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El sexto Mandamiento



El sexto Mandamiento dice desde tiempos inmemoriales: «No cometerás adulterio». En una Biblia nueva, «La buena noticia», en vez de esto se dice: «No destruyas ningún matrimonio». Pero entre cometer adulterio o destruir un matrimonio, ¿dónde está la diferencia?

Destruir un matrimonio significa que nosotros, un hombre o una mujer, nos entrometemos en el matrimonio de nuestro prójimo, despertando enemistad en la mujer contra el hombre, o en el hombre contra la mujer.

En cambio «No cometerás adulterio» significa: si como marido o mujer he hecho una alianza ante Dios con mi pareja, le soy fiel en pensamientos, palabras y actos. Se produce ya un adulterio cuando soy infiel en pensamientos, cuando me hago la idea de tener otra pareja o cuando pienso en tener contacto corporal con ella.

Pero todo esto empieza con las pequeñas señales –palabras, miradas y gestos–, que activan pensamientos e imaginaciones. ¿Qué tipo de energías fluyen por ejemplo durante un flirteo, sea cual sea su grado de intensidad? ¿Son divinas? ¿Aspiramos, con un flirteo, a la meta de mantener la fidelidad a nuestra pareja y al sí que le hemos dado?
Con respecto a esto dijo Jesús en el Sermón de la Montaña «No cometerás adulterio». Pero Yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón.

También en pensamientos puedo entonces cometer un adulterio. Reconocemos así que «cometer adulterio» y «destruir el matrimonio» no es lo mismo. Las Biblias dicen entonces cosas distintas.

Fehler! Verweisquelle konnte nicht gefunden werden.¿Qué dijo Dios a los israelitas a través de Moisés? ¿Dijo El: «No cometerás adulterio»? ¿O dijo: «No destruyas ningún matrimonio»? ¿A quién creemos más? ¿A Dios a través de Moisés, o a los correctores de la Biblia?

Preguntemos una vez más por los motivos. Cuando una formulación se cambia tanto, tiene que haber algún motivo para ello. ¿Eran quizás los correctores de la opinión de que «un comportamiento contrario al matrimonio» –como por ejemplo un desliz amoroso– no necesariamente tenía que destruir el matrimonio? De esto se podría deducir que este tipo de comportamiento estaría permitido, en tanto no destruya el matrimonio.

¿Por qué motivo los correctores querían «tolerar» un comportamiento contrario al matrimonio?

Hagámonos conscientes de lo siguiente: cuando la mujer o el hombre se enteran de la infidelidad de su pareja, ¿qué sienten? ¿Qué piensan? ¿Qué sentimientos tienen? Eventualmente sienten un sufrimiento indecible, decepción, humillación. Tal vez de ello surge enemistad, odio, discusión y disputa con la pareja. A través de este comportamiento se ponen en movimiento pensamientos y palabras. Sabemos que ninguna energía se pierde, ¿hacia dónde va entonces esa energía? En parte recae sobre aquel que piensa y en parte sobre el causante de ello.

 

Nosotros los Cristianos Originarios creemos en la palabra de Dios a través de Moisés: «No cometerás adulterio». Y creemos en las palabras del Cristo de Dios en Jesús, que dijo: «Habéis oído que fue dicho: 'No cometerás adulterio'. Pero Yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha adulterado con ella en su corazón».

Ningún hombre es perfecto, así que esto puede suceder alguna vez. Eventualmente un hombre ha traído como carga del alma un adulterio de antaño a esta vida terrenal. Ahora él tendría que reconocer esta culpa en sus sentimientos, sensaciones y pensamientos y purificarla, pero en vez de purificarla, comete de nuevo adulterio. Si esto llega a suceder, entonces depende de cómo se comporte en esa situación. Si reconoce lo que ha provocado con ese comportamiento, se arrepiente de corazón, lo purifica con Cristo y no lo vuelve a hacer más, puede serle perdonado por Dios. Si también su pareja se lo perdona, ese pecado está expiado. Pero si la pareja no lo perdona, esa culpa está pendiente de ser perdonada.

 

Adulterio, ¿cómo es con aquellos que no viven en matrimonio? ¿Cómo es por ejemplo con el celibato? ¿Es el estado de soltero algo que ha querido Dios? ¿O es la transformación del sexto mandamiento eventualmente, entre otras cosas, una concesión que se hace a causa de los numerosos deslices cometidos por sacerdotes? ¿Quién introdujo el celibato?

