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es la tumba de los hombres

El sufrimiento de los animales
es la tumba de los hombres



«Los animales también son sólo humanos», así de­cía el titular del 12.8.2010 del prestigioso pe­rió­dico alemán «Die Zeit». En un artículo en de­fensa del vegetarianismo, la redactora Iris Radisch arriesgaba una pregunta revolucionaria: «Des­pués de todo, ¿nos está permitido matar anima­les?». El mismo titular daba la res­puesta: «¡Aca­be­mos con ello!», se podía leer so­bre dos filetes sangrantes.
La redactora argumentaba diciendo: «La pre­gun­ta decisiva de si nos está permitido matar anima­les para comernos sus cadáveres, la hemos con­tes­tado desde hace eternidades. Tal vez no con la cabeza, el entendimiento, pero sí usando para ello los dientes. El de­vo­rador de animales está en el lugar de la parte ven­cedora de la evolución. Él es el rey de la cadena  alimentaria».

¿Cómo se comporta el rey de la cadena ali­men­­taria? ¿Con un actitud de reyes? ¡Franca­men­te no! A los «súbditos» del «rey de la ca­dena alimentaria» no sólo se les cría de la manera más brutal, se les caza, se les pesca, se les mata, se les descuartiza, y –con su permiso– se les devora; se les quita la base del sustento de su vida, ha­ciendo que colapse la ma­dre Tierra, que es la que hace surgir la vida de mu­chísimas maneras.
Ésta es la respuesta del «rey de la cadena ali­­mentaria», el hombre, quien, como Iris Ra­disch, la redactora del periódico alemán «Die Zeit», y vegetariana, dice: « (…) ha dado una res­pues­ta no con el entendimiento sino con los dientes».

¿Sería de veras tan difícil dar una respuesta en ba­se al entendimiento o incluso desde el cora­zón? ¿No habló Dios, el Eterno, a través de Moi­sés, en Sus mandamientos, de forma ine­quívoca a favor de la vida, diciendo «¡No matarás!»?

¿Y no dijo Jesús del mismo modo categórico «Lo que hagáis a uno de los más pequeños, me lo habéis hecho a Mí»?
Éste es el mandamiento de la vida, no importa cómo se vea todo desde el punto de vista del hom­bre moderno, cuya maquinaria de ma­tanza, en comparación al pasado, no es menos san­grien­ta, sino que sólo es menos visible.

El derecho del ser humano a la integridad física. ¿Y el animal?

Iris Radisch presenta en su artículo algunos argu­men­tos que se suelen aducir común­men­te en las discusiones intelectuales sobre los pros y con­tras del vegetarianismo, llegando finalmente a decir: «¿Pero no nos ahorra tam­bién usted la pre­gunta primordial y decisiva, que es: quién tie­ne la autorización para matar a quién –y por qué? El ser humano goza del derecho a la inte­gridad física. Sin embargo, el dere­cho que les con­cedemos a los animales consiste en ser pasa­dos por un baño eléctrico antes de que sean des­pe­da­zados y reventados por un trozo de me­tal que les parte el cráneo, anestesiados o colgados cabeza abajo de un gancho. La desi­gual­dad salta a la vista». Iris Radisch sigue diciendo: « (…) Es la base de aquello que nosotros califi­ca­mos de norma­lidad. ¿Pero qué si simple­mente nos hemos equivocado? ¿Es posible que lo que des­de hace milenios se consi­dera normal sea en realidad una monstruosa injusticia?

Y ella continúa diciendo: «Sí, esto es posible. Todos los motivos que aducimos y hacemos va­ler para justificar la evidente desigualdad de de­rechos entre el hombre y el animal son jactan­cio­sos.

