniendo en sus labios palabras que procedían en realidad de los que practicaban cultos paganos. Vemos entonces que las Iglesias, católica y protestante, son una obra artificial pagana que no tiene absolutamente nada que ver con la verdadera vida, el verdadero mensaje de Dios que aún en parte se puede encontrar en la Biblia. Ellas desarrollaron una religión artificial de culto, que se compone de muchos componentes paganos, de los cuales Jesús de Nazaret no enseñó absolutamente nada. Las Iglesias han adaptado la Biblia a su conveniencia, añadiendo en ella cosas que después determinaron como correctas, pero no se atienen a las enseñanzas más importantes de Jesús de Nazaret. Por ello puede decirse que se trata de dos mundos diferentes, incompatibles entre sí. Por un lado las verdaderas palabras de los profetas y la enseñanza originaria de Jesús de Nazaret, que están contenidas aún en parte en la Biblia, y por otro lado las enseñanzas o incluso la desastrosa historia de la Iglesia.
Nuestras lectoras y nuestros lectores son libres de sacar sus propias consecuencias, hacer valer su propio sano juicio y sentido común y preguntarse: ¿Puede ser posible que Dios transmita a los seres humanos a través de Su hijo una enseñanza tan paradójica como la que las Iglesias proclaman como que fuera Su enseñanza? ¿Puede ser posible que Dios amenace a toda persona de que la enviará a la condenación eterna, o que quiera atraerla hacia Él con medios de magia? Cada persona lleva en sí, en lo profundo de su alma, lo divino: ¿Qué le indica su consciencia despierta? ¿Desea usted dar crédito a esas sensaciones, tener confianza en ellas, o quiere someterse a las absurdidades, al reglamento sofisticado, oportuno para sus metas e hipócrita de una casta sacerdotal que quiere asegurarse con sus dictados coactivos el poder sobre las almas y los hombres? Cada uno puede decidirse por sí mismo. Comparemos una vez más los complicados reglamentos de la Iglesia con las reglas sencillas y geniales que conducen al mundo a la paz y a los hombres a Dios y que nos enseñó Jesús, el Cristo, en su Sermón de la Montaña, por ejemplo: Lo que quieras que otros de hagan a ti, hazlo primero tú a ellos. Algo paralelo a esta declaración lo encontramos en la voz popular: «Lo que no quieres que otros te hagan a ti, no se lo hagas tampoco tú a nadie». Quien utilice su sano entendimiento, leerá por tanto el Sermón de la Montaña de Jesús y los Diez Mandamientos y constatará que ellos tienen poco o nada que ver con los dogmas y ritos eclesiásticos. Y después se preguntará posiblemente si quiere seguir permaneciendo en esa Iglesia, seguir pagando impuestos eclesiásticos y seguir dejándose amenazar por ella.
Una que otra persona vacila en sacar la consecuencia de salirse de la Iglesia, argumentando: ¿no hace acaso la Iglesia muchas obras buenas, con jardines de infancia, residencias para ancianos y hospitales? Esta impresión engaña. Se trata de un cuento, por no decir un engaño a la sociedad, en este caso a la alemana. Pues sólo una parte muy reducida de los impuestos en beneficio de la Iglesia es destinada a estas llamadas obras de caridad. La mayor parte del dinero que las Iglesias emplean en obras sociales y en hospitales para la ciudadanía en general, son subvenciones que proceden del Estado y del dinero que pagan los clientes de estos establecimientos. Por tanto, no es verdad que si se deja de pagar los impuestos a la Iglesia peligrarían las obras sociales del Estado. Las enormes aportaciones que fluyen anualmente a la Iglesia a través de subvenciones procedentes de las arcas estatales, benefician sólo en una pequeña parte al bien público, la mayor parte beneficia exclusivamente a una burocracia eclesiástica, de la que los creyentes escapan por cientos de miles cada año.
Mostramos aquí brevemente algunas cifras concretas sobre Alemania para nuestros lectores: menos de un 8% de los impuestos a favor de la Iglesia son destinados a fines sociales públicos. De un 90 a un 100% de las entidades sociales confesionales son subvencionadas por el Estado, financiándolas con el dinero que los contribuyentes aportan a las arcas generales. Por ejemplo, un «jardín de infancia de la Iglesia» es financiado en un 10% por la Iglesia, 15% por los padres y 75% por el Estado.
