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  El sufrimiento de los animales es la tumba de los hombres


«Los animales también son sólo humanos», así decía el titular del 12.8.2010 del prestigioso periódico alemán «Die Zeit». En un artículo en defensa del vegetarianismo, la redactora Iris Radisch arriesgaba una pregunta revolucionaria: «Después de todo, ¿nos está permitido matar animales?». El mismo titular daba la respuesta: «¡Acabemos con ello!», se podía leer sobre dos filetes sangrantes. La redactora argumentaba diciendo: «La pregunta decisiva de si nos está permitido matar animales para comernos sus cadáveres, la hemos contestado desde hace eternidades. Tal vez no con la cabeza, el entendimiento, pero sí usando para ello los dientes. El devorador de animales está en el lugar de la parte vencedora de la evolución. Él es el rey de la cadena alimentaria».
¿Cómo se comporta el rey de la cadena alimentaria? ¿Con un actitud de reyes? ¡Francamente no! A los «súbditos» del «rey de la cadena alimentaria» no sólo se les cría de la manera más brutal, se les caza, se les pesca, se les mata, se les descuartiza, y –con su permiso– se les devora; se les quita la base del sustento de su vida, haciendo que colapse la madre Tierra, que es la que hace surgir la vida de muchísimas maneras. Ésta es la respuesta del «rey de la cadena alimentaria», el hombre, quien, como Iris Radisch, la redactora del periódico alemán «Die Zeit», y vegetariana, dice: « (…) ha dado una respuesta no con el entendimiento sino con los dientes».
¿Sería de veras tan difícil dar una respuesta en base al entendimiento o incluso desde el corazón? ¿No habló Dios, el Eterno, a través de Moisés, en Sus mandamientos, de forma inequívoca a favor de la vida, diciendo «¡No matarás!»?
¿Y no dijo Jesús del mismo modo categórico «Lo que hagáis a uno de los más pequeños, me lo habéis hecho a Mí»? Éste es el mandamiento de la vida, no importa cómo se vea todo desde el punto de vista del hombre moderno, cuya maquinaria de matanza, en comparación al pasado, no es menos sangrienta, sino que sólo es menos visible.

Iris Radisch presenta en su artículo algunos argumentos que se suelen aducir comúnmente en las discusiones intelectuales sobre los pros y contras del vegetarianismo, llegando finalmente a decir: «¿Pero no nos ahorra también usted la pregunta primordial y decisiva, que es: quién tiene la autorización para matar a quién –y por qué? El ser humano goza del derecho a la integridad física. Sin embargo, el derecho que les concedemos a los animales consiste en ser pasados por un baño eléctrico antes de que sean despedazados y reventados por un trozo de metal que les parte el cráneo, anestesiados o colgados cabeza abajo de un gancho. La desigualdad salta a la vista». Iris Radisch sigue diciendo: « (…) Es la base de aquello que nosotros calificamos de normalidad. ¿Pero qué si simplemente nos hemos equivocado? ¿Es posible que lo que desde hace milenios se considera normal sea en realidad una monstruosa injusticia?
Y ella continúa diciendo: «Sí, esto es posible. Todos los motivos que aducimos y hacemos valer para justificar la evidente desigualdad de derechos entre el hombre y el animal son jactanciosos.
¡Cuánta arrogancia! ¿Es que unas diferencias mínimas en el código genético nos autorizan para que nos podamos comer a nuestros parientes cercanos, la vaca, el cerdo, los caballos y las ovejas? El animal, dice una leyenda muy extendida en el cristianismo, no puede pensar y no tiene alma. Su "falta de raciocinio", como dijo el doctor de la Iglesia, san Agustín, lo destina para ser animal de matanza, la “justa disposición del Creador ha acomodado su vida y su muerte a nuestro provecho”». Esta postura intelectual del padre de la Iglesia, san Agustín, honrado en la institución católica como santo, marcó en lo sucesivo todos los siglos del así llamado occidente cristiano, en la que el animal queda a merced del hombre para ser matado sin compasión alguna, en base a la supuesta «justa disposición del Creador». Miles de millones de destinos de animales víctimas de la tortura denuncian a la institución llamada Iglesia y a sus «padres», de ser responsables de la miseria que viven los animales y del correspondiente embrutecimiento paralelo de los seres humanos.