¡Cuánta arrogancia! ¿Es que unas diferencias mí­nimas en el código genético nos autorizan para que nos podamos comer a nuestros pa­rientes cer­­canos, la vaca, el cerdo, los caballos y las ove­­jas? El animal, dice una leyenda muy extendi­da en el cristianismo, no puede pensar y no tiene alma. Su "falta de raciocinio", como dijo el doctor de la Iglesia, san Agustín, lo des­tina para ser animal de matanza, la “justa dis­posición del Creador ha acomodado su vida y su muerte a nuestro provecho”».
Esta postura intelectual del padre de la Iglesia, san Agustín, honrado en la institución católica co­­mo santo, marcó en lo sucesivo todos los si­glos del así llamado occidente cristiano, en la que el animal queda a merced del hombre para ser matado sin compasión alguna, en base a la supuesta «justa disposición del Creador». Miles de millones de destinos de animales víctimas de la tortura denuncian a la institución llamada Igle­sia y a sus «padres», de ser responsables de la mi­seria que viven los animales y del co­rres­pon­diente embrutecimiento paralelo de los seres humanos.

Pero regresemos a Iris Radisch, que escribe lo siguiente: «¿Qué sucedería si los animales nos con­siderasen también carentes de alma, sólo porque somos diferentes?
Hoy en día se sabe que el hombre, contra todo lo que suponen los piadosos deseos de los filó­sofos cristianos respecto a la información gené­tica, sólo se diferencia de forma mínima del resto de los mamí­feros. El sistema nervioso, el que se pro­duzcan es­tímulos, emociones co­mo miedo y pánico, así como la sensación de dolor, es idén­tico en el hombre y en el animal.

Es imposible hacerlo todo bien en nuestra con­vi­ven­cia con los animales, pero eso no nos da de ningún modo el derecho a hacerlo todo mal».
Una mirada al mundo, con sus crecientes catás­trofes, que adquieren dimensiones cada vez ma­yo­res, nos demuestra que nosotros –la hu­mani­dad, el «rey de la cadena alimentaria»–, efec­tivamente «lo hemos hecho todo mal» en el trato con la naturaleza y con nuestras cria­tu­ras her­ma­nas. La factura de la naturaleza ya nos ha si­do presentada, pronto seguirá el re­cibo. Allí don­de la naturaleza exige pagos por las deudas acumuladas, se escucha siem­pre la pregunta: ¿Por qué permite Dios algo así?

Dios exhortó y advirtió

Dios, el Eterno, no deja que Sus hijos caigan sin más en las dificultades creadas por ellos mismos. Por los actos en contra de la ley de la vida, los seres humanos se han ido apartando cada vez más de lo que está en cada uno de ellos, del fon­do primario de toda Existencia, de Dios, quien a través de sutiles per­cep­ciones, de finas sensaciones y de la voz de la con­ciencia puede guiar a Sus hijos humanos, en caso de que ellos quieran.
Si Dios no puede alcanzar a cada persona en par­­ticular, dado que ésta ha acallado sus sen­saciones, ha matado su conciencia, a pesar de ello Él no permite que Sus hijos humanos su­cumban sin avisos ni advertencias ante el efecto de la ley de Siembra y cosecha. Dios, el Eterno, nuestro Padre celestial, nos advirtió en todos los tiempos a través de hombres y mujeres ilu­mi­na­dos y a través de Sus portadores de la palabra, los verdaderos profetas de Dios. Él llamó y sigue llamando a la humanidad, que vive enredada en sus culpas, a que cambie su comportamiento.

Así lo hace también en la actualidad. Dios, el Eterno, desde hace más de 36 años está lla­mando en nuestro tiempo a través de Su instrumento, la profeta y enviada de Dios, Gabriele. Él advierte una y otra vez de las con­secuencias que tiene to­do lo que se hace en contra de Su ley de la vi­da. Ya en el año 1977 Cristo advirtió a través de la palabra profética: «Son las doce menos cinco». En los años si­guientes el Espíritu del Cristo de Dios advirtió una y otra vez en innumerables mensajes dados desde el Infinito y volvió a llamar a los seres humanos a que cambiaran su com­por­tamiento.

En el año 1999 Gabriele publicó un librito de la serie titulada «El profeta», que en todo el mundo se con­virtió en la guía de conducta para el cam­bio de la forma de pensar respecto a los animales, con el título de «Los animales claman, el profeta denuncia». Poco después le siguió otra publi­ca­ción de la serie «El profeta», titulado: «El asesinato de los animales es la muerte de los hombres».