Jesús, el Cristo, no habló del celibato. Nosotros no podemos decir: Jesús no estuvo casado, y como consecuencia de esto tampoco lo pueden estar los denominados seguidores. Esto sería un error. Jesús vino como Hijo de Dios para traer la Redención. Y Jesús, el Hijo de Dios, nunca dijo que el matrimonio fuera algo pecaminoso. El habló a favor del matrimonio, pero no a favor del adulterio. Por tanto lo del celibato no puede ser de Jesús.

 

¿Puede un hombre mantener el celibato, cuando en su alma ha traído el deseo de matrimonio, de corporalidad? Los Cristianos Originarios sabemos que lo que no ha sido purificado en una vida anterior lo traemos de nuevo a esta encarnación. Así cabría la posibilidad de que en un sacerdote esté activo el deseo de una vida en común con una compañera. Si en el alma de un hombre hay cargas que provienen de un matrimonio en una existencia anterior, él volverá a actuar así y de forma parecida, si él no quiere arrepentirse y purificar este potencial de pecado con la fuerza del Señor. Esto vale para todas las personas, y vale también para sacerdotes. Por esto entre los sacerdotes también en este sentido se peca mucho.

Mortificándonos y reprimiéndonos no nos volvemos libres, sino sólo a través del reconocer los programas humanos, pecaminosos, y trabajar paso a paso en ellos. Ningún hombre es perfecto. El verdadero cristiano lucha diariamente por alcanzar la perfección.

¿Qué hacemos los Cristianos Originarios con respecto al matrimonio?

Nosotros los Cristianos Originarios en el matrimonio somos fieles a la persona a la que hemos dicho sí. En nuestra vida diaria nos esforzamos en vivir según los Diez Mandamientos y el Sermón de la Montaña. Por esto no dejamos pendientes aquellas discrepancias que surgen en el matrimonio, que llevan a una decepción mutua, sino que las purificamos diariamente.

Un Cristiano Originario explica cómo él purifica cuando le surgen sensaciones o pensamientos que están en contra de su compañera. El dice: «Yo conozco la ley de la analogía y sé exactamente que lo que de ella me hace enfadar, lo que critico, eso mismo también tiene que estar en mí –por lo menos en una cierta medida–. Antes de que yo critique la paja de mi prójimo, me esfuerzo en sacar mi propia viga, preguntándome qué hay de pecaminoso en mien relación a esto. Yo sé que sólo puedo cambiarme a mí mismo. Y si quiero que sea mi prójimo quien cambie tendría que preguntarme si no soy yo quien no quiere cambiar».

Ningún hombre es perfecto, tampoco ningún Cristiano Originario que se esfuerza diariamente en vivir según los Diez Mandamientos y el Sermón de la Montaña. Preguntamos a un hermano: «¿Qué haces tú cuando te surge el deseo de acercarte a otra mujer? ¿Qué haces cuando de pronto te gusta otra mujer y sientes que crecen sentimientos hacia ella? »

El hermano responde: «Yo sé que todo tiene su causa. Por lo tanto me pregunto qué hay en mí de fondo. Mis sentimientos, mis sensaciones, pensamientos y eventualmente imágenes me lo dicen. Puede ser una carga, una culpa de esta o de anteriores existencias terrenales. Si realmente lo quiero saber y también lo quiero cambiar, lo reconoceré. Entonces se me hace claro contra quién no he actuado legítimamente y de qué forma. Entonces puedo arrepentirme, pedir perdón y reparar lo que aún sea posible. Después me propongo firmemente hacerlo en el futuro de otra forma, es decir pensar y actuar de forma legítima. Esto se ha expresado ahora de forma general, pero puede haber cosas totalmente diferentes de fondo, de acuerdo con los errores que yo haya cometido en el pasado.