Pero regresemos a Iris Radisch, que escribe lo siguiente: «¿Qué sucedería si los animales nos considerasen también carentes de alma, sólo porque somos diferentes? Hoy en día se sabe que el hombre, contra todo lo que suponen los piadosos deseos de los filósofos cristianos respecto a la información genética, sólo se diferencia de forma mínima del resto de los mamíferos. El sistema nervioso, el que se produzcan estímulos, emociones como miedo y pánico, así como la sensación de dolor, es idéntico en el hombre y en el animal.
Es imposible hacerlo todo bien en nuestra convivencia con los animales, pero eso no nos da de ningún modo el derecho a hacerlo todo mal». Una mirada al mundo, con sus crecientes catástrofes, que adquieren dimensiones cada vez mayores, nos demuestra que nosotros –la humanidad, el «rey de la cadena alimentaria»–, efectivamente «lo hemos hecho todo mal» en el trato con la naturaleza y con nuestras criaturas hermanas. La factura de la naturaleza ya nos ha sido presentada, pronto seguirá el recibo. Allí donde la naturaleza exige pagos por las deudas acumuladas, se escucha siempre la pregunta: ¿Por qué permite Dios algo así?
Dios, el Eterno, no deja que Sus hijos caigan sin más en las dificultades creadas por ellos mismos. Por los actos en contra de la ley de la vida, los seres humanos se han ido apartando cada vez más de lo que está en cada uno de ellos, del fondo primario de toda Existencia, de Dios, quien a través de sutiles percepciones, de finas sensaciones y de la voz de la conciencia puede guiar a Sus hijos humanos, en caso de que ellos quieran. Si Dios no puede alcanzar a cada persona en particular, dado que ésta ha acallado sus sensaciones, ha matado su conciencia, a pesar de ello Él no permite que Sus hijos humanos sucumban sin avisos ni advertencias ante el efecto de la ley de Siembra y cosecha. Dios, el Eterno, nuestro Padre celestial, nos advirtió en todos los tiempos a través de hombres y mujeres iluminados y a través de Sus portadores de la palabra, los verdaderos profetas de Dios. Él llamó y sigue llamando a la humanidad, que vive enredada en sus culpas, a que cambie su comportamiento.
Así lo hace también en la actualidad. Dios, el Eterno, desde hace más de 36 años está llamando en nuestro tiempo a través de Su instrumento, la profeta y enviada de Dios, Gabriele. Él advierte una y otra vez de las consecuencias que tiene todo lo que se hace en contra de Su ley de la vida. Ya en el año 1977 Cristo advirtió a través de la palabra profética: «Son las doce menos cinco». En los años siguientes el Espíritu del Cristo de Dios advirtió una y otra vez en innumerables mensajes dados desde el Infinito y volvió a llamar a los seres humanos a que cambiaran su comportamiento.
En el año 1999 Gabriele publicó un librito de la serie titulada «El profeta», que en todo el mundo se convirtió en la guía de conducta para el cambio de la forma de pensar respecto a los animales, con el título de «Los animales claman, el profeta denuncia». Poco después le siguió otra publicación de la serie «El profeta», titulado: «El asesinato de los animales es la muerte de los hombres».
En conmovedoras descripciones se muestra y denuncia cuán brutalmente se comporta el ser humano con los animales, especialmente los matarifes, los cazadores y los caníbales de animales. En este libro Gabriele escribe: «Las catástrofes de la Tierra son el reflejo de la catástrofe llamada hombre». En un análisis que muestra una claridad hasta ahora nunca vista, se descubre al causante, al autor de las catástrofes. Así se muestra que en todos los tiempos han sido y siguen siendo los hombres-sacerdote los que no sólo permitieron que se matara a los animales, sino que por medio de su sangriento culto de sacrificios de víctimas prácticamente crearon la base para que el ser humano tratara de modo tan indescriptiblemente cruel a las criaturas de Dios. Desde hace más de 3000 años, Dios, el Eterno, llama y advierte a través de Sus profetas de Dios. A través de Moisés Él nos dio el mandamiento «No matarás». A través de Isaías Dios dijo: «Estoy harto de los carneros que quemáis en holocausto como sacrificio y de la grasa de vuestros bueyes». (Is 1,11) A través de Oseas, Dios, el Eterno, dijo: «Amor es lo que quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios en vez de holocaustos». (6,6) Y A través de Jeremías: «Vuestros holocaustos no me complacen. Vuestras matanzas de sacrificio no me son gratas». Aunque actualmente la parrilla casera y la sartén se hayan convertido en el sustitutivo de los altares de víctimas sangrantes, y la mesa de la cocina sirva como mesa de disecciones para sacar las entrañas a los cadáveres de animales, en todos los tiempos la base de todo este sangriento comportamiento fue sentada por los hombres-sacerdote.