En conmovedoras descripciones se muestra y de­nuncia cuán brutalmente se comporta el ser hu­mano con los animales, especialmente los matarifes, los cazadores y los caníbales de ani­males. En este libro Gabriele escribe: «Las catás­trofes de la Tierra son el reflejo de la catástrofe lla­mada hombre». En un análisis que muestra una claridad hasta ahora nunca vista, se des­cu­bre al causante, al autor de las ca­tás­trofes. Así se muestra que en todos los tiempos han sido y siguen siendo los hombres-sacerdote los que no sólo permitieron que se matara a los ani­males, sino que por medio de su sangriento culto de sacri­ficios de víctimas prácticamente crearon la base para que el ser humano tratara de modo tan indes­crip­tiblemente cruel a las criaturas de Dios.
Desde hace más de 3000 años, Dios, el Eterno, llama y advierte a través de Sus profetas de Dios.
A través de Moisés Él nos dio el mandamiento «No matarás».
A través de Isaías Dios dijo: «Estoy harto de los carneros que quemáis en holocausto como sa­crificio y de la grasa de vuestros bueyes». (Is 1,11)
A través de Oseas, Dios, el Eterno, dijo: «Amor es lo que quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios en vez de holocaustos». (6,6) Y A través de Jeremías: «Vuestros holocaustos no me com­placen. Vuestras matanzas de sacrificio no me son gratas».
Aunque actualmente la parrilla casera y la sar­tén se hayan convertido en el sustitutivo de los alta­res de víctimas sangrantes, y la mesa de la cocina sirva como mesa de disecciones para sacar las entrañas a los cadáveres de animales, en todos los tiempos la base de todo este san­griento comportamiento fue sentada por los hombres-sacer­dote.

«Lo que hagáis a uno de los más pequeños…»

¿Qué dijo Jesús de Nazaret? «Yo no he venido pa­ra anular la ley, sino para cumplirla». Y Él nos advirtió: «Lo que hagáis a uno de los más pe­queños, Me lo habréis hecho a Mí». ¿Quiénes son los más pequeños? Habitualmente sole­mos pensar en este caso en los niños y adultos que viven en la mayor pobreza y pasando ne­ce­si­da­des, que se mueren de hambre. Para ellos en el mundo globalizado apenas si existen posibili­da­des de vida y desarrollo. En verdad que éstos forman parte de los que, desde el punto de vista de los ricos que se sientan a mesas colmadas de ali­mentos, tienen poco valor.
Más de uno piensa además en los niños que sin amparo están expuestos a caer en manos de los más perversos violadores de menores, tenien­do que soportar mucho sufrimiento, necesi­da­des y violencia. También algunos sacerdotes ven en estos miembros más débiles de la sociedad, un campo abierto para satis­facer sus apetitos de abusar de uno de estos de los llamados más pequeños. Seguro que también para ellos valen las palabras de Jesús: «Lo que hagáis a uno de los más pequeños, Me lo habréis hecho a Mí».

Pero si miramos esta frase desde la perspectiva de la Ley de la vida, como Dios, el Eterno, nos la explica a través de Gabriele, compren­de­remos que toda vida, toda Existencia, lleva en sí el hálito de Dios, y por consiguiente es una parte de la gran unidad de la Creación. Quien perjudique intencionadamente al más pequeño elemento de la Creación, sea una persona, un animal, una planta o los reinos de los minerales, está obran­do contra uno de los más pequeños, y por con­siguiente le ha hecho eso a Él, al Cristo de Dios, que como Corregente de la Crea­ción es Existen­cia omnipresente y por tanto tiene parte en todo.