Las Iglesias presentan también su labor a favor de los pobres en el Tercer mundo de manera muy elogiable. Pero miremos esto con detención. ¿Quién da los donativos a las instituciones eclesiales alemanas de beneficencia «Pan para el Tercer mundo» o «Misereor»? No son las Iglesias mismas, sino que éstas sólo apelan ante la población para que ésta dé donativos. Y los ciudadanos, que de todas formas ya apoyan a las Iglesias con sus impuestos, son los que prestan la ayuda financiera para los pobres en el mundo, pero no las Iglesias institucionales.
Posiblemente después de estos hechos se anime más de alguna persona a salirse de la institución Iglesia. Sin embargo, de acuerdo con la experiencia más de alguien se preguntará en tal caso: ¿y qué sucederá conmigo, por ejemplo, cuando muera? ¿Seré enterrado simplemente en algún lugar sin gozar de un «funeral en regla»? En relación con esta pregunta se pudo leer en la publicación alemana «Seniorenmagazin» (Revista para los jubilados), edición 4/5 de 2005, lo siguiente: «”Ahora ya he conseguido salirme de la Iglesia, cuenta la jubilada Maria N. Lo que se enseña allí ya no me convencía. A Jesús lo encuentro bien, pero la Iglesia ha hecho de eso una cosa muy diferente. Por el miedo a no ser enterrada como es debido en caso de que se saliese de la Iglesia, siguió siendo miembro de ella durante un tiempo, hasta que asistió a los funerales de una persona conocida”. Y ésta fue una ceremonia no eclesiástica, que la convenció tanto, que seguidamente se salió de la Iglesia». Existe, pues, sin duda la posibilidad de un funeral digno, sin que intervenga la Iglesia oficial. Igualmente existen también bodas, p. ej., al aire libre, un enlace matrimonial festivo sin la Iglesia. Un entierro, un enlace matrimonial sin participación de la Iglesia tiene en general cada vez más aceptación en Alemania.
Digno de tener en cuenta es también si no es un poco imprudente abandonar la Iglesia, pero invitarla para ciertas festividades familiares, haciéndose casar o enterrar por ella. ¿No habría que preguntarse qué espíritu, qué energías fluyen en estas ceremonias eclesiásticas? Si me tomo el derecho de aceptar los servicios de la Iglesia, ¿no debería preguntarme quién me está en realidad enterrando? ¿No se trata en realidad del funcionario de una institución que probablemente durante mi vida me ha condenado eternamente varias veces, porque no creo en cada detalle de sus dogmas? ¿No van también incluidas estas condenas, estas amenazas, en las ceremonias correspondientes, en la llamada bendición del cura que me quiere enviar al mundo del Más allá? Visto así, no está exento de peligros el decir: «Quiero tener que ver por lo menos de vez en cuando con esta Iglesia, en el bautizo de mis hijos, en las bodas y en los entierros». No olvidemos quién está actuando en estas ceremonias y con qué espíritu son practicadas.
Aquí se plantea la pregunta esencial: ¿Puede en realidad un pecador dar la bendición? Pues el cura es también un pecador. ¿A qué se puede pues atribuir el que un cura, un pecador, imparta la bendición? Ya en el paganismo era normal que alguien con un cargo determinado, como el de sacerdote u obispo –ya en aquel entonces existía todo esto– estaba destinado a ejercer esa función. La Iglesia adoptó esa práctica. El sacerdote puede por consiguiente otorgar su bendición, independientemente de qué clase de persona sea. Aquí se separa entonces el cargo de la persona, aunque en definitiva sea algo esquizofrénico y contradiga por lo demás la enseñanza de Jesús, el Cristo, el que no instituyó ningún cargo. ¿Pues qué clase de salvación puede partir de una persona que tal vez lleva en sí lleva mucha desgracia? Esto contradice completamente la lógica del sano sentido común y la enseñanza de Jesús, que dijo aproximadamente: un buen árbol da buenos frutos... Pero ya en el paganismo eran las cosas así y también la Iglesia adoptó esta costumbre pagana, como muchas otras, de tal manera que un sacerdote o un obispo o un Papa están llamados por principio a otorgar la bendición, independientemente de qué valores o falta de valores representen. Si la energía que parte de ellos no es de una ética y moral elevadas, de condición divina, su «bendición» no puede conceder ni concederá naturalmente ni fuerza, ni luz, ni salvación. Y aún cuando el sacerdote no fuera ningún gran «pecador», ¿en nombre de quién otorga él la bendición? Él lo hace en nombre y por encargo de su institución, es decir de la Iglesia. No obstante, y como ya se ha expuesto a menudo, ésta es un culto sacerdotal pagano con un ídolo en la cúspide*. Quien por tanto reciba la bendición de un sacerdote, estará en cualquier caso «bendecido», a saber, con el mal de esa casta.
