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cristianos originarios

El credo y los principios de vida
de los cristianos originarios



Lo que los cristianos originarios creen:

Creemos en Dios, el Espíritu eterno, que fluye a través del infinito y es vida presente, indivisible, en todo y en todos.

Creemos que Dios es la poderosa fuerza creadora y la fuente de la creación, el caudal en el que viven todos los seres de la luz y los reinos de la naturaleza.

Creemos que la poderosa fuerza creadora es la fuente de todo SER, la luz y la vida en todos los astros del universo.

Creemos que la fuerza poderosa, el maravilloso Espíritu de Dios, el Amor en todo, es la fuerza omnipresente y pulsante en todas las almas y hom­bres.

Creemos en el Uno, Unico, en Dios, nuestro Padre eterno del Amor, cuyos hijos somos todos los seres, almas y hombres.

Creemos que Dios-Padre es el Ente personificado del Amor, al que como seres puros todos volveremos a ver cara a cara.

Creemos que Cristo, el Hijo de Dios, es el Corregente de los Cielos, que está sentado a la diestra del Padre.

Creemos que hemos sido creados por Dios como seres puros y libres, de los cuales algunos se cargaron a causa del pensamiento de la Caída, llevándose con ellos a los ámbitos ensombrecidos a otros seres luminosos. Por ello cada vez más cuerpos espirituales luminosos se ensombrecieron y se envolvieron con lo pecaminoso, condensándose y convirtiéndose poco a poco en hombres, seres humanos.

Creemos en la preexistencia del alma, que vuelve a retornar pasando a través de los ámbitos de purificación de materia sutil, convirtiéndose otra vez en un ser puro, ya que ha sido creada por Dios como ser pu­ro, y se cargó a causa de la Caída.

Creemos en la vida eterna y que todas las almas retornarán al Reino de Dios a través de Jesús, el Cristo, nuestro Redentor.

Creemos que todos los hombres y almas son hermanos y hermanas y que todos estamos cobijados en el gran Espíritu del Amor, en Dios, nuestro Padre.

Creemos que todos los hombres son un templo de Dios y que en todos habita el Espíritu del Cristo de Dios, que es el Espíritu de la libertad.

Creemos en Jesús, el Cristo de Dios, el Hijo del Padre eterno, que es el Redentor de todas las almas y hombres.

Creemos en el engendramiento natural, inmaculado del ser humano Jesús.

Creemos en las palabras de Jesús, el Cristo, cuando dijo que volveremos a convertirnos en la imagen y semejanza de nuestro Padre, que nos ha visualizado y creado como seres puros, y al que volveremos a ver cuando nuestro cuerpo espiritual resplandezca puro y perfecto como la imagen y semejanza del Padre eterno, que representa también el principio de Madre, ya que Dios, el caudal omnipresente, contiene tanto el principio de Padre como el de Madre.

Creemos que Jesús, el Cristo, nues­tro Redentor, ya empezó hace 2000 años a hacer retornar a todas las almas y hombres a nuestro Hogar eterno, y que todos regresaremos allí a través de Cristo, nuestro Redentor.

Creemos que sin el Redentor de todas las almas y hombres no llegaremos al Padre eterno, y que la fuerza redentora que actúa en todas las almas y hombres es para cada alma y cada hombre apoyo, ayuda y conducción al hogar del Padre eterno. El es el Camino, la Verdad y la Vida.

Creemos en los ámbitos de purificación, donde viven las almas cargadas, para o bien volver poco a poco al Reino de Dios o retornar a la Tierra para convertirse otra vez en hombres.

Creemos en la reencarnación de almas muy cargadas o de almas que en la brevedad de los años terrenales pueden purificar y reparar mucho, lo que como almas sólo lo podrían lograr en el espacio de ciclos muy largos. Creemos en la encarnación de almas luminosas que se convierten en hombres para servir en la Tierra a Aquel a quien corresponde todo el honor y alabanza.

Creemos en la ley de siembra y cosecha, que dice: Lo que el hombre siembra, es lo que cosechará.

Creemos en la gran merced y misericordia de Dios, que nos apoya y ayuda para reconocer nuestros pecados, arrepentirnos de ellos, purificarlos y no volverlos a cometer más, antes de que vuelvan a nosotros en forma de golpes del destino.

Creemos que cuando aprovechamos los días con la ayuda de nuestro Redentor, al arrepentirnos de lo pecaminoso, purificarlo y no volver­lo a cometer más, podremos volver a nuestro verdadero hogar celestial, al SER eterno, sin pasar por otras encarnaciones.

Creemos que no existen las casualidades, que nuestra existencia terrenal va adquiriendo significado a través de las encarnaciones, contestándonos las preguntas de por qué estamos en este mundo y por qué esto o aquello es así tal como es. Reconocemos las causas cuando en los transcursos de las sucesivas reencarnaciones tomamos en consideración también la ley de siembra y cosecha, ayudando el uno al otro a llevar la carga.

Creemos en los Diez Mandamientos de Dios dados a través de Moisés y en el Sermón de la Montaña de Jesús de Nazaret.

