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Usted no está solo


El mensaje de la Verdad


La fuerza, el amor y la sabiduría de Dios es el gran y poderoso imán universal que a cada uno de nosotros le quiere atraer hacia Sí. Cada vez que se lo permi­ti­mos, Él to­ma una comunicación más intensa con nues­tro corazón interno, en el que el po­ten­­cial de fuer­za original de nuestro ser eter­­no está esperando su liberación. Noso­tros lo sentimos como intuición, como an­he­l­o, co­mo una irradiación más fuerte que nos eleva y nos satisface plenamente.

El primer paso que posibilita esto tiene que salir siempre de nosotros, del hombre, pues la luz de Dios nos espera todo el tiem­po que necesitemos hasta que nos decida­mos a ir a nuestro interior, para orientarnos cada vez más a la fuente eterna, Dios, en no­so­tros. ¿Có­mo? Por medio de ejercitarnos y apren­der, por la pro­pia superación espi­ri­tual, por medio de la entrega interna, por su­mersión en el silencio interno y por la ora­ción. Y al fin y al cabo rezar no significa otra cosa que esforzarse en tener comu­ni­ca­­ción con Dios, con Cris­to en el interior.

La búsqueda de amor, felicidad, aco­gimiento, ho­gar y seguridad dura entre la mayoría de las personas to­da la vida. A pe­­sar de muchos encuentros, «rela­cio­­nes» y amoríos, a pesar de algunos contratos ma­­tri­­mo­niales, más de alguno tendrá que re­co­nocer, a más tar­dar en la vejez: no he lle­gado a puerto; estoy solo o incluso aban­do­nado.

La mayoría de los seres humanos bus­can en los otros aquello que ellos mis­mos no tienen. Proyectan to­dos sus deseos a unos cuantos aspectos que el otro pa­rece poseer, y creen que con él, que repre­sen­ta la ima­gen de sus deseos, podrían sen­tirse «bien aco­gidos». La realidad es que el hombre sólo atrae lo que él mismo es, y no lo que quiere tener, puesto que lo igual atrae siempre a lo igual.

Llevar una vida digna en la juventud significa tener una muerte digna en la vejez.

Ninguna persona podrá decir a la larga «yo he lo­grado sentirme acogido». En este mundo nunca lle­ga­remos a sentirnos aco­gidos. ¿Por qué no? ¡Porque no somos de este mundo! Jesús, el Cristo nos advirtió de ello, diciéndonos: …El Reino de Dios es­tá dentro de vosotros. Y: Buscad primero el Rei­no de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.

El que en su existencia terrenal toma cons­­ciencia de esas palabras provenientes del Espíritu y rige su vi­da por las mismas, nunca estará solo, tampoco en la vejez cuan­do, por ejemplo, la pareja y los hijos ya no se hallen presentes, cuando la familia se haya di­suel­to. La vida del que aprende a tiempo a llegar al Rei­no de Dios que está en nosotros, en el Espíritu de nues­tro Padre eterno, tiene un sentido. En ese caso la vejez está sostenida por amor, sabiduría y acogi­mien­to.

Aquel que ama verdaderamente a Dios no está solo.

Tomemos una y otra vez consciencia de que el Reino de Dios, el eterno SER, es nuestro hogar eterno, al que ya en traje te­­rrenal, siendo hombres, nos po­de­mos acer­­car más, para por fin sentirnos aco­gi­dos, es decir, llegar a casa. Se trata del Rei­no in­terno, el Rei­no del silencio y de la paz, el Reino de la vida in­­terna.

Habiendo despertado a raíz de la aspi­ración espiritual de nuestra alma, nuestra herencia espiritual se activa cada vez más. Si por tanto nuestro ser eterno imperece­de­­ro se eleva en lo más profundo de noso­tros, con el aumento de la pulsación del co­ra­zón interno se refortalece la añoranza, la intran­quilidad del cora­zón humano que el hombre con frecuencia malinter­preta, lo cual lo des­vía hacia el exterior, al mundo de los senti­dos. El anhelo insaciable, la año­ranza inex­pli­cable, no es otra cosa que un presentir de que tiene que existir el lugar del acogi­mien­to, de la paz y de la felicidad. Por eso el ser humano no para, es intran­qui­­lo y bus­ca y busca.

Es la búsqueda y la aspiración de algo que no po­de­mos explicar, porque a lo que bus­ca­mos lo deno­mi­namos «hombre», «mu­jer», «riqueza», «dinero», «salud», «bie­nes», «lujo» y de muchas otras maneras. En rea­lidad la búsqueda tiene un motivo mucho más pro­fundo: buscamos el origen primario de nuestro co­ra­z­ón, nuestro hogar eterno.

El hombre y el alma estarán intran­qui­­los hasta que el alma se haya sumergido en el gran océano de la vida, en Dios, el gran amor y la unidad. El hombre y el alma se­guirán buscando hasta que el hombre y el alma amen verdaderamente a Dios, al eter­no Padre de todas las almas y hombres. Sólo cuando el hombre haya encontrado su ho­gar en Dios, que es la unidad en todos los hombres, seres vivos y formas de vida, es decir, cuando haya logrado sentirse aco­gido, la búsqueda llegará a su fin.

