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8. “No penséis que he venido a destruir la Ley o los Profetas; no he venido a destruir, sino a cumplir. Porque en verdad os digo que hasta que Cielo y Tierra pasen, no pasará ni la más pequeña letra ni una tilde de la Ley y los Profetas, hasta que todo se haya cumplido. Pues ved que hay aquí Uno más grande que Moisés, y ése os dará la ley superior, incluso la ley perfecta, y esta ley obedeceréis. (Cap. 25, 8)

  

Cristo explica, rectifica
y profundiza la palabra:

 

En Jesús de Nazaret enseñé a los hombres y mujeres que Me siguieron, y a todos los que Me escucharon, partes de la ley perfecta, de la Ley Absoluta. También les expliqué que la Ley Absoluta del amor irradia a la ley de siembra y cosecha, dado que el Espíritu es omni­presente, obrando también en la ley de siembra y co­secha, la ley de la Caída.

A través de Mí en Jesús de Nazaret, el Cristo encar­nado, y a través de todos los demás profetas verdaderos de Dios, el Eterno instruyó a Sus hijos en los planos imperfectos, recordándoles que la ley de la Caída, la ley de siembra y cosecha, es constantemente activa. Quien no reflexione y dé la vuelta a tiempo, tendrá que sufrir sus causas en forma de efectos. El Eterno ha estado y permanece en el empeño, también en el tiempo actual [1989], de conducir a Sus hijos humanos y a todas las almas hasta Su corazón, hasta la ley del amor eterno, antes de que la cosecha —los efectos de las cau­sas que ellos ocasionaron— venga sobre ellos. El Eterno los ha conducido y los conduce a través de Mí, Cristo, al autorreconocimiento. Les ha dado y les está dando la fuerza para purificar lo que han reconocido y están reconociendo como pecado y falta.

El Cristo, que Yo Soy, vino a esta Tierra, a este mundo, en Jesús de Nazaret, para como Hijo del hom­bre enseñar a los hombres la ley eterna y vivirla dando ejemplo, a fin de que reconocieran el camino al Padre eterno y cumplieran Su ley —de modo que pudie­ran volver a entrar en las viviendas eternas que El tiene preparadas para todos Sus hijos.

Los hombres que Me siguieron a Mí durante Mi tiempo terrenal y realizaron las leyes eternas, fueron Mis verdaderos seguidores.

En las generaciones siguientes hubo cristianismo y pseudocristianismo: verdaderos seguidores, que Me siguieron libremente a Mí, el Cristo, guardando las leyes del Sermón de la Montaña —y pseudocristianos, que sólo hablaban de Mí, el Cristo, pero actuaban contra las leyes—. Además también hubo los llamados seguidores forzosos, que surgieron por la cristianiza­ción de las masas hecha con coacción por las Iglesias.

Comprended: en la ley eterna no existe la coacción. Dios, el Eterno, ha dado a todos Sus hijos el libre albe­drío. Quien se decide libremente, tiene, con la libre decisión, la fuerza para lo que caracteriza el cristianis­mo auténtico: igualdad, libertad, unidad, fraternidad y justicia. Todas las coacciones vienen de la ley de siem­bra y cosecha, que también es llamada ley de la Caída. Al hombre le ha sido indicado elegir libremente su camino espiritual. Yo, Cristo, he ofrecido y ofrezco el camino al corazón de Dios, pero no coacciono a nadie a seguirlo. Quien coacciona a su prójimo, vive bajo la coacción de la ley de la Caída y personifica la forma de pensar de la Caída.

Algunas de las llamadas confesiones cristianas obli­gan a sus creyentes al bautismo con agua. Ya a los niños pequeños, cuyo libre albedrío todavía no ha sido desarrollado, y que por tanto aún no pueden decidir por sí mismos, se les impone el ser miembros de una Igle­sia, mediante el bautismo con agua, y con ello el parti­cipar en sus restantes rituales.

Esta es una intervención en el libre albedrío de la persona, lo que equivale a una cristianización forzosa. Estos son sucesos que discurren en la ley de la Caída.

A los hombres que a Mí, Cristo, no Me aceptan ni Me acogen libremente desde el más profundo convenci­miento interno, les resulta con frecuencia muy difícil entender y aceptar correctamente los Diez Manda­mientos, que son extractos de la ley eterna, porque éstos han sido relegados a un segundo plano mediante las muchas externalidades, formas dogmáticas, ritos, costumbres y cultos. En las confesiones, estas exter­nalidades han llegado a ser lo principal; sin em­bargo, no tienen nada en común con el cristianismo interno, la religión interna, sino que en parte proceden direc­tamente de los tiempos del politeísmo y de la ido­latría y, con ello, del ámbito de los planos de la Caída.

Sólo cuando los hombres se sueltan voluntariamente de los dogmas y formas rígidas que les fueron impues­tos, de ritos y cultos, así como de sus propias ideas sobre Dios, pueden ser conducidos paulatinamente a su interior, a su verdadero ser. Ahí, en su ser interno, se encuentran como seres verdaderos en Dios y como habitantes del Reino de Dios, que está dentro de cada hombre. Esta vida interna es la verdadera religión, la religión interna.

