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El segundo Mandamiento



El segundo Mandamiento dice lo siguiente en la Biblia de Lutero: «No profanarás el nombre del Señor, tu Dios, pues el Señor no dejará sin castigo al que profane Su nombre».

Nosotros los Cristianos Originarios consideramos que el nombre de Dios lo profanan las personas que conocen los Mandamientos de Dios y las enseñanzas de Cristo, que han dicho sí a ellos, pero que a pesar de todo no los cumplen; que eventualmente llaman incluso la atención a otros sobre los Mandamientos, imparten enseñanzas sobre los mismos, pero por su propia parte obran de forma totalmente distinta.

 

Una profanación no sólo sucede cuando utilizamos Su nombre para imprecar, hacer juramentos o cosas similares, sino que también cuando sin pensar utilizamos el nombre del Santo eterno al decir por ejemplo: «¡Ay, Dios mío!» O bien uando usamos saludos como «Vaya usted con Dios», «Un saludo en Dios» o «Adiós», sin tener en cuenta lo que decimos, sin expresarlo conscientemente.

En muchas conversaciones utilizamos la palabra «Dios», pero, ¿qué pensamos cuando la decimos? Con frecuencia no estamos pensando en nada, son palabras vacías, de cortesía. No obstante, todo es energía. De ello se deduce que somos responsables de cada palabra que sale de nuestra boca. Así lo ha enseñado el Espíritu profético, Cristo; también está escrito así de modo semejante en la Biblia. Por lo tanto deberíamos cumplir el segundo Mandamiento estando atentos a lo que pensamos cuando decimos la palabra «Dios».

Con frecuencia decimos: «¡Gracias a Dios que no me ha ocurrido esto o lo otro!». Sí que podemos decir las palabras «Gracias a Dios», pero, ¿estamos realmente agradecidos a Dios? En la mayoría de los casos no es otra cosa que una expresión que muchas personas utilizan, pero ellas aprovechan muy pocas veces esta situación como una oportunidad para reflexionar sobre sí mismas, sobre su forma de pensar y vivir, sobre su siembra y sobre su correspondiente cosecha, y sobre Dios y Sus Mandamientos.

Si en esa situación nos interiorizamos y nos preguntamos, ¿cómo es que exclamamos aliviados «¡Gracias a Dios!»?, esto seguramente nos quiere decir algo. Si nos reconocemos en el movimiento de nuestras sen-saciones, aprendemos a dar gracias a Dios de corazón. Al mismo tiempo nos esforzamos en no volver a cometer este error, este pecado que hemos reconocido y que también hemos purificado con Cristo. Este es el agradecimiento activo a Dios, nuestro Padre, y a Cristo, nuestro Redentor.

 

Nosotros los Cristianos Originarios conocemos el saludo de la Paz. Y entretanto nos hemos acostumbrado a reflexionar sobre ello. Si decimos la palabra «Paz» y la emitimos como saludo a nuestro prójimo, también tenemos que esforzarnos diariamente en mantener la paz con nuestro prójimo. Si le menospreciamos, si le envidiamos, si le odiamos y al mismo tiempo le deseamos la paz, estamos burlándonos de Dios. Esto es profanar el nombre santo.

 

Con frecuencia se profana mucho más seriamente el nombre de Dios que lo que se podría suponer, pues muchos engañan a otros y a sí mismos ocultando los verdaderos motivos de su forma de actuar. Profanamos el nombre de Dios cuando ingresamos en una comunidad religiosa con la intención de conseguir algo personal, cuando por ejemplo ocupamos un cargo en esa comunidad para tener un nivel elevado de vida, prestigio y el asegurarse una vida sin preocupaciones. Lo mismo vale cuando por ejemplo somos activos en la parroquia para ser bien vistos por las personas del vecindario, para «ser alguien». Si en el nombre de un partido político se pone la denominación de «cristiano», para hacer creer que aquí se viven los Mandamientos de Dios, o que estas personas son seguidores de Cristo, esto es también profanar el nombre de Dios cuando se usa el nombre del Señor como pretexto, a pesar de que en la vida y en las aspiraciones de estas personas no sea así como lo requieren los Mandamientos y el Sermón de la Montaña.

