El Sermón de la Montaña es el Camino Interno al corazón de Dios, que conduce al perfeccionamiento.
Yo conduzco a los Míos a reconocer la verdad.
«¡Bienaventurados en el espíritu los pobres, porque suyo es el Reino de los Cielos!”
Con las palabras, «los pobres”, no se hace referencia a la pobreza material. No es ésta la que trae la bienaventuranza en el espíritu, sino la entrega a Dios, desde la cual el hombre cumple lo que es voluntad de Dios. Ésa entrega es riqueza interna.
Con las palabras, «los pobres», se hace referencia a todos aquellos que no ambicionan pertenencias propias y no acumulan bienes… Su riqueza interna es la vida en Dios, para Dios y para su prójimo. Ellos viven el mandamiento «ora y trabaja».
«Bienaventurados los que sufren, porque ellos serán consolados.»
El sufrimiento del hombre no proviene de Dios… Quien cargue con su sufrimiento sin inculpar a su prójimo y reconozca en el sufrimiento sus faltas y debilidades, se arrepienta, pida perdón y perdone, recibirá la misericordia de Dios.
«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la Tierra.»
Mansedumbre, humildad, amor y bondad van dándose la mano. Quien ha llegado a ser amor desinteresado, también es manso, humilde y bondadoso. Está lleno de sabiduría y fuerza.
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.»
He aquí que Yo, tu Redentor, Soy la Verdad en ti mismo. En ti mismo, pues, Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Comprende: nadie debe tener hambre o sed de justicia. Da el primer paso hacia el reino del amor, siendo en primer lugar justo contigo mismo. Ejercítate en una vida y forma de pensar positivas, y poco a poco llegarás a ser un hombre justo. Entonces traerás la justicia de Dios a este mundo…
«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.»
Todos los hombres que practiquen la misericordia, también alcanzarán misericordia y ayudarán a aquellos que se encuentren en el camino a la misericordia.
«Bienaventurados los de corazón puro, porque ellos verán a Dios.»
Bienaventurados los de corazón puro, porque ellos verán a Dios -ya que han llegado a ser nuevamente la imagen y semejanza del Padre celestial-. De un corazón puro entregado a Dios, fluyen dulzura y humildad.
«Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.»
Estas palabras, conforme a su sentido, significan: bienaventurados los que mantienen la paz. Ellos también traerán la verdadera paz a esta Tierra, porque se habrán vuelto pacíficos en su interior. Son conscientemente hijos de Dios.
«Bienaventurados los que padecen persecución por su amor a la justicia, porque suyo es el Reino de Dios.»
Comprended: quien Me ha seguido no ha sido respetado por los hombres que están apegados al mundo, porque Yo en Jesús también fui despreciado por ellos. En todos los tiempos hubo hombres que fueron verdaderos seguidores del Nazareno, que tuvieron que soportar y sufrir mucho…
«¡Ay de vosotros los ricos!, porque habéis recibido en esta vida vuestro consuelo.»
Un hombre que es rico en bienes terrenales, que ha comprendido que su riqueza es un don que tan sólo ha recibido de Dios para aportarlo a la gran totalidad para el bien de todos, y que lo administra para todos legítimamente -ése está realizando la ley de la igualdad, la libertad, la unidad y la fraternidad.
De esta manera se producirá paulatinamente un equilibrio, una clase media elevada para todos los que estén dispuestos a cumplir desinteresadamente la ley «ora y trabaja».
«Ay de vosotros los que ahora estáis saciados, porque tendréis hambre.»
El hombre rico y saciado, que sólo llena «sus» graneros, está vacío en el corazón.
«Ay de vosotros los que ahora reís, porque entristeceréis y lloraréis.»
Quien condena y juzga a su prójimo, y se ríe, hace escarnio y se burla de él, Me está juzgando y condenando, y está riéndose, haciendo escarnio y burlándose de Mí, el Cristo.
Comprended: quien peca contra el más humilde de Mis hermanos, está pecando contra la ley de la vida y habrá de sufrir por ello.
«Ay de vosotros cuando todos los hombres hablen bien de vosotros, porque así hicieron sus padres con los falsos profetas.»
Si habláis al gusto de vuestros semejantes, para que os alaben y seáis bien vistos por ellos, sois iguales que los falsificadores de monedas, que por su propio provecho pagan con moneda falsa.
Falsos profetas, entre otros, también han sido aquellos que, si bien predicaban el evangelio del amor, no vivían de acuerdo con él.
En el tiempo de transición del viejo mundo pecaminoso al Nuevo Tiempo, el tiempo de luz, los justos sacarán la injusticia a la luz y la harán manifiesta, para que aquellos que hayan hecho injusticias se autorreconozcan y hagan penitencia.
