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  No os lamentéis por vuestros muertos

10. “Deberíais hacer de igual modo cuando os lamentéis por los muertos y estéis de luto, porque vuestra pérdida es su ganancia. No hagáis como aquellos que lloran delante de los hombres y se lamentan públicamente y desgarran sus vestidos, para que los demás vean su luto; pues todas las almas están puestas en las manos de Dios y todos aquellos que hayan hecho el bien reposarán con sus antepasados en el seno del Eterno.
11. “Orad, más bien, por su reposo y su ascenso, y considerad que están en la tierra del reposo que el Eterno les ha preparado y que recibirán la justa recompensa por sus actos. Y no os lamentéis como los que no tienen esperanza. (Cap. 26, 10-11)
Cristo explica, rectifica y profundiza la palabra:
Quien se lamenta por los muertos, todavía está lejos de la vida eterna, porque ve la muerte como final de la vida. No ha alcanzado todavía la resurrección en Mí, el Cristo. Se cuenta entre los espiritualmente muertos.
¡No os lamentéis por vuestros muertos! Porque quien se lamenta de la pérdida de un hombre, no piensa en el beneficio para el alma, la cual —en la medida en que haya vivido en Mí, el Cristo— entrará en ámbitos de consciencia más elevados de la vida; pues si su vida en la existencia terrenal estuvo en Dios, también estará en Dios en otra forma de existencia.
Comprended: lo temporal, la vida en el cuerpo, no es la vida del alma. El alma ha aceptado la carne sólo por un breve período de vida, para purificar y saldar en lo temporal lo que ha cargado sobre sí en diferentes vestidos terrenales. La Tierra hay que considerarla sólo como una estación de tránsito, en la que las almas en vestido terrenal purifican en breve lo que más allá de los velos de la consciencia —también llamados muros de niebla— no pueden superar tan pronto.
Cuando un alma abandona su vestido terrenal, el hombre sólo llora por el vestido del alma, y no está pensando en el alma, que se ha deslizado fuera del vestido.
Un alma luminosa, después de desprenderse de su cuerpo terrenal, es acompañada por seres luminosos, invisibles para el hombre, a aquel plano de consciencia que corresponde a la manera de pensar y vivir del hombre en el que esa alma estuvo encarnada.
Comprended: cada alma que ha abandonado el cuerpo, es atraída durante algún tiempo hacia los hombres con los que ha convivido como hombre. Si se entera de que sus antiguos familiares terrenales lloran por su envoltura, esto es muy doloroso para el alma. El alma todavía cercana a la Tierra se da perfecta cuenta de por qué sus parientes sólo se lamentan por su envoltura humana y por qué no es tenida en cuenta, como alma, por los que llevan luto. Un alma que tiene que darse cuenta de eso, siente en ello el primer profundo dolor de alma, después de desprenderse del cuerpo físico; pues se entera de por qué lloran los hombres y de por qué no la tienen presente con amor y hermanamiento. Ella ve más de un pensamiento egoísta de sus antiguos familiares terrenales. No puede hacer que ellos reparen en ella, porque no es percibida por ellos. Lo que dice, no lo oyen los hombres, y, lo que ve, ellos no lo ven. Pero el alma percibe mucho.
Os incito a la reflexión: ¿os lamentáis, cuando la serpiente cambia la piel, cuando deja atrás su piel y continúa serpenteando?
De forma parecida sucede con el alma. Ella abandona su cuerpo corruptible, su envoltura, y sigue su camino. ¡Vosotros, pues, lloráis la pérdida de la envoltura y no tenéis presente al alma! Quien tiene presente al alma, da gracias a Dios, que ha llamado al alma a regresar a Su regazo en la medida en que ésta ha aprovechado la vida en Dios estando en vestido terrenal, acercándose con ello más a El. Pensad que, para un alma luminosa, el desprenderse del cuerpo es una ganancia.
Y: si lloráis sólo ante los hombres por la pérdida de un hombre, fingís ante ellos. En realidad no tenéis presente ni al hombre ni al alma. Sólo pensáis en vosotros mismos. El alma que registra esto, se da cuenta de que no ha sido amada desinteresadamente, de que acaso sólo estaba ahí para el propio provecho de su prójimo.
Muchas almas tienen que darse cuenta de que en vestido terrenal fueron vividas por sus familiares y conocidos terrenales. Esto quiere decir que no pudieron desarrollarse a sí mismos, como seres humanos, ni vivir su carácter personal, porque tuvieron que hacer la voluntad de los que les exigían lo que para sí mismos era ventajoso. Muchas de estas almas ven lo que desaprovecharon durante su existencia terrenal, y —también por eso— vuelven a la existencia terrenal. Regresan a la Tierra pasando por los velos de la consciencia y, como alma, se hallan de nuevo entre aquellos que vivieron a través de ellas. Otras, en cambio, intentan vivir en la Tierra lo que no pudieron desarrollar como hombres.
Mientras haya hombres que estén atados a hombres o cosas —como pertenencias, riqueza y poder—, sus almas volverán a la Tierra y volverán a ponerse nuevos vestidos terrenales. Existen múltiples causas y motivos por los que las almas vuelven a encarnar. Si por ejemplo un alma se da cuenta de que está encadenada a sus parientes por pecados, con frecuencia se resigna y consiente al deseo de tomar un nuevo cuerpo. Animada por este deseo, vive en el plano de consciencia que corresponde a su estado de alma, y allí es instruida. Entre otras cosas, se le hace comprender el pro y el contra de una nueva encarnación. Ella encarnará cuando los astros en los que está registrado su pro y su contra —y por tanto también su camino terrenal— señalen el camino a la materia, y cuando en la Tierra sea engendrado un cuerpo terrenal que corresponda a su estado de consciencia como alma. En esta envoltura humana entrará durante el parto.
