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No te ates ni a hombres ni a cosas



16. “Y si deseas algo tanto como tu vida, pero que te desvía de la verdad, renuncia a ello, pues es mejor entrar en la vida y poseer la verdad, que perderla y ser arrojado a las tinieblas exteriores. (Cap. 25, 16)

  

Cristo explica, rectifica
y profundiza la palabra:

 

Lo que el hombre desea para sí mismo, está relacio­nado con lo humano, con su yo inferior. Todo esto es atadura. Atadura significa estar atado a hombres y co­sas. Quien se ata a hombres y cosas, es decir quien está atado a algo, disminuye el flujo de las energías cósmi­cas.

Si por tus propias ventajas atas a un hombre a ti, estás persiguiendo con tu voluntad personal intereses que te apartan de la vida en Mí, el Cristo. Con ello abandonas la vida impersonal desinteresada, te enredas en querer poseer, ser y tener, y empobreces interior­mente en vida espiritual. Si no renuncias a tiempo al querer poseer, ser y tener, algún día lo perderás todo.

Si no te autorreconoces en los efectos —por ejemplo con la pérdida de tus bienes, o en la enfermedad, o en las necesidades y el sufrimiento—, si no te arrepientes y reparas el mal hecho, caminarás como alma y como hombre en las tinieblas, por haber pensado sólo en ti, en tu bien personal.

Por tanto, autorreconócete cada día de nuevo, y reali­za las leyes divinas diariamente, renunciando a desear algo para tu yo personal. Permanece en la verdad —y así fiel a la ley de Dios—. Entonces entrarás en la vida que es tu verdadero SER y serás rico en ti, porque habrás abierto el Cielo en ti.

 

A quien no sea un recipiente de la verdad, tampoco le puede afluir la verdad, que es impersonal. Un hom­bre tal está centrado en sí mismo y sólo acumula para sí mismo. Este comportamiento conduce a que se aparte de la fuerza eternamente fluente de Dios, llevando una vida “en la ciénaga”: a esta ciénaga sólo afluye lo contrario a la ley divina, y apenas efluye algo de ella. Esto significa que experimentará en carne propia lo que haya acumulado en su ciénaga.

La verdad eterna fluirá, en cambio, en el hombre y a través del hombre que sea un recipiente de la verdad. El recibirá de Dios y dará de Dios, y con ello llegará a ser un manantial de la vida para muchos. La energía cós­mica de vida, el manantial de todo lo que es, fluye a través de todas las formas del SER, y a través de aquellos hombres y almas que se han vuelto hacia Dios, que por tanto se han convertido en recipientes de Dios.

Comprended: la fuerza eternamente fluente fluye sólo a través de los hombres y las almas que no acumu­lan para fines egoístas, sino que dan desinteresadamen­te. ¡Sólo a través del que da desinteresadamente fluye incesantemente la corriente de Dios! Si Dios puede fluir por el hombre sin impedimento, traspasándolo, el hom­bre vivirá en la Verdad, en Dios, en la Vida que perdura eternamente. Sólo tales hombres dan de Mí, la Vida, porque están en Mí, la Vida y la Verdad.



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«El Sermón de la Montaña»

Siendo Jesús de Nazaret, Cristo nos dio el Sermón de la Montaña -y actualmente lo explica y profundiza, a través de Su palabra profética, en Su gran obra manifestada en Vida Universal, «Ésta es Mi Palabra. Alfa y Omega. El Evangelio de Jesús. La manifestación de Cristo que ya conocen los verdaderos cristianos en todo el mundo»

Esta amplia obra se ha reproducido en forma de extractos, en el presente libro "El Sermón de la Montaña" que lo puede adquirir si lo desea en la Editorial Vida Universal

 

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