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El octavo Mandamiento



El octavo Mandamiento en la mayoría de las Biblias dice: «No darás falso testimonio contra tu prójimo o contra tus prójimos». Una vez más la Biblia «La buena nueva» es una excepción. En ella se reduce la frase sólo a un aspecto. Allí se puede leer: «No digas cosas que no son verdad sobre tus semejantes».

Pecamos entonces contra el octavo Mandamiento cuando decimos cosas que no son verdad sobre nuestro prójimo. Pero dar falso testimonio significa también cuando adulamos, halagamos y alabamos a nuestro prójimo, le confirmamos, y esto con muchas palabras, con muchas cosas bonitas en las palabras, para conseguir eventualmente algo personal para nosotros mismos. Nuestros pensamientos, nuestro querer son así totalmente distintos de nuestras palabras. Esto es falso testimonio – falsedad–. Así actuamos para robar a nuestro prójimo energía, reconocimiento, atención, que de otra forma no nos habría dado en la forma en que lo deseábamos de él. Nosotros no sólo no le decimos la verdad, sino que tampoco le decimos nuestra opinión sincera; decimos aquello que pensamos que nuestro prójimo desea escuchar. Reconocemos por tanto que en este Mandamiento la declaración del séptimo Mandamiento, «No robarás», también tiene su participación.

¿Qué es una opinión? «La opinión» indica siempre que nosotros no lo sabemos. No conocemos la verdad, por esto imaginamos algo que encaje en nuestro esquema de pensamiento y que por esto nos suena lógico. Esto es entonces nuestra opinión. Como una opinión da testimonio de un "no saber", puede ser falsa.

Visto así desde el punto de vista espiritual –es decir: en la realidad– una palabra, una frase, un pensamiento, tal como nosotros lo escuchamos, estará vacío y hueco en tanto la palabra venga únicamente de lo que hemos leído, del intelecto, de los conocimientos. Recibirá sonido, peso y significado, sólo en tanto la persona llene lo que dice con vida, esto es con la verdad, con su realización, con el actuar.

 

El que deja que se vuelvan vivos los Mandamientos de Dios en su forma de pensar, hablar y actuar, sabe que lo que está diciendo es verdadero, pues él mismo lo ha vivido y experimentado. Sus sentimientos, sensaciones y pensamientos están en consonancia con sus palabras. El que por el contrario habla sobre legitimidades divinas o sobre cosas de la convivencia diaria entre las personas, y él mismo no las aplica en su vida y no las ha experimentado, no puede hacer otra cosa que exponer una suposición, una imaginación, una opinión.

Una verdad, una legitimidad de la vida interna, sólo puede ser transmitida y dada a otros por aquel que la ha realizado él mismo, que la ha vivido.

Se afirma que sacerdotes, pastores, obispos y cardenales son garantes de la verdad. ¿Pueden entonces tener opiniones los obispos, cardenales, pastores y sacerdotes? Una opinión, tal como hemos visto, no es necesariamente la verdad. Si como garantes no expresamos la verdad, como consecuencia de esto estamos entonces dando falso testimonio sobre nuestro prójimo y con ello estamos pecando.

Entonces surge la pregunta: ¿podemos liberar de los pecados a nuestro hermano, a nuestra hermana, que se dirigen a nosotros para comentarnos lo que les pesa, lo pecaminoso, cuando nosotros mismos estamos pecando de forma deliberada o incluso intencionadamente?

Todos nosotros nos deberíamos controlar diariamente en lo que hablamos, pues ante Dios cada uno es un garante. El garantiza ante Dios que lo que dice corresponde a la verdad. Si nuestras palabras no corresponden a la verdad, si son entonces suposiciones u opiniones, y lo sabemos, porque nuestros pensamientos se muestran totalmente distintos y porque nosotros eventualmente actuamos de forma totalmente distinta, estamos dando falso testimonio. Hablamos así con falsedad, porque pensamos de otra forma. Decimos cosas que no son veraces y nosotros no somos veraces. Somos mentirosos.

Sólo el que es honesto, es decir veraz –el que dice lo que también siente y piensa, y también actúa de forma correspondiente– puede diferenciar a las personas sinceras y veraces de las personas mentirosas, que imponen una opinión y son seductoras. Si no nos esforzamos con todas nuestras fuerzas en orientar nuestro modo de pensar y actuar a los Diez Mandamientos y al Sermón de la Montaña, entonces con frecuencia caeremos en las redes de los que tratan de seducir con sus opiniones.

Nosotros los Cristianos Originarios cumplimos de la siguiente forma el octavo Mandamiento: nos esforzamos en todo lo que pensamos, hablamos y hacemos en observarnos a nosotros mismos. Cuando tenemos una conversación con nuestro prójimo, nos preguntamos: ¿es esto que decimos la verdad, o es falso testimonio? Nos reconocemos a nosotros mismos controlando no sólo nuestras palabras, lo que decimos, sino también nuestros pensamientos, e incluso nuestros sentimientos, comprobando si son sinceros.

 

Naturalmente se podría decir que para aquel cuya conciencia no le dice nada, todo es verdad, él levanta de muchas formas falso testimonio contra su prójimo. Lo normal es sin embargo que la conciencia nos avise, si nos observamos diariamente y ponemos nuestra vida en las manos de Cristo, cumpliendo paso a paso los Diez Mandamientos y Su Sermón de la Montaña. Entonces reconocemos en seguida si hablamos falsamente, si damos falso testimonio, o somos sinceros. Esto se muestra en nuestras sensaciones y también en nuestros pensamientos. Así nos lo ha manifestado el Cristo de Dios, y el que se atiene a esto, se reconoce a sí mismo y sabe si en su manera de sentir, pensar, hablar y actuar es fiel a la verdad, esto es, a Cristo y al octavo Mandamiento.
La fidelidad al octavo Mandamiento la rompemos ya cuando conscientemente difundimos un rumor, como por ejemplo: «He escuchado que mi prójimo ha dicho esto o lo otro». Si no comprobamos primero si eso es la verdad, ya con ello nos hacemos culpables.

Para no cargarnos de culpa, transmitiendo como verdad aquello que escuchamos, podríamos agregar: «Esto podría ser un rumor». Pero incluso en este caso nos deberíamos hacer la pregunta: ¿por qué comentamos este rumor? ¿Qué queremos conseguir con ello? Por lo tanto, no deberíamos hablar sobre terceros. Si algo nos llama la atención, nos dirigimos al hermano o a la hermana y le preguntamos directamente. Le expresaremos lo que ocupa nuestros pensamientos. Así seremos justos con nuestro prójimo y habremos dado un paso en el cumplimiento del principio de la justicia.

Así tienen que pensar y vivir los cristianos. Así cumplimos nosotros el octavo mandamiento: «No darás falso testimonio sobre tu prójimo».



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Los Diez Mandamientos de DIOS

«La letra sólo llega a hacerse viva cuando el hombre comienza a cumplir los mandamientos. De ese modo madura y entra, muy paulatinamente, en la ley omniabarcante del amor y de la vida. Sólo quien cumpla los mandamientos con el corazón y en el espíritu del amor, reconocerá la ley omniabarcante y encontrará la verdad, que está dentro del alma del hombre»

Extraído del libro «Ésta es Mi Palabra».
Si lo desea, puede adquirir el libro en la
Editorial Vida Universal

 

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