¿Qué dijo Jesús de Nazaret? «Yo no he venido para anular la ley, sino para cumplirla». Y Él nos advirtió: «Lo que hagáis a uno de los más pequeños, Me lo habréis hecho a Mí». ¿Quiénes son los más pequeños? Habitualmente solemos pensar en este caso en los niños y adultos que viven en la mayor pobreza y pasando necesidades, que se mueren de hambre. Para ellos en el mundo globalizado apenas si existen posibilidades de vida y desarrollo. En verdad que éstos forman parte de los que, desde el punto de vista de los ricos que se sientan a mesas colmadas de alimentos, tienen poco valor. Más de uno piensa además en los niños que sin amparo están expuestos a caer en manos de los más perversos violadores de menores, teniendo que soportar mucho sufrimiento, necesidades y violencia. También algunos sacerdotes ven en estos miembros más débiles de la sociedad, un campo abierto para satisfacer sus apetitos de abusar de uno de estos de los llamados más pequeños. Seguro que también para ellos valen las palabras de Jesús: «Lo que hagáis a uno de los más pequeños, Me lo habréis hecho a Mí».
Pero si miramos esta frase desde la perspectiva de la Ley de la vida, como Dios, el Eterno, nos la explica a través de Gabriele, comprenderemos que toda vida, toda Existencia, lleva en sí el hálito de Dios, y por consiguiente es una parte de la gran unidad de la Creación. Quien perjudique intencionadamente al más pequeño elemento de la Creación, sea una persona, un animal, una planta o los reinos de los minerales, está obrando contra uno de los más pequeños, y por consiguiente le ha hecho eso a Él, al Cristo de Dios, que como Corregente de la Creación es Existencia omnipresente y por tanto tiene parte en todo.
Contemplemos una forma especial de menosprecio de los animales: la caza. Una persona de la que normalmente se piensa que está dotada de sentimientos y de entendimiento, y que también conoce los mandamientos de Dios como «No matarás», se provee con armas para matar y merodea en la oscuridad del crepúsculo por campos y bosques que son el espacio vital de los animales. Furtiva y rastreramente irrumpe en el espacio vital de corzos, liebres, zorros, jabalíes y muchos otros seres vivos, para realizar su sangriento oficio. Sus víctimas son seres que sienten, que tienen una fina capacidad de percepción y sensibles sentidos, y que registran con finos matices todo lo que sucede a su alrededor. Ellos respiran el mismo hálito que el hombre que se acerca furtivamente para asesinarlos. El comportamiento de los animales está orientado a una vida comunitaria. Ellos viven –en la medida en que el ser humano no los moleste–, en una estructura social que se basa en la unidad. El cazador irrumpe en esa unidad. A su arbitrio elige y se lleva a determinados animales, juega a ser juez sobre la vida y la muerte y no conoce su verdadero origen. Mata a sus «parientes más cercanos», como los llama Iris Radisch. Como saqueador de botín, el «tío» cazador se desliza entre el ramaje, coloca cebaderos para, llegado el momento, finiquitar con el disparo mortal la confianza de los animales. Como justificación para el matar por placer, se argumenta que hay que restablecer el equilibrio de la naturaleza. Al respecto podemos leer lo siguiente en «El profeta: El asesinato de los animales es la muerte de los hombres»: «Los animales de los campos y bosques no tienen hogar, pues traicioneros cazadores de presa están al acecho de las criaturas para matarlas. Muchas personas opinan equivocadamente que son ellas las que tienen que mantener el equilibrio de la naturaleza». «Ninguna especie animal se procrea sin medida ni finalidad. Las poblaciones de animales no se limitan desde fuera, en base a lucha y muerte, sino por una medida interna. La caza no sólo es inservible para este fin, sino que también es completamente innecesaria».