Comprended: la eterna ley universal omniabarcante, la ley de los Cielos, es inamovible. Es la ley de todo lo que pertenece al SER puro. Por la Caída se formó la ley de siembra y cosecha, que sólo puede ser disuelta por la realización de las leyes eternas. Sin embargo, no puede ser esquivada. La ley de siembra y cosecha obrará en cada alma hasta que los pecados hayan sido reconoci­dos, purificados, expiados y entregados a Mí, el Cristo de Dios. Entonces la ley de la Caída habrá sido abolida en el alma; en consecuencia, el alma estará en gran medida liberada de sus impurezas. Llegará a ser de nuevo un ser puro en Dios, que vive la Ley Absoluta, dado que aspira a la ley absoluta omnirregente del amor y de la vida.

La ley de siembra y cosecha tendrá validez hasta que todo lo contrario a la ley divina haya sido saldado y transformado en energía positiva y todos los seres vivan de nuevo en Dios, del cual surgieron. En la medida en que todos los seres provenientes de Dios hayan regresado al corazón de Dios, a la Ley Absoluta, todos los planos de purifi­cación —todos los planos parcial­mente materiales y materiales, incluyendo la Tierra— se transformarán en energía cósmica y volverán a vibrar en la Ley Absoluta. Entonces la ley de la Caída estará abolida, y el amor de Dios estará de forma consciente y omnirregente en todo lo que es, en cada ser.

 

No será quitada ni una tilde de la ley eterna, que trajeron los verdaderos profetas anteriores y posteriores a Mí, y que viví dando ejemplo en Jesús de Nazaret.

Cuando se dice, “ni la más pequeña letra”, con ello se hace referencia a cada aspecto de la verdad eterna, y no a la letra ni a la palabra de los hombres como tal. Las palabras humanas a menudo sólo son símbolos, que esconden lo más interno. Sólo cuando el hombre puede percibir lo que hay en el interior del lenguaje simbólico, capta la verdad y el sentido de la vida, que está oculto en lo profundo de las palabras humanas.

“La ley superior”, es el paso a la ley perfecta. Les es enseñada a los seres en gran medida puros que vienen de la Tierra y de los reinos de las almas, en los planos preparatorios que se encuentran ante el portal del Cielo. La ley superior es el último peldaño de enseñanza ante el portal del Cielo. Muestra a los seres en gran medida puros cómo se activa nuevamente la irradiación legíti­ma en el cuerpo espiritual, para que pueda ser utilizada en el infinito.

Siendo Jesús de Nazaret enseñé partes de la ley per­fecta, de la Ley Absoluta. La verdad completa tuvo que quedar aún oculta para los hombres de antaño, porque todavía estaban demasiado atados a la creencia en los dioses y orientados a las múltiples tendencias religiosas de aquel tiempo. Por eso hablé según el sentido si­guiente: cuando haya llegado el tiempo, Yo, el Espíritu de la verdad, os conduciré a toda la verdad.

En el monte Gólgota —que significa lugar de las calaveras— fui crucificado por los romanos, porque el pueblo judío no Me reconoció ni Me acogió como Mesías. Aunque —recorriendo de arriba abajo la región del valle del Jordán— prediqué, enseñé, sané y di muchas señales de Mi divinidad, el obstinado pueblo judío permaneció sujeto al clero de los templos, y, por tanto, se hizo cómplice de la muerte de Jesús de Nazaret.

Con las palabras cuyo sentido es, “está consumado”, los destellos redentores se introdujeron en todas las almas cargadas y caídas. Con ello, Me convertí en —y sigo siendo— el Redentor de todos los hombres y almas.

He obrado y sigo obrando como Cristo de Dios. En todas las generaciones hasta el tiempo actual [1989] Me he manifestado y Me manifiesto a través de verdaderos instrumentos de Dios, a través de hombres con un alma en gran medida purificada.

En este poderoso cambio de era en que el tiempo de luz se acerca cada vez más a los hombres, enseño la ley eterna en todas sus facetas y cada vez más hombres recorren el sendero hacia el interior, que va al amor de Dios.

Ahora ha llegado el tiempo que anuncié siendo Jesús de Nazaret: “hoy todavía no lo podéis soportar, es decir captar, pero cuando venga el Espíritu de la verdad, os conducirá a toda la verdad”. Ahora estoy en espíritu entre los Míos, los fieles caminantes que van al eterno SER, a la consciencia de Mi Padre, y les enseño la ley absoluta y eterna, para que también aquellos que vivan en el Reino de Paz la cumplan y con ello vivan en Mí y Yo a través de ellos.

Mis palabras son vida, son la ley eterna. Persistirán en los caminantes que van a la vida eterna y también en muchos relatos escritos —así también en el presente libro para el Reino de Paz de Jesucristo.

Comprended: sólo la ley eterna del amor hace libre al hombre —no la ley de siembra y cosecha—. Esta sólo le trae sufrimiento, enfermedad, necesidades y pade­cimiento.



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«El Sermón de la Montaña»

Siendo Jesús de Nazaret, Cristo nos dio el Sermón de la Montaña -y actualmente lo explica y profundiza, a través de Su palabra profética, en Su gran obra manifestada en Vida Universal, «Ésta es Mi Palabra. Alfa y Omega. El Evangelio de Jesús. La manifestación de Cristo que ya conocen los verdaderos cristianos en todo el mundo»

Esta amplia obra se ha reproducido en forma de extractos, en el presente libro "El Sermón de la Montaña" que lo puede adquirir si lo desea en la Editorial La Palabra.

 

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