En relación a esto a uno le podría venir a la mente la asociación con los abusos de menores por parte de sacerdotes. De acuerdo con la norma de la institución Iglesia es incluso posible que un tal sacerdote, directamente después de abusar de un menor, pueda otorgar una «bendición» en función de su cargo. Según las enseñanzas de la Iglesia, sólo depende del símbolo externo que se pone, sólo del rito de los llamados sacramentos. No importa en absoluto quién otorgue los sacramentos. Si esa persona se atiene a las formas externas, de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia entrará en vigencia el llamado efecto sagrado del sacramento. Por eso no se trata de otra cosa que de un acto de culto mágico, pues está totalmente vacío de contenido y se refiere únicamente a lo externo.
Una persona de veras creyente, a la que le importe la unión con Dios y Su salvación, Su fuerza, dirá seguramente: yo sólo deseo una bendición que provenga del Espíritu del Cristo de Dios, del verdadero Espíritu eterno, que vive en cada alma y en cada persona. Y esta bendición del Espíritu eterno se suscitará en definitiva por el perdón que alcanzaré si reconozco mis pecados, me arrepiento de ellos, los purifico y no vuelvo a cometer más lo malo. En el acto de no volver a cometer los pecados reconocidos, fluye hacia mí la bendición del Cristo de Dios, Su Luz, Su fuerza. ¿Para qué necesito entonces a un cura? No es la persona la que necesita a un sacerdote, sino que el sacerdote necesita a la persona. Pues él vive prácticamente de los creyentes. Él necesita su energía y su dinero para poder vivir y mantener a una institución tan cara. De aquí se concluye que el sacerdote vive de los «niños que balbucean». Sin duda alguna, ¡pero sólo mientras éstos sigan «balbuceando» y no comiencen a pensar!
Un cristiano originario, que años antes fue pastor protestante, es decir, parte misma del «sistema Iglesia», lo confirma. Él nos cuenta: «Cuando yo estaba ante el altar preguntaba a los reunidos: “¿creéis que la bendición que os imparto es la bendición de Dios? Si es así, pronunciad un ‘sí’”. A esto los presentes contestaban en voz alta: ‘sí’. Y seguidamente yo les decía: “entonces os perdono todos vuestros pecados”. Aunque yo no sabía exactamente qué pasaba en particular con cada creyente. Pero la enseñanza de la Iglesia había prescrito que así debía ser el transcurso de la ceremonia. Posteriormente, ese ‘sí’ dado en voz alta casi automáticamente, me recuerda un poco al balbuceo de los niños. Los fieles sólo tienen que decir ‘sí’ y el cura necesita esto para poder impartir su bendición, que en realidad no es tal». El antes pastor protestante reconoce que su mala conciencia hizo que un día él prácticamente escapara de la Iglesia luterana, habiéndose dado cuenta de que aquello no era cierto, que no era correcto continuar así. De este reconocimiento sacó la conclusión de que no podía seguir haciendo aquello. Se le hizo claro que había engañando a sus semejantes Pues no se puede engañar a la gente sólo por aprovecharse de su dinero, sino también por la salvación de su alma. Hay que hacerse consciente de esto. Si se engañase a los fieles sólo por su dinero, se podría argumentar que ellos mismos tienen la culpa, si son tan tontos como para pagar a una institución semejante. También sacerdotes, es decir pastores, consiguen liberarse al parecer de este «sistema Iglesia», a raíz del claro entendimiento y la consciencia de responsabilidad como la del pastor del que se acaba de hablar. Aunque en su caso se haya dado, además, la condición de haber tenido todavía una conciencia intacta. Y él sabía en el fondo de su corazón a quién deseaba seguir y servir. Se trata seguramente también de una pregunta de firmeza y fortaleza de carácter si uno está dispuesto a vivir según lo que ha reconocido. ¿Podría ser que muchos de los que pertenecen a esta casta sacerdotal han perdido ya esas cualidades y valores positivos? ¿O ven sencillamente sus privilegiadas condiciones de vida como el valor más elevado de su existencia terrenal? ¿O tal vez no están dispuestos a cambiar su «reverendísima» vida por la vida sencilla de un igual entre iguales? Ellos necesitan la posición elevada para continuar con el engaño, el que básicamente es doble: por un lado porque esta exteriorización, estos ritos mágicos, naturalmente que no pueden conducir a Dios; por otra parte, porque en el caso de muchos curas, por no decir de la mayoría, ni ellos mismos creen en ello, y sin embargo exigen del pueblo que sigan estas normas de cultos.