Escuchemos también lo que tiene que decir Dios, el Eterno, el universalmente sabio Creador del Universo en Su Palabra, dada a través de Su profeta y enviada, Gabriele. Él dijo: «Yo Soy el equilibrio en todo el infinito y también en los reinos de la naturaleza de la Tierra. Yo no necesito hombres de peso, que creen que tienen que mantener el equilibrio». El sufrimiento, el miedo y el dolor que los cazadores llevan a bosques y campos, producirá sus efectos; se hará visible en los campos de la eternidad en la ley de Siembra y cosecha. Puesto que la semilla de la crueldad, aunque se siembre en el campo del alma en la oscuridad de la noche, produce por su parte frutos del horror, los que sin embargo tiene que cosecharlos aquel que sembró la semilla con sus sentimientos, pensamientos y obras de destrucción de la vida. La crueldad para con las criaturas la pone la oscuridad de la noche en el alma del causante. De este oscurecimiento del alma sólo puede volver a salir cada uno a través del camino del reconocimiento, del arrepentimiento, de la purificación y del no volver a hacerlo, así como de la reparación del mal causado, en la medida en que esto sea aún posible. La mayoría de las veces el reconocimiento sólo es posible cuando el autor de los hechos es alcanzado por golpes del destino, que sin embargo la persona afectada, en base al adoctrinamiento eclesiástico de siglos de duración y que tiene en sí la imagen de un Dios cruel, interpreta como un castigo de Dios. El matarife y el cazador quedan ahora expuestos a su propia crueldad anímica, donde lo que han puesto de negativo en su interior se convierte ahora para ellos en su tortura. El cazador, en las imágenes del alma se convierte ahora en presa; el descuartizador porta ahora él mismo los agravantes jirones de su alma. De ellos cuelga todo lo que ha grabado en su interior de sufrimiento, de los amargos tormentos y el miedo que la persona de peso causó antaño a sus criaturas hermanas.
¿Cómo es el sufrimiento que lleva un cazador a bosques y campos? En el librito «El profeta n° 16», de Gabriele, leemos lo siguiente: «El valiente cazador no dispara a corzos y jabalíes simplemente con cartuchos, lo hace con balas que se expanden, o respectivamente dividen. Se habla de balas expansivas o de las que arquean como balas de deformación en el interior del animal alcanzado. ¿Para qué? Para que del animal alcanzado se derramen el mayor número de “rastros de caza“: sangre, restos del estómago o de los intestinos, pelaje, fragmentos de huesos, etc. Esto ha de facilitar la búsqueda de la pieza de caza herida, que aún no ha muerto. Para que ésta no se escape una y otra vez en esta “búsqueda“, se la deja “enfermar“ unas horas, según el lenguaje de los cazadores. Entonces es cuando se comienza el rastreo para rematar definitivamente con un tiro mortal al animal reventado. En lugar de este modo de matanza también está permitido por el reglamento de caza el degollar al animal. La mayoría de los animales de pezuña, como por ejemplo los corzos, los ciervos, los venados, los gamos, las gamuzas, los jabalíes, mueren de este modo después de horas de torturas. Cuando el animal está finalmente muerto es “abierto“ inmediatamente. Los intestinos y las otras vísceras son arrancadas del cuerpo aún caliente. La forma de actuar de los cazadores en este caso apenas se diferencia de la de un animal feroz sediento de sangre, que solemos calificar de “bestial”». Esta es una breve escena del sufrimiento que noche tras noche causan los cazadores miles de veces en los bosques. De la escala de los asesinos de animales se podría deducir quién fue un asesino de animales en encarnaciones pasadas, puesto que, como dice el refrán, tal como el árbol cae, así se queda tumbado: un asesino de animales. Y los que consumen la carne, son los cómplices de los asesinos de animales.