El hombre —que ha engendrado el cuerpo— y la mujer —en la que creció el embrión— han atraído a aquella alma con la que todavía tienen que purificar algo conjuntamente —o para recorrer junto con ella el camino del Señor, sirviendo desinteresadamente al prójimo.
Que el hombre no se fije sólo en su cuerpo, sino ante todo en el ser encarnado en éste, esforzándose en cumplir la voluntad de Dios y en no dejarse imponer la voluntad humana de segundos o terceros.
Comprended: también si decís, “yo hago la voluntad de mi prójimo para mantener la paz externa”, impedís a vuestra alma y también al alma de vuestro prójimo desarrollarse y desplegarse de la manera que sea buena para ambas. Os impedís a vosotros e impedís a vuestro prójimo el cumplir las tareas que vuestras almas han traído a la existencia terrenal: purificarse y liberarse de la carga del pecado que fue traída a la encarnación, acaso de vidas anteriores. Quien se deja tutelar por sus semejantes, es decir quien hace lo que otros dicen, aunque se da cuenta de que ese no es su camino, está siendo vivido y vive pasándosele de largo su verdadera existencia terrenal. El no aprovecha los días; está siendo utilizado por aquellos a los que sigue ciegamente, y por eso no conoce su camino, como hombre, por esta Tierra.
Quien ata a sus semejantes, imponiéndoles su voluntad, es comparable a un vampiro que chupa la energía de sus semejantes. No se conoce a sí mismo y al mismo tiempo se ata a sus víctimas —y viceversa, la víctima que se deja chupar también se ata a él—. En una de las vidas, ya sea en vestido terrenal o como alma en los ámbitos del más allá, serán de nuevo reunidos —y esto tantas veces como haga falta, hasta que se hayan perdonado el uno al otro.
Si dos se atan mutuamente —no importa si uno ha atado o se dejó atar—, ambos han cargado a su alma, y ambos tienen que purificar juntos, para que puedan ser restablecidos entre ellos el amor y la unidad.
Ninguno puede decir: “yo no sabía nada acerca de las leyes de la vida”. Yo os digo: Moisés os trajo los extractos de la ley eterna, los Diez Mandamientos. Y si los guardáis, no os ataréis los unos a los otros, sino viviréis en paz unos con otros.
Comprended: sólo el amor y la unidad entre unos y otros muestran a almas y hombres los caminos a la vida superior.
Dios, el eternamente bondadoso, tiende Su mano a cada alma y a cada hombre. Quien la tome, aprovechará su vida terrenal. Valorará los días y también podrá vivirlos de acuerdo con los mandamientos, purificando lo que cada día le muestre. Algún día caminará y reposará en Dios, como alma, con todos aquellos que igualmente hayan aprovechado su existencia terrenal, reconociendo y superando día a día conmigo, el Cristo, lo que los días les trajeron y mostraron —alegría y pena.
Y si no lloráis —pensando en vosotros mismos— por la envoltura mortal de la que vuestro prójimo se desprendió, sino que os alegráis en el espíritu de que el alma, estando en vestido terrenal, reconociera su vida espiritual y se preparara para ella, oraréis alegres al Padre por vuestro prójimo, a través de Mí, el Cristo. Enviaréis fuerzas del amor al alma que ahora está más cerca de Dios, a fin de que pueda encaminarse a planos más elevados, para unirse cada vez más con Dios.
El alma siente la alegría y la pena de sus familiares. Las almas que desencarnaron en Mí, el Cristo, se sienten unidas a través de Mí, el Cristo, con todos los que todavía caminan en vestido terrenal. La alegría del alma de que sus familiares la tengan presente con amor, la llena de fuerza.
Comprended: las oraciones desinteresadas hechas con amor donan al alma peregrina fuerza y vigor en su camino a lo divino. En vuestras oraciones desinteresadas siente el hermanamiento y recibe fuerza incrementadamente. Con ello se desprenderá más pronto de lo que todavía tiene de humano, y con esto se volverá libre para Aquel que es la libertad y el amor —Dios, la Vida. La recompensa de Dios es grande para cada alma que se esfuerza seriamente en cumplir la voluntad de Dios.
Comprended: sólo carece de esperanza el que de su fe sólo habla, sin vivir lo que aparenta creer. En último término, el escéptico no cree lo que finge creer. De ahí se va formando la desesperación.
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«El Sermón de la Montaña»
Siendo Jesús de Nazaret, Cristo nos dio el Sermón de la Montaña -y actualmente lo explica y profundiza, a través de Su palabra profética, en Su gran obra manifestada en Vida Universal, «Ésta es Mi Palabra. Alfa y Omega. El Evangelio de Jesús. La manifestación de Cristo que ya conocen los verdaderos cristianos en todo el mundo»
Esta amplia obra se ha reproducido en forma de extractos, en el presente libro "El Sermón de la Montaña" que lo puede adquirir si lo desea en la Editorial Vida Universal
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