Es una situación esquizofrénica con la que se enfrentan los curas y pastores cuando engañan a sus creyentes de esa manera. Lo que eso supone para cada caso lo describe el teólogo protestante luterano y sicoterapeuta alemán Klaus Thomas, que en Berlín trató durante años a personas afectadas de cansancio vital. Él escribe: «Entre los hasta ahora 22.000 pacientes del organismo denominado “Atención médica a los afectados de cansancio vital” de Berlín, vimos unos 7.000 neuróticos, de los cuales unos 3.000 se podían contar como enfermos de eclesiogenia». «Eclesiógeno» significa «causado por la Iglesia». «Esto supone un porcentaje de aproximadamente un 43%. Como grupo especial hay que mencionar a funcionarios de la Iglesia, que también fueron tratados por nosotros. De ellos, un 57,4% mostraron como diagnóstico principal el de neurosis eclesiógena»*.
Vemos que los mismos curas enferman por lo que hacen a otras personas, al difundir las enseñanzas, las amenazas de la Iglesia. El mismo teólogo y sicoterapeuta comprobó también que «el 12% de sus pacientes son sacerdotes protestantes luteranos y sus esposas, todos ellos profesores de religión, diáconos y estudiantes de teología, a pesar de que estas personas ni siquiera suponen un 1% de la población total; el 40% de sus pacientes sufren de eclesiogenias, es decir que sufren de neurosis causadas por las enseñanzas luteranas y las influencias de la educación»*. Lo mismo vale naturalmente para las enseñanzas católicas y sus repercusiones. El padre jesuita católico Ruppert Lay, igualmente sicoterapeuta, llega a las mismas conclusiones: «La mitad de los pacientes que vienen a mis terapias han enfermado por las experiencias que hicieron en su infancia y en su juventud. La idea de un Dios que castiga permanece en ellos de forma inconsciente, aunque ya no se crea en Dios. Y como la persona no se puede quitar sus pecados, se castiga a sí misma y huye refugiándose en la neurosis, el alcohol o el trabajo. Éstos son los motivos por los que esa gente vienen a mis terapias»**. Ahí se ve de modo claro toda la fatal dimensión de las consecuencias.
Del siquiatra británico Ian Hancock procede la declaración de que los creyentes católicos padecen con más frecuencia que las personas menos religiosas de neurosis obsesiva, como la de lavarse las manos durante horas*.
Tal vez a modo de colofón: La ciudad católica alemana de Würzburg es el baluarte de los suicidas en Alemania, según una noticia del periódico alemán Mainpost del 3 de julio de l999: «La ciudad y la región de Würzburg muestran los índices más altos de suicidio en Alemania. En ningún otro lugar de Alemania se han suicidado tantas personas en los últimos años como en el área de la ciudad obispal de Würzburg. En Würzburg y alrededores hasta un 29% más de personas se entregan libremente a la muerte que en el resto de Alemania; y con especial frecuencia son mujeres las que se suicidan en Würzburg»**. Después de haber escuchado en anteriores programas todo lo que la Iglesia dice sobre las mujeres, sobre cómo las trata la Iglesia, no nos sorprende este hecho. El catedrático, de nombre Schmittke, que dirigió esas investigaciones, también pensó en las causas de esto. Él cree que el ambiente conservador de Würzburg, fuertemente marcado por el catolicismo, hace la vida muy difícil, incluso a veces imposible, a personas que descienden a una categoría social inferior. Si en Würzburg alguien pierde su empleo, se habla mucho de ello y entonces esto se considera una ignominia.
¡Estos son hechos terribles! ¿Y cómo puede uno protegerse de todos estos peligros? Ya lo hemos advertido: abandonar esta institución sería el remedio más eficaz. ¿Pero qué ocurre con los niños? Tal vez algunos padres deberían reflexionar si no quieren tal vez ahorrar a sus hijos este destino, no sólo por la alta probabilidad de servir de objeto de satisfacción sexual a un cura pedófilo, sino también por el peligro de suicidio y otros. ¿Por qué no ofrecen a sus hijos la posibilidad de crecer sin ese adoctrinamiento, sin estar expuestos a estos peligros?
Estimadas lectoras, estimados lectores, ya ven ustedes lo que se puede derivar de una simple pregunta. Normalmente suele aceptarse sin más que se hable de «Iglesia», «sacerdotes» y de un «Santo padre». Hemos intentado explicar qué gran estafa y qué entontecimiento de la población hay detrás de todo eso. Esperamos haber conseguido que más de alguno de ustedes haya recibido un incentivo para cuestionar de manera analítica las cosas con las que se encuentra a diario.
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En el Tomo 3 de la serie «Sólo para personas despiertas y con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» están contenidas las emisiones de radio desde la 12 a la 16.
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