Puesto que toda persona, especialmente en la llamada cristiandad, conoce el mandamiento «No matarás». Dios, el Eterno, regaló la vida a todas Sus criaturas. Quien apruebe el matar, no importa de qué manera ni con qué justificación, está en contra de la vida, y la vida es Dios. De Dios, el Eterno, surgieron todas las formas puras de la Existencia eterna. De Él surgió toda vida. Su hálito anima todas las formas de vida, todo lo que vive, porque Él es la Vida, el hálito en todo. Quien quita el hálito a una criatura, se pone contra el Donante de vida, el Dios creador, el Espíritu eterno, que en toda vida es la imperecedera y eterna energía de la Existencia eterna. Para los seres humanos la vida significa respirar. ¿Quién nos puede dar la respiración? ¿Qué aliento tiene el animal que se mata a traición en el bosque? ¿Qué aliento vive en el animal que lleno de miedo ve venir su matanza, que sufrirá y morirá como animal de experimentación en medio de torturas? Ningún ser humano puede dar vida, por lo tanto tampoco la podemos quitar, es decir, no debemos matar. Matar intencionadamente es asesinato. Si matamos a un animal intencionadamente, es decir, deliberadamente, estamos en contra de la vida, es decir, contra Dios. Quien se arrogue el derecho de matar para sus propios fines, se coloca en contra del mandamiento de Dios, que Él nos dio a través de Moisés: «No matarás». ¿Pueden los poderosos de este mundo, los gobiernos, los representantes de la Iglesia, volver a dar la vida, el hálito de Dios? La trascendencia que tiene el rechazo de este mandamiento lo podemos leer en el estado del mundo actual. ¿Cómo sería este mundo, cómo sería esta Tierra –un maravilloso planeta para vivir–, si se hubiese cumplido consecuentemente tan sólo ese mandamiento «No matarás»? Desde hace más de 3000 años este mandamiento está ante los seres humanos advirtiéndoles. ¿Dónde nos encontramos nosotros? ¿Dónde se encuentran los poderosos, dónde se encuentran los pueblos, dónde se encuentran los gobiernos, dónde están las Iglesias, sobre todo las que se llaman a sí mismas «cristianas»? ¿Se encuentran en el cumplimiento de este mandamiento básico? ¿Y dónde nos encontramos nosotros, cada uno de nosotros, especialmente cuando miramos nuestro menú? Vivimos en una sociedad cuyo orden cronológico concierta con el nacimiento de Cristo. ¿No es deplorable que esta sociedad, y con ella toda la humanidad, 2000 años después del nacimiento de Cristo se encuentre al borde del abismo? ¿Vino Jesús, el Cristo, para eso? La Tierra sufre bajo el cambio climático causado por el hombre. Si los seres humanos que pertenecen a la llamada cristiandad hubiesen cambiado a partir de los años de la vida terrenal de Jesús, el Cristo, tampoco el clima empeoraría.
Jesús, el Cristo, nos enseñó: «Sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre de los Cielos». Cada persona tendría por tanto que haber cambiado, y así ahora no tendríamos el cambio climático, ni mucho menos la catástrofe climática, puesto que el hombre no se habría convertido en una catástrofe. Entonces el clima entre los seres humanos así como en la relación con la naturaleza y los animales tampoco sería tan catastrófico. El hombre es el causante de las catástrofes. ¿Por qué entonces acusan tantas personas a Dios? Porque los hombres-sacerdote en base a sus dogmas romanos atribuyen las causas a los misterios de Dios, en lugar de, en su calidad de secretistas guarnecidos de cultos, asumir su responsabilidad. Si Dios realmente tuviese misterios de los que se derivasen necesidades, miseria y sufrimiento, Jesús, el Cristo, habría sido un mentiroso, y Su enseñanza, de que todos nosotros, sin excepción ninguna, tenemos un padre celestial amoroso, sería una pura blasfemia.
¿Por qué anunció Cristo al Consolador, que nos conducirá a toda la Verdad, si Dios supuestamente tiene misterios? ¿Traiciona Él con ello a Su Padre celestial, o mejor dicho Le han traicionado todos aquellos que enseñan que Dios tiene secretos? ¿Con qué ha llenado la cristiandad todo este tiempo, que ha ajustado su sistema cronológico a Jesús, el Cristo? ¿Con una vida siguiéndole plenamente a Él?
2000 años de la así llamada cristiandad están llenos de asesinatos, saqueos, violaciones, explotación, esclavitud de seres humanos, de la naturaleza, de los animales, de las plantas y de los reinos minerales de la Tierra, llenos de falta de consideración y de corrupción, de rearme y de enemistad entre los pueblos, llenos de guerras, de torturas, de embrutecimiento y de crueldad. ¿Se equivocó Jesús el Cristo? ¡No! Dios es el amor, y el amor de Dios no conoce fronteras; él pertenece también a los animales, a la naturaleza, y a toda la madre Tierra. Quien tortura o mata –o lo que es lo mismo, asesina– a los animales y ultraja la Tierra, odia a Dios, y sirve al dios del infierno, que es el dios del horror. Para realizar su impiedad, ese dios instauró sacerdotes, que le sirven a él, atribuyendo a toda vida la falta de valor con la que ellos mismos se han rodeado. Por ese motivo niegan ellos que los animales tengan alma y proceden bestialmente contra todo lo que es más noble, más fino y más puro que ellos.