Aprende, no aceptando simplemen­te todo aquello con lo que te encuentras y te mueve, como lo hace la ma­yoría de las per­­sonas. Reflexiona sobre lo que te mue­ve. Su­mérgete en la fuerza de la vida que fluye en ti, o conduce la petición de ayuda y solución hacia el cuarto centro energético que late cer­­ca de tu co­razón físico. La fuer­za lumi­no­sa que pulsa fuertemente en el cuarto cen­tro de consciencia es la fuerza del Cristo de Dios, la luz energética que ayuda y sana.

Después de ca­da paso que hayas realizado hacia Dios, podrás re­co­nocer que, en todo lo que tú te encuentras y te mue­­ve, lograrás una visión cada vez más profunda. La sabiduría, que no es de este mundo, te in­­dica el ca­mino en muchas si­tua­ciones del día. Tú no estás solo.

Cada día te habla a través de innume­rables sucesos grandes y pequeños. Como consecuencia, siempre hay posibilidades de mantener un diálogo con Dios. Él te es­cu­cha. Un pensamiento en Dios, una buena palabra al prójimo, un acto de ayuda, son pensa­mien­­tos, pa­labras y actos comunica­tivos que alcanzan también a Dios.

Todo lo que vemos y lo que no vemos es energía. Nin­guna energía se pierde. Cada persona es un vo­lu­men de energía, cada ani­mal es energía. Toda la na­tu­raleza, has­ta la florecilla más insignificante, es ener­gía. Cada mineral es energía que contiene vida de Dios. Vida es energía.

Tú tienes la vida en ti. Las formas de vida de la naturaleza son un regalo del Crea­­dor a todos los seres humanos. Dios respira también a través de los animales. Su res­piración es la fuerza vital. Ella puede sentirse en toda la naturaleza.

Encuéntrate con Dios, el silencio eter­no…

Haz de tu paseo un paseo consciente, por ejemplo, por la naturaleza. Detente y de­ja vagar tus ojos por campos, prados y bos­ques. Considera que en todas partes Dios sale a tu encuentro. Deja que tu en­torno ac­túe sobre ti; ábrete a los impulsos que pro­ceden del reino de la naturaleza, que quieren tocar tu corazón, tu interior.

En el árbol, en la flor, en la hierba, en el campo de cereales, en el pájaro, en el gatito se encuentra la vi­da. La vida está, pues, viva. La vida es consciencia. Se comunica; emite y recibe. ¿Qué? Aquello de lo que se compone la consciencia, finas fuerzas, fluidos de sensaciones que podríamos lla­mar impulsos. Así, con nuestra consciencia que se está volviendo cada vez más tran­quila, con nuestro interior, podemos aco­ger, que es lo mismo que percibir, los im­pulsos de la vida. Entonces nos «habla» la vida en el árbol, la vida en la flor, en la hier­­ba, en el campo de cereales, en el pája­ro, en el gatito, en la estrella en el firma­men­to, y al fin y al cabo es el Espíritu de la vida, Dios.

La mejor condición para que poda­mos recibir los impulsos del reino de la na­tu­­ra­le­za es que callen nues­tros ruidosos pen­­samientos y también que nues­tros sen­ti­dos estén en silencio. El estar en silencio pue­de ejer­citarse. El estar en silencio puede apren­derse.

El verdadero amor es la fuerza origi­na­ria que une to­do y a todos. El verdadero amor es por tanto un po­­der del Cielo. Repi­to: Éste se encuentra en cada per­sona, en cada criatura, en los elementos y en todo lo que ve­mos y lo que no vemos.

Aprende a ver y te encontrarás a ti y a tu prójimo. Aprende a escuchar en ti y apren­­­derás también a pres­tar atención. Apren­­de a ver el trasfondo de todas las co­sas y superarás tu vida diaria. Aprende a en­ten­der el mensaje en el dolor y el sufri­miento; éste siem­pre in­dica el camino hacia una vida mejor y más ele­va­da.

El verdadero amor hace libre, el ver­da­dero amor no co­noce la soledad, el ver­da­dero amor siempre está pre­sente – es Dios.

El amor es la cul­tura del corazón, que da espacio a la conciencia pa­ra sopesar y me­dir, para ponerse en sintonía con el amor.

El amor perdona y siempre encuentra un camino hacia la confianza.

El amor puede esperar para entonces dar cuando el tiempo para ello haya lle­gado.

El amor deja al pró­jimo la libertad, sin abandonarlo.

El amor lleva al pró­jimo en el corazón, igual sea cómo éste se comporte con el que ama.

El amor es la nobleza del corazón que se manifiesta en el prójimo y hacia el pró­jimo.

El amor a Dios significa buscar siempre Su voluntad, pa­ra luego cumplirla.