La tenebrosa noche de los cazadores

Contemplemos una forma especial de menos­pre­cio de los animales: la caza.
Una persona de la que normalmente se piensa que está dotada de sentimientos y de enten­di­miento, y que también conoce los manda­mien­tos de Dios como «No matarás», se provee con armas para matar y merodea en la oscuridad del crepúsculo por campos y bosques que son el espacio vital de los animales. Furtiva y rastre­ra­mente irrumpe en el espacio vital de corzos, liebres, zorros, jabalíes y muchos otros seres vi­vos, para realizar su sangriento oficio. Sus víctimas son seres que sienten, que tienen una fina capacidad de percepción y sensibles senti­dos, y que registran con finos matices todo lo que sucede a su alrededor. Ellos respiran el mis­mo hálito que el hombre que se acerca furtiva­mente para asesinarlos.
El comportamiento de los animales está orien­ta­do a una vida comunitaria. Ellos viven –en la me­dida en que el ser humano no los moles­te–, en una estructura social que se basa en la uni­dad. El cazador irrumpe en esa unidad. A su arbi­trio elige y se lleva a deter­minados ani­males, juega a ser juez sobre la vida y la muerte y no conoce su verdadero origen. Mata a sus «parien­tes más cercanos», como los llama Iris Radisch. Como saqueador de botín, el «tío» cazador se des­li­za entre el ramaje, coloca ce­baderos para, llegado el momento, finiquitar con el disparo mor­tal la confianza de los ani­males. Como justi­fi­cación para el matar por placer, se argumenta que hay que restablecer el equilibrio de la natu­raleza.
Al respecto podemos leer lo siguiente en «El profeta: El asesinato de los animales es la muerte de los hombres»:
«Los animales de los campos y bosques no tie­­nen hogar, pues traicioneros cazadores de presa están al acecho de las criaturas para ma­tarlas. Mu­chas personas opinan equivoca­da­mente que son ellas las que tienen que man­tener el equili­brio de la naturaleza». «Nin­guna especie animal se procrea sin medida ni fina­lidad. Las pobla­cio­nes de animales no se limi­tan desde fuera, en ba­se a lucha y muerte, sino por una medida interna. La caza no sólo es inservible para este fin, si­no que también es completamente innecesa­ria».

Escuchemos también lo que tiene que decir Dios, el Eterno, el universalmente sabio Crea­dor del Universo en Su Palabra, dada a través de Su pro­feta y enviada, Gabriele. Él dijo: «Yo Soy el equilibrio en todo el in­finito y también en los reinos de la naturaleza de la Tierra. Yo no nece­sito hombres de peso, que creen que tienen que mantener el equilibrio».
El sufrimiento, el miedo y el dolor que los caza­do­res llevan a bosques y campos, producirá sus efectos; se hará visible en los campos de la eter­nidad en la ley de Siembra y cosecha. Puesto que la semilla de la crueldad, aunque se siembre en el campo del alma en la oscuri­dad de la noche, produce por su parte frutos del horror, los que sin embargo tiene que cose­charlos aquel que sembró la semilla con sus sentimientos, pen­sa­mientos y obras de des­trucción de la vida.
La crueldad para con las criaturas la pone la os­curidad de la noche en el alma del causante. De este oscu­recimiento del alma sólo puede vol­ver a salir cada uno a través del camino del re­conocimiento, del arre­pentimiento, de la purificación y del no volver a ha­cerlo, así como de la re­­paración del mal causado, en la medida en que esto sea aún posible. La mayoría de las veces el reconocimiento sólo es posible cuan­do el autor de los hechos es alcanzado por golpes del destino, que sin embargo la persona afectada, en base al adoctrinamiento ecle­siástico de siglos de duración y que tiene en sí la imagen de un Dios cruel, interpreta como un castigo de Dios. El matarife y el ca­zador quedan ahora expuestos a su propia crueldad anímica, donde lo que han puesto de negativo en su interior se convierte ahora para ellos en su tortura. El cazador, en las imágenes del alma se convierte ahora en presa; el descuartizador porta ahora él mismo los agra­van­tes jirones de su alma. De ellos cuelga todo lo que ha gra­bado en su interior de sufrimiento, de los amargos tormentos y el miedo que la per­sona de peso causó antaño a sus criaturas her­ma­nas.