Yo Soy la luz del mundo.
El Eterno ha estado y permanece en el empeño, de conducir a Sus hijos humanos y a todas las almas hasta Su corazón, hasta la ley del amor eterno, antes de que la cosecha -los efectos de las causas que ellos ocasionaron- venga sobre ellos. El Eterno los ha conducido y los conduce a través de Mí, Cristo, al autorreconocimiento. Les ha dado y les está dando la fuerza para purificar lo que han reconocido y están reconociendo como pecado y falta.
Comprended: en la ley eterna no existe la coacción. Dios, el Eterno, ha dado a todos Sus hijos el libre albedrío.
Algunas de las llamadas confesiones cristianas obligan a sus creyentes al bautismo con agua. Ésta es una intervención en el libre albedrío de la persona, lo que equivale a una cristianización forzosa.
Sólo cuando los hombres se sueltan voluntariamente de los dogmas y formas rígidas que les fueron impuestos, de ritos y cultos, así como de sus propias ideas sobre Dios, pueden ser conducidos paulatinamente a su interior, a su verdadero ser.
Con las palabras cuyo sentido es, «está consumado», los destellos redentores se introdujeron en todas las almas cargadas y caídas. Con ello, Me convertí en -y sigo siendo- el Redentor de todos los hombres y almas.
He obrado y sigo obrando como Cristo de Dios.
Los Diez Mandamientos, que Dios dio a Sus hijos humanos por medio de Moisés, son extractos de la ley eterna de la vida y del amor. Quien infringe estos Mandamientos, y a sus semejantes tan sólo los enseña, pero sin guardarlos él mismo, es un falso maestro. Está pecando contra el Espíritu Santo, siendo este el pecado más grande.
Comprended: la sola fe en la ley de la vida no basta. Tan sólo la fe en la vida y la realización de las leyes de la vida conducen al hombre y al alma fuera de la rueda del renacimiento.
«…reconciliarte con tu hermano.»
El mandamiento de perdonar y pedir perdón tendrá validez hasta que todo lo que no corresponde a las leyes eternas haya sido expiado y purificado.
También en todo lo negativo está lo positivo, Dios, la ley eterna. Cuando el hombre reconozca sus pecados y faltas y se arrepienta de ellos, se activarán en ellos las fuerzas positivas…
Por eso, también en lo negativo puede actuar lo divino -en el momento en que el hombre pida perdón de corazón, perdone y no vuelva a pecar.
Si … han salido de vuestra boca ilegitimidades inculpando a vuestro prójimo, insultándolo y difamándolo, id y pedidle perdón. Si os ha perdonado, también os habrá perdonado el Padre celestial eterno en Mí, el Cristo. Pero si no os ha perdonado, tampoco os podrá perdonar vuestro Padre celestial en Mí, el Cristo.
«Llega lo antes posible a un acuerdo con tu adversario, mientras aún vas con él de camino…»
¡No dejes pendiente el pecado que hayas cometido contra tu prójimo! Purifícalo lo antes posible, pues todavía está contigo en el camino de la vida en la existencia terrenal.
Comprended: antes de que un golpe del destino sobrevenga al ser humano, éste es advertido por el Espíritu de la vida, que también es la vida del alma, y también por el espíritu protector o por hombres. Las advertencias provenientes del Espíritu son sensaciones finísimas, que efluyen del alma o que el espíritu protector infiltra en el mundo de sensaciones o de pensamientos del hombre. Advierten al hombre para que cambie de forma de pensar o para que purifique lo que ha causado.
«Pero Yo os digo…: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian.»
Cada hombre debería ver en cada uno de sus semejantes a su prójimo, a su hermano o a su hermana. También en los enemigos aparentes deberíais ver a vuestro prójimo y esforzaros en amarlos desinteresadamente.
El enemigo aparente puede serte incluso un buen espejo para el autorreconocimiento. Pues cuando algo os irrita en vuestro prójimo, hay algo igual o parecido en vosotros.
«Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?»
Acepta y acoge, por consiguiente, en tu corazón a tu prójimo, incluso si él no te ama; aun si no te apoya y te desprecia, rehusando saludarte. ¡Ámale tú! Apóyale desinteresadamente y salúdale -aunque sólo sea en pensamientos, si no desea que le saludes con palabras.
Dad amor desinteresadamente, como el sol da a la Tierra, y respetad a todos los hombres, a todo lo que es. No habléis al gusto de los hombres. No hagáis diferencias, como los hombres que sólo se asocian y sólo están con aquellos que comparten su manera de pensar y hacer y condenan a los que piensan y actúan de otra manera.
«Y si deseas algo que causa pena y preocupación a otro, arráncalo de tu corazón...
Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre en el Cielo.»