 

El que quiera comprobar si la palabra «cristiano» se utiliza únicamente como pretexto o farsa, o si realmente se aspira a las verdaderas metas cristianas, que mire los frutos, tal como Jesús nos aconsejó en su Sermón de la Montaña como signo para distinguirlo: «Por sus frutos los reconoceréis». Como medida nos ayudan también los Diez Mandamientos. ¿Está un grupo, comunidad o partido político a favor del mandamiento: «No matarás» –o actúa de forma que a otras personas se les pueda matar, por ejemplo en la guerra?

Nos tenemos que hacer conscientes de que las personas que apoyan una comunidad o partido de este tipo, votándolos o aportando donativos, se hacen al mismo tiempo responsables y participan en la profanación del Nombre de Dios. Cada uno debe responsabilizarse ante Dios de aquello a lo que representa o a lo que se ha adherido. El que ve la injusticia y no dice nada, se hace igualmente culpable.

En el segundo Mandamiento se establece: «... pues el Señor no dejará sin castigo al que profane Su nombre». Cristo, el Espíritu profético, nos enseña que Dios no nos castiga, sino que nosotros mismos nos castigamos según la Ley: «Lo que el hombre siembre, eso cosechará». No es Dios el que siembra, sino que somos nosotros los que lo hacemos; y lo que nosotros sembramos es también lo que nosotros cosecharemos. Sentiremos las consecuencias de nuestro modo de actuar, pues cada uno es responsable de sí mismo. Dios no elevará al pecador al Cielo, sino que le mostrará su falta, para que la purifique y no la vuelva a hacer.

Estas correlaciones no se pueden encontrar sin embargo en el texto de la Biblia unificada de las Iglesias católica y protestante luterana, pues allí se dice: «No profanes el nombre del Señor, tu Dios, pues el Señor castigará a cada uno que lo haga».

Vemos así que estaría bien cumplir primero los Mandamientos, en vez de juzgar y mostrar a Dios como un Dios que castiga. El permite que pequemos, pues nos ha dado el libre albedrío. Como El permite esto –como consecuencia del libre albedrío– , tampoco nos castigará por ello. Somos nosotros los que nos castigamos a nosotros mismos.

Tenemos que captar el sentido de las palabras así como también el sentido de los Mandamientos. La Biblia sólo puede ser comprendida de forma fiel a su contenido cuando nosotros cumplimos los Mandamientos paso a paso; de otro modo tomamos lo dicho de manera literal e imputamos a Dios que El castiga.

 

Jesús nos trajo el Padre del amor. Esto fue necesario pues en el Antiguo Testamento se evoca una y otra vez al «Dios castigador». El vocabulario de aquellos tiempos surgió de la creencia del politeísmo. Por esto el Antiguo Testamento, del que también forman parte los Diez Mandamientos, está impregnado de expresiones basadas en la creencia en los muchos dioses que castigan, y del politeísmo se transmitió mucho a la creencia en el Dios único.

Deberíamos hacernos conscientemente la pregunta: ¿creemos en el Dios que castiga, es decir en el Antiguo Testamento, o creemos en el Dios del Amor, que nos enseñó Jesús, el Cristo? En el Nuevo Testamento también se dice: «Lo que el hombre siembre, eso cosechará». Si creemos en el Dios que castiga, negamos esta legitimidad, siembra y cosecha, a través de la cual somos conducidos al fin y al cabo directamente, por medio del autorreconocimiento y la purificación del pecado.

Nosotros somos cristianos y deberíamos decidirnos: o creemos en el Dios que castiga, o creemos en el Dios del Amor y de la Misericordia: en el Dios que reconcilia, que perdona, en el Dios que por Su amor a nosotros nos envió a Su Hijo, Jesús, el Cristo.

 

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Los Diez Mandamientos de DIOS

«La letra sólo llega a hacerse viva cuando el hombre comienza a cumplir los mandamientos. De ese modo madura y entra, muy paulatinamente, en la ley omniabarcante del amor y de la vida. Sólo quien cumpla los mandamientos con el corazón y en el espíritu del amor, reconocerá la ley omniabarcante y encontrará la verdad, que está dentro del alma del hombre»

Extraído del libro «Ésta es Mi Palabra».
Si lo desea, puede adquirir el libro en la Editorial La Palabra

 

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