¿Cómo es el sufrimiento que lleva un cazador a bosques y campos?
En el librito «El profeta n° 16», de Gabriele, lee­mos lo siguiente: «El valiente cazador no dis­para a cor­zos y jabalíes simplemente con car­tuchos, lo hace con balas que se expanden, o respec­tiva­men­te dividen. Se habla de balas expansivas o de las que arquean como balas de deformación en el interior del animal al­canzado. ¿Para qué? Para que del animal al­canzado se derramen el ma­yor número de “rastros de caza“: sangre, res­tos del estómago o de los intestinos, pelaje, frag­men­tos de huesos, etc. Esto ha de facilitar la bús­queda de la pieza de caza herida, que aún no ha muerto. Para que ésta no se escape una y otra vez en esta “búsqueda“, se la deja “enfermar“ unas horas, según el lenguaje de los cazadores. En­tonces es cuando se comienza el rastreo para rematar de­finitivamente con un tiro mortal al ani­mal reventado. En lugar de este modo de matan­za también está per­mitido por el regla­mento de caza el degollar al animal. La mayoría de los ani­males de pezuña, como por ejemplo los corzos, los ciervos, los venados, los gamos, las gamuzas, los jabalíes, mueren de este modo después de ho­ras de torturas. Cuando el ani­mal está finalmen­te muerto es “abierto“ in­mediatamente. Los intes­ti­nos y las otras vísceras son arrancadas del cuer­po aún caliente. La forma de actuar de los caza­dores en este caso apenas se diferencia de la de un animal feroz sediento de sangre, que solemos calificar de “bestial”».
Esta es una breve escena del sufrimiento que noche tras noche causan los cazadores miles de veces en los bosques.
De la escala de los asesinos de animales se po­dría deducir quién fue un asesino de ani­males en encarnaciones pasadas, puesto que, como dice el refrán, tal como el árbol cae, así se queda tumbado: un asesino de animales.
Y los que consumen la carne, son los cómplices de los asesinos de animales.

Quien tortura y mata animales está al servicio del dios del infierno

Puesto que toda persona, especialmente en la llamada cristiandad, conoce el mandamiento «No matarás». Dios, el Eterno, regaló la vida a to­das Sus criaturas. Quien apruebe el matar, no importa de qué manera ni con qué justificación, está en contra de la vida, y la vida es Dios. De Dios, el Eterno, surgieron todas las formas puras de la Existencia eterna. De Él sur­gió toda vida. Su hálito anima todas las formas de vida, todo lo que vive, porque Él es la Vida, el hálito en to­do. Quien quita el hálito a una criatura, se pone contra el Donante de vida, el Dios creador, el Espíritu eterno, que en toda vida es la impe­re­ce­dera y eterna energía de la Existencia eterna.
Para los seres humanos la vida significa respirar. ¿Quién nos puede dar la respiración? ¿Qué alien­to tiene el animal que se mata a traición en el bos­que? ¿Qué aliento vive en el animal que lleno de miedo ve venir su matanza, que sufrirá y mo­rirá como animal de experimen­tación en medio de torturas? Ningún ser hu­mano puede dar vida, por lo tanto tampoco la podemos quitar, es decir, no debemos matar.
Matar intencionadamente es asesinato. Si ma­tamos a un animal intencionadamente, es decir, delibe­ra­damente, estamos en contra de la vida, es decir, contra Dios. Quien se arrogue el dere­cho de matar para sus propios fines, se coloca en contra del manda­mien­to de Dios, que Él nos dio a través de Moisés: «No matarás». ¿Pue­den los poderosos de este mundo, los gobiernos, los representantes de la Iglesia, volver a dar la vida, el hálito de Dios?
La trascendencia que tiene el rechazo de este man­damiento lo podemos leer en el estado del mundo actual. ¿Cómo sería este mundo, cómo se­ría esta Tie­rra –un maravilloso planeta para vi­vir–, si se hu­biese cumplido consecuen­temente tan sólo ese man­damiento «No ma­tarás»? Desde hace más de 3000 años este man­damiento está ante los seres humanos ad­vir­tiéndoles. ¿Dónde nos encontramos no­sotros? ¿Dónde se encuen­tran los poderosos, dónde se encuentran los pue­blos, dónde se encuentran los gobier­nos, dónde están las Iglesias, sobre todo las que se llaman a sí mis­mas «cristianas»? ¿Se encuentran en el cum­plimiento de este mandamiento básico? ¿Y dón­­de nos encontramos nosotros, cada uno de noso­tros, especialmente cuando miramos nues­tro menú?
Vivimos en una sociedad cuyo orden crono­ló­gico concierta con el nacimiento de Cristo. ¿No es de­plo­rable que esta sociedad, y con ella toda la humanidad, 2000 años después del nacimien­to de Cristo se encuentre al borde del abismo? ¿Vino Jesús, el Cristo, para eso? La Tierra sufre ba­jo el cambio climático causado por el hombre. Si los seres humanos que pertenecen a la lla­ma­da cristiandad hubiesen cam­biado a partir de los años de la vida terrenal de Jesús, el Cristo, tam­­poco el clima empeo­raría.