Una ayuda para aprender a amar:

Comienza en un círculo pequeño, en la fa­­­milia, en una comunidad pequeña. Apren­de a comprender al otro. Escúchale, sin inte­rrum­pir en seguida con tus comen­tarios. Pron­to vas a notar que él no es como tú tal vez has pensado de él, sino que posi­ble­mente tiene que luchar y trabajar con co­sas parecidas a las tuyas. Si ne­cesita ayuda, porque no logra arreglar algunas co­­sas, en­tonces ayúdale sin esperar reco­no­cimiento ni agra­decimiento. Esto son pa­si­tos pe­que­ños, pero a me­nudo significa­tivos hacia el amor a Dios y al pró­jimo.

Amar no significa amar y afirmar lo exce­si­vamente humano, el pecado del otro, sino lo bueno en el hombre, que es Dios. Para hacer nuestra esta pro­funda enseñan­za de Jesús, el Cristo, sobre la ley, para con­vertirla en la medida de nuestra vida, es nece­sario ejercitarnos y aprender.

El amor verdadero es la fuerza libera­do­ra que no ata al prójimo, que le deja la libertad.

El amor de Dios en ti es más grande de lo que puedes pen­sar, o lo que es lo mis­mo, captar.

Aprende y ejercítate diariamente para alcanzar la concienciación de que Dios está en ti. Detente varias veces al día y piensa: Dios en mí.

Aprende y practica a encontrarte a ti mismo, sa­bien­do que en ti está la vida eterna, que tú no estás so­lo.

Sólo aquello que contribuye a la di­cha y alegría de los demás es lo que por último hace realmente fe­liz.

Cuando se habla de Dios, a menudo surge el reparo de «¿Dónde está Dios? ¿Se mantiene Él oculto? ¿Por qué se esconde?», o se duda de su existencia. Dado que Dios es omnipresente, es también «visible», esto es, «se Le puede vivir, experimentar». Para nosotros los seres humanos Dios sólo es invisible en la medida en que nos aparta­mos de la luz y la vida, que es Dios.

Muchos pierden también la fe en Dios, porque identifican a Dios con la Iglesia. Si a la persona le falta la base de la fe en la existencia de Dios, y así tam­bién la con­fianza, con el tiempo se convierte en una persona inestable.

Quien no se dé por vencido, quien se esfuerce en apren­der de todo lo que le su­cede y así dar pasos de apren­dizaje, em­pezará con ello recién a vivir. La vida ver­da­de­ra satisface plenamente y hace feliz.

Hazte presente que lo que sientes y percibes, lo que piensas y dices, lo que te mueve, tiene un mensaje para ti. Analiza lo que te preocupa, y así aprenderás a co­no­certe cada vez mejor. Entonces paulati­na­mente llegarás a ser tu propio contro­lador. Podrás darte cuenta en ti, y más tarde en tu prójimo, de algunas cosas que hasta ahora no podías constatar.

No te decepciones si tus buenos propósitos tienen una reacción que está en contra de las leyes divinas. Es­to es lo más natural. La consecuencia debe ser: ¡Hay que mantenerse firme! Hazte consciente de cuánto tiem­po has cultivado ese antiguo com­portamiento. En­tonces es compren­si­ble que no desaparezca de un día para otro.

En ti florece la vida. Coge la rosa del amor en ti y te transformarás en su aroma.

Aprende a mantener la calma en el torbellino de nues­tro tiempo. Organiza tus días de modo que antes de cada problema, de cada situación, de cada con­ver­sación te tomes un poco de tiempo para alcanzar la tranquilidad y concentración internas, pa­ra que así tú mismo te capacites para dis­tinguir lo esencial de lo irrelevante.

Dios es la fuerza uni­versal y que está más cerca de nosotros que nuestros bra­zos y piernas. O sea que Dios está en nues­tra alma y en todas las células, en cada vaso sanguíneo, en to­das las funciones de nuestro cuerpo. Una y otra vez se plantea la pre­gun­ta de cómo llega la poderosa Fuer­za uni­versal DIOS a nuestro cuerpo físico. Un hom­bre que posea sabiduría es­piritual prove­nien­te de la fuente eter­na res­pondería: «A tra­vés de la respiración, pues la respira­ción es vida».

La oración meditativa es una fuente de fuerza y luz. No rara vez desemboca ca­si por sí sola en la oración por el prójimo, por aspectos deter­mi­na­dos de la gran tota­lidad que nos tocan realmente el corazón, por la naturaleza, los animales y por otras cosas más. Eso es un rezar que satisface y nos acerca a Dios, especialmente cuando noso­tros mismos nos regi­mos por ello, es decir, si nos comportamos de la forma co­rres­­pondiente. Una «conversación» seme­jan­te, una comunicación de esta naturaleza con Dios, con Cristo, deja a menudo un sen­ti­­mien­to interno de ple­nitud y agrade­cimiento que trae sol a nuestra vida dia­ria. 

Aquel que al aprender y ejercitarse ha encontrado el camino hacia su verda­dero ser, no está solo, porque ha logrado sen­tirse acogido en sí mismo y aprecia la cercanía interna, que es la alegría de los hombres.

Dios es todo en todo. Él también quiere ser todo en todo para ti. Él espera. ¿Dónde? ¡En ti!

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