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Encuentra la verdad en ti



5. “Y cuando oréis en común, no utilicéis vanas repeticiones como los paganos, que piensan ser escuchados por su mucho hablar. No lo hagáis, pues, igual que ellos; porque vuestro Padre en el Cielo sabe lo que necesitáis antes de que se lo pidáis … (Cap. 26, 5)

  

Cristo explica, rectifica
y profundiza la palabra:

 

Sólo el hombre que ha realizado poco de la ley de la verdad usa en la oración y en la vida diaria muchas palabras y repeticiones vacías y faltas de vida.

Quien hable mucho de la ley de la verdad y de la vi­da, diciendo por tanto muchas palabras al respecto, no podrá llenarla con fuerza y vida, porque él mismo no habrá sido llenado por la ley de Dios. Tales palabras son egocéntricas y por eso palabras faltas de amor, aun­que hayan sido escogidas como si estuviesen soste­nidas por el amor. El hablar falto de vida no llega a lo más interno del alma de tu prójimo y, con ello, des­pierta eco alguno en el hombre que deja obrar al amor de Dios en sí mismo y a través de sí mismo. Quien habla —sin que tenga vida lo que dice— sobre la ley de la verdad y de la vida, que él, sin embargo, no realiza, sólo induce a discusiones al hombre que escucha esto y que igualmente está todavía orientado hacia lo externo.

Comprended: quien discute sobre legitimidades espirituales, no conoce las leyes de Dios. Todos los que quieren discutir, están convencidos de saber más que su prójimo y quieren autorreafirmarse en ello. Quien discute, sólo da testimonio de sí mismo, es decir: de que no sabe nada y está inseguro; y por eso discute.

Pero quien ha encontrado la verdad, no discute sobre la verdad, y tampoco sobre lo que es la fe. La palabra “fe”, también contiene ignorancia: lo que en definitiva el hombre no sabe o no puede demostrar, lo cree. Quien cree en la verdad, todavía no ha encontrado la verdad eterna. Asimismo, aún no se mueve en la corriente de la verdad eterna. Por tanto, la fe todavía es ceguera.

Sin embargo, quien ha encontrado la verdad eterna, ya no tiene que creer en la verdad —sabe la verdad, porque se mueve en la corriente de la verdad—. Es el verdadero hombre sabio, que ha desenterrado en sí mismo el tesoro, la verdad. Los verdaderos sabios repo­san en sí. Esto es seguridad interna y firmeza. No discuten sobre la fe, porque partiendo de la fe han en­contrado la sabiduría, que es la verdad.

Así pues, quien en Dios tan sólo crea, sin conocer la profundidad de la verdad eterna, la ley eterna, hablará mucho acerca de su fe.

También con sus oraciones se comportará de forma similar: hablará mucho, dado que no vivifica sus pala­bras con amor desinteresado. Será del punto de vista de que hablando mucho puede convencer a Dios, o incluso persuadirlo. Creerá tener que hacerse entender por Dios, ya que supone que Dios podría entender sus oraciones de forma diferente a como él quería dar a en­tender. De una manera similar piensan y oran los paga­nos.

Comprended: cuanto más profundamente se sumerge el hombre en la verdad divina, tanto menos palabras utiliza en sus oraciones. Sus oraciones son breves, pero llenas de fuerza, porque la palabra irradia fuerza vivida.



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«El Sermón de la Montaña»

Siendo Jesús de Nazaret, Cristo nos dio el Sermón de la Montaña -y actualmente lo explica y profundiza, a través de Su palabra profética, en Su gran obra manifestada en Vida Universal, «Ésta es Mi Palabra. Alfa y Omega. El Evangelio de Jesús. La manifestación de Cristo que ya conocen los verdaderos cristianos en todo el mundo»

Esta amplia obra se ha reproducido en forma de extractos, en el presente libro "El Sermón de la Montaña" que lo puede adquirir si lo desea en la Editorial Vida Universal

 

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