Creemos que sólo a través de la fe activa, es decir, cumpliendo los Diez Mandamientos y el Sermón de la Montaña, alcanzaremos la unidad con Cristo. Para nosotros cristianos originarios, la fe activa, que con Cristo nos lleva a la vida, significa también el reconocer nuestros pecados, arrepentirnos de ellos con la ayuda de nuestro Redentor, pedir perdón, perdonar a nuestro prójimo, reparar el daño causado, si esto todavía es posible, y no volver a cometer estos pecados ya reconocidos y purificados. Al no volver a cometer los pecados cumplimos también paso a paso la Voluntad de Dios, que el Eterno nos mostró en los Diez Mandamientos y Jesús en el Sermón de la Montaña.

Creemos en la oración íntima y profunda, hecha en el silencio de nuestro interior, y en la ayuda del Cristo de Dios a través de la oración.

Creemos que todo lo condensado se disolverá para volver a ser substancia sutil, tal como desde los comienzos de la Existencia eterna es substancia luminosa.

Creemos que Dios es la única vida a la que debemos aspirar a través de Cristo y con Cristo, realizando su enseñanza, pues siendo Jesús nos exhortó con las siguientes palabras: Aquel, pues, que escucha mis palabras y las pone por obra, será como varón prudente, que edifica su casa sobre roca. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y dieron sobre la casa, pero no cayó, porque estaba fundada sobre roca. Pero el que me escucha estas palabras y no las pone por obra, será semejante al necio, que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y dieron sobre la casa, que se derrumbó estrepitosamente.

Nos esforzamos en vivir una vida en Dios, haciendo lo que Jesús deseaba, para resucitar a través de Cristo y con Cristo, para volver al corazón de Dios, al Reino de la Paz.

Creemos que sólamente mediante la paz entre las personas también puede haber paz entre los pueblos, y no mediante las armas.

Fe y vida son para nosotros los cristianos originarios una unidad. Sin la fe activa, es decir, el cumplimiento paulatino de los Diez Mandamientos y del Sermón de la Montaña, no existe vida en Dios.

Lo que los cristianos originarios no creen:

No creemos que el Espíritu Santo sea una persona.

No creemos en un Dios que castiga.

No creemos que Dios crea al alma sólo en el momento de la procreación de un niño.

No creemos en un lugar al que se denomina infierno o condenación eterna.

No creemos en la resurrección de la carne.

No creemos en la procreación sobrenatural proveniente del Espíritu Santo.

No creemos en la ascensión física de María al Cielo.

No creemos en una Iglesia que sea la única a través de la cual se pueda conseguir la salvación.

No creemos en las instituciones eclesiásticas, llámense católica o luterana protestante.

No creemos en dogmas, sacramentos ni cultos.

No creemos que sólo por la fe uno alcance la beatitud, sin que tenga que cumplir los Mandamientos de Dios.

No creemos que Dios se pueda encontrar en edificios de piedra, pues cada ser humano es el templo de Dios.

No creemos en el bautizo de los recién nacidos, dado que Jesús mismo dijo: “primero enseñad, después bautizad“.

No creemos que para celebrar la Cena con el Señor hagan falta la hostia y el vino; Jesús tomó con Sus apóstoles una sencilla cena y dijo: Haced esto en Mi memoria.

No creemos en el “Padre Santo“, el Papa, ni en la jerarquía y en los títulos de cardenales, obispos, curas y sacerdotes. En la Biblia, en que tanto los protestantes como los católicos deberían creer, se lee literalmente: Ni llaméis padre a nadie sobre la Tierra, porque uno sólo es vuestro Padre, el que está en los cielos...El que se ensalzare será humillado, y el que se humillare será ensalzado. 

La misma Biblia, en la que creen tanto los luteranos protestantes como los católicos, da respuesta a la cuestión de por qué no creemos en los títulos de cardenales, obispos, cu­ras, sacerdotes, etc., pues ahí se puede leer: Enton­ces se retiraron los fariseos y celebraron consejo sobre cómo le pillarían en alguna cosa. Enviáronle discípulos suyos con herodianos para decirle: Maestro, sabemos que eres sincero y que con verdad enseñas el camino de Dios, sin darte cuidado de nadie, y que no tienes predilección por personas.

No creemos en la infalibilidad de un hombre.

No creemos en los santos.

No creemos que mediante la extrema unción o la confesión en el lecho de muerte se puedan eliminar todos los pecados en el último minuto.

No creemos en el perdón de los pecados a través de sacerdotes.

No creemos en objetos consagrados por sacerdotes.

No creemos que se puede encontrar a Dios mediante una vida monacal y apartada de los semejantes.

No creemos en procesiones ni en  santuarios de peregrinación.

No creemos en la veneración de reliquias e imágenes.

No creemos que uno pueda adquirir la absolución de los pecados comprando una bula.

No creemos que se puede conquistar el corazón de Dios mediante la donación de velas, encendiéndolas o dando dinero.

 

Quien ama a Dios, el Padre eterno, y a Cristo, Su Hijo, hace lo que Dios quiere y no lo que quieren los hombres.

 

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