Jesús, el Cristo, nos enseñó: «Sed perfectos, co­mo perfecto es vuestro Padre de los Cielos». Ca­da persona tendría por tanto que haber cam­bia­do, y así ahora no tendríamos el cambio cli­má­ti­co, ni mucho menos la catástrofe climática, pues­to que el hombre no se habría convertido en una catástrofe. Entonces el clima entre los seres humanos así como en la relación con la natu­ra­leza y los animales tampoco sería tan catas­tró­fico. El hombre es el causante de las catástrofes. ¿Por qué entonces acusan tantas personas a Dios? Porque los hombres-sa­cerdote en base a  sus dogmas romanos atri­buyen las causas a los misterios de Dios, en lugar de, en su calidad de secretistas guar­necidos de cultos, asumir su responsabilidad.
Si Dios realmente tuviese misterios de los que se derivasen necesidades, miseria y sufri­miento, Jesús, el Cristo, habría sido un men­tiroso, y Su enseñanza, de que todos no­sotros, sin excepción ninguna, tenemos un padre celestial amoroso, sería una pura blas­femia.

¿Por qué anunció Cristo al Consolador, que nos conducirá a toda la Verdad, si Dios supuesta­men­te tiene misterios? ¿Traiciona Él con ello a Su Padre celestial, o mejor dicho Le han traicio­na­do todos aque­llos que enseñan que Dios tie­ne secretos?
¿Con qué ha llenado la cristiandad todo este tiem­po, que ha ajustado su sistema cro­no­ló­gico a Jesús, el Cristo? ¿Con una vida siguién­dole plena­mente a Él?

2000 años de la así llamada cristiandad están llenos de asesinatos, saqueos, violaciones, explo­ta­ción, es­clavitud de seres humanos, de la natu­ra­leza, de los animales, de las plantas y de los rei­nos minerales de la Tierra, llenos de falta de consideración y de corrup­ción, de rearme y de ene­mistad entre los pue­blos, llenos de guerras, de torturas, de embru­teci­miento y de crueldad.
¿Se equivocó Jesús el Cristo? ¡No! Dios es el amor, y el amor de Dios no conoce fronteras; él pertenece también a los animales, a la na­turaleza, y a toda la madre Tierra. Quien tortura o mata –o lo que es lo mismo, asesina– a los animales y ul­traja la Tierra, odia a Dios, y sirve al dios del infierno, que es el dios del horror. Para realizar su impiedad, ese dios instauró sacerdotes, que le sirven a él, atribuyendo a toda vida la falta de valor con la que ellos mis­mos se han rodeado. Por ese motivo niegan ellos que los animales ten­gan alma y proceden bestialmente contra todo lo que es más noble, más fino y más puro que ellos.

Quien odia a Dios, lucha contra Su creación. Cau­sa sufrimiento y división en todos los ámbi­tos de la vida, incluyendo a la naturaleza y a los reinos animales, según la ley del dios de las tinieblas: «Separa, ata y domina». El «Une y sé», que proviene de las leyes de Dios, del Eterno, es para él como una espina en la piel, porque con­duce a la Unidad, al amor de Dios, que todo lo abar­ca, porque Dios, el Eterno, es Amor omnia­bar­cante.