 

Puede ocurrir también que un ritmo corporal desarmonioso ponga de nuevo en marcha programas pecaminosos; pues si estoy equilibrado y en armonía, no me vienen con tanta facilidad los deseos apremiantes de recibir energía humana, en este caso femenina. Detrás de estos deseos tiene que haber determinadas causas. Entonces me pregunto qué es lo que se ha creado en mi mundo de sentimientos, sensaciones y pensamientos, y por qué. En mí puede haber una insatisfacción, una decepción, quizás deseos no realizados y cosas similares. Esto son pensamientos e imágenes en los que me reconozco y que también puedo purificar. No hace falta que los viva, sino que la energía del día los pone ante mis ojos, para que los ponga en orden con la ayuda de Cristo«.

Otras preguntas al hermano: «¿Cómo pones en orden tus deseos? ¿Cómo purificas lo que te afecta o te presiona? ¿Te obligas a ti mismo a no pensarlo más, o dices?: si accedo a estos deseos, cometo adulterio, por lo que es mejor que los deje. ¿O qué otra cosa haces?»

El hermano responde: «Si me vienen pensamientos de deseos no legítimos, que me presionan, dependerá de cómo reaccione y cómo lo enfrente. Si dejo que mis pensamientos fluyan libremente de manera que se forme una imagen de deseo que se incrementa, refuerzo el deseo. Pero lo que yo quiero es captar y comprender mis pensamientos y deseos, para reconocerme y superarlos con Cristo. Por esto les digo a los pensamientos de deseos '¡alto!', pero no los reprimo. Tengo que encontrar las raíces, en este caso las raíces de mi insatisfacción. Quizás la insatisfacción radica en una decepción en mi puesto de trabajo, o en que no me he permitido algunos deseos eventualmente pequeños, simples, legítimos. O estoy aplazando una conversación aclaratoria que tendría que haber hecho hace tiempo; o evito el tomar una decisión. Hay muchas posibilidades. Si encuentro estas raíces y con Cristo pongo en orden lo que tengo ante mí, la causa de mis imágenes de deseos estará purificada. Entonces también estaré libre del deseo hacia otra mujer.

 

Muchas decepciones en la pareja y en el matrimonio se producen porque nosotros como seres humanos vivimos una relación demasiado estrecha, es decir, tenemos poco espacio libre.

Nosotros los Cristianos Originarios hemos hecho la experiencia de que si para nosotros la fidelidad es el Mandamiento en Cristo, surgen muchas posibilidades para que el matrimonio y la pareja tengan una vida en común. De este modo podemos intentar crear posibilidades en las que ambos en igual medida se puedan desarrollar libremente a nivel personal. Por ejemplo, cada uno debería tener una habitación para sí mismo, a la que también se puede retirar alguna vez si lo desea; una habitación que puede decorar según desea, y en la que puede vivir tal como le gustaría. La condición es en cada caso la fidelidad a su pareja. La fidelidad sólo la podemos mantener si somos fieles a Cristo, esforzándonos diariamente en cumplir los Diez Mandamientos y el Sermón de la Montaña.

 

 

La clave para una convivencia en paz es la orientación hacia una misma meta. Si la meta es la misma, no limitaremos a nuestro prójimo ni lo ataremos a nosotros mismos, sino que le dejaremos la libertad para así volvernos libres nosotros mismos.

Dios nos ha creado como seres independientes, y no para vivir dependiendo el uno del otro. Por esto nosotros los Cristianos Originarios realizamos la igualdad también en el sentido de que el hombre se esfuerza también en hacer alguna vez los trabajos de la mujer, y la mujer se esfuerza del mismo modo en no ser dependiente del hombre, sino en encontrar la independencia. Esto crea independencia y satisfacción en ambos. Cada persona debe desarrollarse hacia los talentos y cualidades que Dios le ha dado. Cada uno debe estar para el otro y no uno contra el otro.

Está escrito: «Así en la Tierra como en el Cielo». El matrimonio es deseado por Dios, pero no así la estrechez. No el adulterio, sino la vida y el trabajo fraternal conjunto.

Tampoco nosotros los Cristianos Originarios somos perfectos. También entre los Cristianos Originarios hay alguna disputa matrimonial.

No obstante los cónyuges tratan de solucionar esta disputa con la pregunta: ¿cuál es mi parte? Está escrito: mira primero la viga en tu ojo, antes de sacar la paja del ojo de tu prójimo.

Nos esforzamos así en disolver las desarmonías, encontrar soluciones sobre las que se pueden basar más cosas en común, superando juntos de forma activa las dificultades.