Así pues, si tienes que soportar penas y preocupaciones, no le eches la culpa a tu prójimo por tu estado. Tú mismo eres el causante -y no tu prójimo-. Tus penas y preocupaciones son la siembra en tu alma, que ha brotado -y que también se muestra en tu cuerpo, como cosecha.
Sólo Yo, Cristo, tu Redentor, te puedo liberar de ello -y sólo cuando te arrepientas y no vuelvas a hacer algo igual o parecido-. Entonces la carga habrá sido quitada de tu alma y te irá mejor en tu vida.
«No dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna permanezca oculta…»
Quien sólo haga el bien a su prójimo cuando éste se lo agradezca y alabe sus buenas obras, no lo hace para su prójimo, sino para sí mismo.
«Cuando ores, entra en tu cámara…»
Cuando ores, retírate a un cuarto tranquilo y sumérgete en tu interior, pues en ti vive el Espíritu del Padre, cuyo templo eres tú.
Comprended: cuanto más profundamente se sumerge el hombre en la verdad divina, tanto menos palabras utiliza en sus oraciones. Sus oraciones son breves, pero llenas de fuerza, porque la palabra irradia fuerza vivida.
«… no os lamentéis como los que no tienen esperanza.»
¡No os lamentéis por vuestros muertos!
Lo temporal, la vida en el cuerpo, no es la vida del alma. El alma ha aceptado la carne sólo por un breve período de vida, para purificar y saldar en lo temporal lo que ha cargado sobre sí en diferentes vestidos terrenales.
Pensad que, para un alma luminosa, el desprenderse del cuerpo es una ganancia.
El alma siente la alegría y la pena de sus familiares. Las almas que desencarnaron en Mí, el Cristo, se sienten unidas a través de Mí, el Cristo, con todos los que todavía caminan en vestido terrenal. La alegría del alma de que sus familiares la tengan presente con amor, la llena de fuerza.
Las oraciones desinteresadas hechas con amor donan al alma peregrina fuerza y vigor en su camino a lo divino. En vuestras oraciones desinteresadas siente el hermanamiento y recibe fuerza incrementadamente.
Sólo el amor y la unidad entre unos y otros muestran a almas y hombres los caminos a la vida superior.
«Nadie puede servir a dos señores.»
El hombre en la Tierra y el alma en los lugares de purificación -ambos serán algún día llevados a decidirse: a servir a Dios, o a Mammon [la riqueza]; a estar a favor, o en contra de Dios-. No hay nada entre medio: a favor de Dios, o a favor de lo satánico.
«… no os inquietéis, pues, por el mal de mañana…»
Quien … cumple la voluntad de Dios, es un buen planificador.
¡Planificad cada día, y planificad bien! Concedeos también tiempo para horas de reflexión y recogimiento, en las que encontréis la tranquilidad interna y podáis repensar una y otra vez vuestra vida y vuestra planificación. Una planificación diaria concienzuda, que haya sido entregada a la voluntad de Dios, también la traspasará Dios con Su voluntad.
Sólo se preocupa por el mañana quien no se confía a Dios y deja pasar los días sin aprovecharlos.
«No juzguéis, para que no seáis juzgados…»
Comprended: vuestros pensamientos, palabras y obras negativos son vuestros propios jueces.
Tal como vayáis al encuentro de vuestro prójimo, en pensamientos, palabras y actos, así lo viviréis algún día vosotros mismos.
«¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no te percatas de la viga en el tuyo?»
Por tanto, quien habla negativamente de sus semejantes, los desvaloriza y habla mal de ellos, no conoce sus propias faltas.
¡Por sus frutos los reconoceréis! Cada cual muestra quién es, es decir, sus frutos. Quien se irrita a causa de sus semejantes y se burla de ellos, está mostrando quién es realmente.
Quien primero se desprenda de su propia falta, también será capaz de ayudar a su prójimo. Por eso, es un hipócrita todo el que habla despreciativamente de las faltas de su hermano -sin notar la viga en su propio ojo.
«Cuanto queráis que los hombres os hagan a vosotros, hacedlo vosotros a ellos…»
Es ilegítimo que, por una actitud de espera, se coaccione a los semejantes a actos, declaraciones o comportamientos que por sí mismos no estarían dispuestos a hacer.
Cuando reconozcas tu actitud de espera en tus deseos para con tu prójimo, da rápidamente la vuelta y haz primero tú mismo lo que exiges de él.
Lo que no queráis que se os haga, no lo hagáis a vuestro prójimo -pues todo lo que sale de vosotros, vuelve a vosotros-. ¡Por lo tanto, examinad vuestros pensamientos y vigilad vuestra lengua!
« … a quien escuche Mis palabras y las ponga por obra, lo compararé con el varón prudente, que edificó su casa firmemente sobre roca…»