Quien odia a Dios, lucha contra Su creación. Causa sufrimiento y división en todos los ámbitos de la vida, incluyendo a la naturaleza y a los reinos animales, según la ley del dios de las tinieblas: «Separa, ata y domina». El «Une y sé», que proviene de las leyes de Dios, del Eterno, es para él como una espina en la piel, porque conduce a la Unidad, al amor de Dios, que todo lo abarca, porque Dios, el Eterno, es Amor omniabarcante.
2000 años después de la vida terrenal de Jesús, el Cristo, Dios ha vuelto a enviar a un gran profeta de Dios, a Gabriele, a través de la que Él ha vuelto a advertir a la humanidad de los efectos de su comportamiento. Jesús, el Cristo, ha cumplido lo que Él nos prometió. Él nos envió al Espíritu de la Verdad, al Consolador, que nos ha conducido y sigue conduciendo a toda la Verdad. Él llama a cada uno de nosotros. Y una vez más Su llamada dice: «Sígueme», es decir, a Cristo. Lo que se pide es seguir al Hijo de Dios, no el seguir al culto, a los ritos, los dogmas y ceremonias, porque: ¿de qué han servido? El estado de este mundo es el reflejo de las religiones de culto externas. Fachadas blanqueadas, bonitas de ver por fuera, pero por dentro llenas de podredumbre y osamentas de muertos. Las bandejas de ofrendas de la así llamada cristiandad están rebosantes de osamentas de pueblos enteros, de razas y de naciones, pero también de miles de millones de cadáveres de animales, a los que en lugar de protección y cuidados se les dispensaron y siguen dispensando crueldad y destrucción. Por eso ya es hora de decir: «¡Basta ya!».
Con palabras muy conmovedoras, el Creador advirtió a través de Gabriele ya el 27 de Febrero de 2001. El Creador dijo a través de la Palabra profética:
«YO SOY el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Yo Soy el Dios de todos los verdaderos profetas.
Yo, DIOS, el Todopoderoso, alzo Mi voz a través de Mi profeta y enviada y la dirijo a la humanidad. ¡Dejad de consumir a las criaturas que viven con vosotros, que son vuestros hermanos animales!
¡Dejad de torturarlos por medio de experimentos con animales, y quitándoles la libertad, manteniéndolos en establos que no son dignos de ellos! Los animales aman la libertad, de igual modo que vosotros, los hombres.
¡Dejad de matar a los animales más pequeños, la vida en la Tierra, por medio de abonos químicos artificiales, también por medio de excrementos y cosas similares!
Dejad de talar y quemar los bosques, quitándoles a los animales y al campo el espacio vital. Devolvedles su espacio de vida a los bosques, los campos y las praderas; de otra manera vuestro destino, que vosotros mismos os habéis impuesto, os quitará vuestro hogar y propiedad y vuestras fuentes de alimentación, a través de catástrofes en todo el mundo que vosotros mismos habéis creado, a raíz de vuestro comportamiento contra la vida, contra los reinos de la naturaleza, incluidos los animales.
Si los hombres dejan una vez más que a Mis palabras se las lleve el viento, vendrá la tempestad, el destino mundial, arrebatando a cientos de miles de seres humanos – por una parte a través de catástrofes en todo el mundo, y por otra por medio de enfermedades que caerán sobre ellos de modo semejante a plagas, y que, por haberse apartado de toda ética y moral espiritual, han impuesto a los animales, que actualmente ellos están quemando por miles. A aquel que no dé la vuelta, le sucederá algo semejante.
Mi palabra ha sido expresada. El Apocalipsis mundial se ha puesto en movimiento. Aquel que no quiera escuchar, sentirá las causas que ha creado en forma de efectos, llegándoles éstos cada vez con más rapidez. Yo he elevado hacia Mí a la Tierra con sus plantas, animales y minerales. Quien siga alzando su mano contra la madre Tierra con todas sus formas de vida, sentirá los efectos. ¡Dejad de torturar, de matar y de asesinar!
¡Dejad, hombres, vuestro comportamiento brutal, que recae únicamente sobre vosotros y sobre ningún otro ser; puesto que lo que hacéis a la más ínfima de las criaturas que viven con vosotros, eso me lo hacéis a Mí, y también a vosotros!
¡Basta ya! Cambiad vuestro comportamiento, pues de otro modo continuará la cosecha, que es vuestra siembra.
YO SOY el QUE SOY, siempre El Mismo, ayer, hoy y mañana, en toda la Eternidad.
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