Hemos hecho la experiencia de que cónyuges que una y otra vez discrepaban en su vida de pareja o matrimonio, pueden encontrar de nuevo una relación positiva y relajada cuando cada uno tiene su pequeño reino en el interior de la casa o de la vivienda. De este modo los cónyuges no tienen que separarse.

Si es posible formar ese pequeño reino dentro de la casa, cada uno puede retirarse cuando siente la necesidad de hacerlo. Entonces puede vivir lo personal. Ya no surgen los roces constantes, se crea de nuevo la comprensión y la benevolencia; cada uno trabaja tranquilo en sus puntos, y se reconcilian juntos. Así se restablece en muchos casos la paz. La condición para un desarrollo de este tipo es la fidelidad del uno al otro y la disposición a reconciliarse.

 

En nuestras parejas y matrimonios intentamos vivir de forma que nos orientemos juntos a Cristo, que nos dirijamos a El. Con ello se construyen los cimientos para un matrimonio, que valga la pena mantener, que de ningún modo queramos deshacer.

 

La orientación conjunta a Cristo nos da la fuerza para una auténtica y profunda vida de pareja. Sólo así se puede lograr formar una familia en Su Nombre y educar a hijos que sientan el recogimiento en Cristo, que sientan que en la vida hay algo más que egoísmo y materialismo.

Si hay armonía entre los cónyuges, esto tiene también un efecto positivo en los hijos. El medio ambiente en la familia es provechoso para el desarrollo de cada miembro de la familia, incluso para los animales domésticos. Una atmósfera pacífica en el hogar irradia hacia otros ámbitos de la vida y al entorno. La luz es justamente algo que atrae porque es clara y cálida. Donde se respetan los Mandamientos de Dios, hay seguridad en Dios y confianza mutua, y allí hay libertad.

Si uno de los cónyuges no quiere cumplir estas legitimidades cristiano originarias, los Cristianos Originarios se mantienen a pesar de ello fieles a sus principios. No dejarán a su pareja fuera de su corazón, sino que le serán fieles, haga lo que haga, incluso si el hombre abandona a su mujer– o ella a su marido– y se orienta a otra mujer –o ella a otro hombre–. Pues el mandamiento «No cometerás adulterio» significa: yo he jurado ser fiel a mi pareja, por la tanto le dejaré libre cuando se aparte de mí, pero yo no romperé esa alianza de fidelidad. Si el marido o la mujer desea empezar otro matrimonio y divorciarse del marido o de la mujer, el cristiano o la cristiana originaria darán su conformidad en ello. El cristiano o la cristiana originaria que han sido abandonados tienen la libertad de orientarse a un nuevo compañero o compañera, pues el abandonado no ha cometido ningún adulterio. Sin embargo, también ellos tendrán que examinar sus sensaciones, pensamientos y deseos.

 

En el Sermón de la Montaña están las indicaciones con la ayuda de las cuales podemos reconocer por qué hemos hecho errores y cómo podemos purificarlos.

Sea cual sea el pecado que tengamos que reconocer en nosotros existe la posibilidad de dar la vuelta, pues Dios ama a todos Sus hijos. El no aparta a nadie de su corazón. Por esto no existe la condenación eterna, sino que hay el dar la vuelta (el cambiar) a través de la misericordia de Dios. Esto significa que cuando hemos pecado no tenemos que quedarnos caídos ni persistir en esos pensamientos, en esos pecados, sino que tenemos que hacernos de valor, cogernos de la mano del Eterno y levantarnos; con la ayuda de Cristo tenemos que purificar lo pecaminoso y no volverlo a cometer. Este es el camino a la libertad. Este es el camino hacia nuestro prójimo y con nuestro prójimo. Esto es para nosotros una vida cristiano-originaria.



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Los Diez Mandamientos de DIOS

«La letra sólo llega a hacerse viva cuando el hombre comienza a cumplir los mandamientos. De ese modo madura y entra, muy paulatinamente, en la ley omniabarcante del amor y de la vida. Sólo quien cumpla los mandamientos con el corazón y en el espíritu del amor, reconocerá la ley omniabarcante y encontrará la verdad, que está dentro del alma del hombre»

Extraído del libro «Ésta es Mi Palabra».
Si lo desea, puede adquirir el libro en la
Editorial Vida Universal

 

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