La manifestación del Creador a través de Gabriele, Su profeta para nuestro tiempo

2000 años después de la vida terrenal de Jesús, el Cristo, Dios ha vuelto a enviar a un gran pro­feta de Dios, a Gabriele, a través de la que Él ha vuelto a advertir a la humanidad de los efectos de su com­portamiento. Jesús, el Cristo, ha cum­plido lo que Él nos prometió. Él nos envió al Espí­ri­tu de la Verdad, al Consolador, que nos ha con­ducido y sigue con­duciendo a toda la Verdad. Él llama a cada uno de nosotros. Y una vez más Su llamada dice: «Sígueme», es decir, a Cristo.
Lo que se pide es seguir al Hijo de Dios, no el seguir al culto, a los ritos, los dogmas y cere­mo­nias, porque: ¿de qué han servido? El estado de este mundo es el reflejo de las religiones de culto externas. Fachadas blanqueadas, bo­nitas de ver por fuera, pero por dentro llenas de podredum­bre y osamentas de muertos. Las bandejas de ofren­das de la así llamada cris­tian­dad están rebosantes de osamentas de pueblos enteros, de ra­zas y de naciones, pero también de miles de mi­llo­nes de cadáveres de animales, a los que en lugar de protección y cuidados se les dispen­sa­ron y siguen dispensando cruel­dad y destruc­ción.
Por eso ya es hora de decir: «¡Basta ya!».

Con palabras muy conmovedoras, el Creador advirtió a través de Gabriele ya el 27 de Febrero de 2001. El Creador dijo a través de la Palabra pro­fética:

«YO SOY el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Yo Soy el Dios de todos los ver­daderos profetas.

Yo, DIOS, el Todopoderoso, alzo Mi voz a través de Mi profeta y enviada y la dirijo a la humanidad.
¡Dejad de consumir a las criaturas que viven con vosotros, que son vuestros hermanos ani­ma­les!

¡Dejad de torturarlos por medio de experi­mentos con animales, y quitándoles la libertad, man­te­nién­dolos en establos que no son dig­nos de ellos! Los animales aman la libertad, de igual modo que vosotros, los hombres.

¡Dejad de matar a los animales más pequeños, la vi­da en la Tierra, por medio de abonos quí­micos arti­ficiales, también por medio de excre­mentos y cosas similares!

Dejad de talar y quemar los bosques, quitán­doles a los animales y al campo el espacio vital. Devol­vedles su espacio de vida a los bos­ques, los cam­pos y las praderas; de otra ma­nera vuestro des­tino, que voso­tros mismos os habéis impuesto, os quitará vuestro hogar y propiedad y vuestras fuentes de alimentación, a través de catástrofes en todo el mundo que vosotros mismos habéis creado, a raíz de vues­tro compor­tamiento contra la vida, contra los reinos de la natu­ra­leza, in­cluidos los animales.

Si los hombres dejan una vez más que a Mis palabras se las lleve el viento, vendrá la tem­pestad, el destino mundial, arrebatando a cien­tos de miles de seres humanos – por una parte a través de catástrofes en todo el mundo, y por otra por medio de enferme­dades que cae­rán so­bre ellos de modo semejante a plagas, y que, por haberse apartado de toda ética y moral es­piritual, han impuesto a los animales, que actual­mente ellos están quemando por miles. A aquel que no dé la vuelta, le sucederá algo semejante.

Mi palabra ha sido expresada. El Apocalipsis mun­dial se ha puesto en movimiento. Aquel que no quiera escuchar, sentirá las causas que ha crea­do en forma de efectos, llegándoles és­tos cada vez con más rapidez. Yo he elevado hacia Mí a la Tierra con sus plan­tas, animales y mine­rales. Quien siga alzando su mano contra la ma­dre Tierra con todas sus formas de vida, sentirá los efectos. ¡Dejad de torturar, de matar y de ase­sinar!

¡Dejad, hombres, vuestro comportamiento brutal, que recae únicamente sobre vosotros y sobre ningún otro ser; puesto que lo que ha­céis a la más ínfima de las criaturas que viven con vo­sotros, eso me lo hacéis a Mí, y también a vosotros!

¡Basta ya! Cambiad vuestro comportamiento, pues de otro modo continuará la cosecha, que es vuestra siembra.

YO SOY el QUE SOY, siempre El Mismo, ayer, hoy y mañana, en toda la Eternidad.

El sufrimiento de los animales
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